Primero notas que todo lo relacionado con la carrera —los profes, tus compañeros, las clases—, por diverso que sea, cuadra más que bien con un perfil que va dibujándose con el paso de los semestres y la llegada de nuevas generaciones.

Después comienzas a ver, casi siempre sin quererlo, el perfil de una de tus carreras a través del cristal de la otra. No tardan en brincar las carencias, los puntos ciegos, la visión de túnel. Pero también salen a relucir los rasgos más nobles, esos que hacen que valgan la pena los años de estudio.

Como el lenguaje, una disciplina académica construye una forma bien particular tanto de percibir como de expresar el mundo. Y si creemos, aunque sea por este instante, que el mundo es lo que se habla y lo que se habla es un producto directo de cómo se percibe, entonces cada disciplina existe en un mundo propio.

Eso es un arma de dos filos. La proliferación de los mundos permite una riqueza inimaginable, pero si cada mundo permanece enclaustrado dentro de sí, ignorante de los otros, las oportunidades para el diálogo y la síntesis se van a la basura.

En una universidad, donde convergen tantas disciplinas, tantos mundos, habría que aprovechar semejante diversidad, aprender a hablar el lenguaje de los demás, por decirlo así. Conocer al otro es una manera de conocerse.

Si recordamos el mito, en Babel los hombres intentaron construir una torre que alcanzara el cielo, pero no pudieron porque alguien les fragmentó el idioma. Cada quién se fue a su casa y la torre nunca tocó las nubes