
¿Cuál es el límite entre el amor y la amistad?: Andrea Chapela
Por: Macarena Valdés
En una sociedad que ha experimentado un impacto significativo en sus formas de relación debido a sucesos como la pandemia de Covid-19 y la redefinición de expectativas sociales contemporáneas, Andrea Chapela reflexiona sobre las fronteras de lo platónico y lo romántico bajo un contexto apocalíptico en su obra más reciente, Todos los fines del mundo.
La autora, galardonada con el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen en 2018 y el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola en 2019, aborda algunas de las cuestiones más pertinentes de su generación. Utilizando elementos de la ciencia ficción –una característica de su trayectoria literaria– explora una versión del futuro donde todos los ámbitos de la sociedad se encuentran en crisis y analiza las posibles formas de adaptación de las personas, tanto en situaciones personales como globales, buscando respuestas esperanzadoras ante un panorama desolador.
Sobre la flexibilidad en las relaciones interpersonales, la realidad de un apocalipsis climatológico inminente y los sucesos que impactaron el proceso creativo de su libro dialogo con Andrea Chapela en esta edición de Doble Espacio, un proyecto de los Medios Académicos UDEM.
Angélica, tu protagonista, cuestiona ciertas normas sociales en torno a sus relaciones socioafectivas. ¿Qué te impulsó a reflexionar sobre la percepción, a partir del lenguaje, de las relaciones interpersonales?
Este libro sucede en tres partes y en un futuro relativo. Angélica inicia con una vida en Madrid y, a la par, con el curso en producción teatral; ahí conoce a dos personas que parecen tener una relación. Los tres entablan una especie de amistad para la cual Angélica no tiene nombre y no sabe exactamente cómo quisiera llamarla. Hay un momento en el que dice: “tengo dos amigos que son mis amores”. Me interesaba explorar este tipo de relaciones grises donde la relación no queda del todo clara. Me interesaba no sólo la manera en la que nos relacionamos, sino también cómo el lenguaje pone en jaque nuestras relaciones interpersonales. Es importante la manera en que nombramos las cosas para sentir seguridad, pero a veces esto constriñe nuestras relaciones. Algunas de las preguntas centrales del libro giran en torno a esto: ¿qué diferencia existe entre el amor y la amistad?, ¿dónde está la línea entre una pareja y un amigo?, ¿por qué esto no se asume de una forma más fluida y continua en nuestras vidas?
¿Consideras que, tras concluir el proceso de escritura de Todos los fines del mundo, encontraste las respuestas a tales preguntas?
Siento que hallé una respuesta que me trajo paz. Eran preguntas muy personales y urgentes. Pero no creo haber encontrado respuestas definitivas. Sentía que era yo quien confundía el amor y la amistad todo el tiempo, y la consecuencia de esto me llevaba a meterme en líos muy complicados… y no he dejado de hacerlo. A ese sentimiento de no conocer dónde se hallaba el límite lo acompañaba un conjunto de pensamientos como: “Todos lo saben; soy yo quien está mal”. Si bien no he contestado la pregunta de manera definitiva y he difuminado por completo el límite en mí misma, el libro me dio paz porque me ayudó a entender que nadie entiende ese límite. Nadie lo tiene claro. Todos sienten confusión y, en varios momentos de su vida, se encuentran con situaciones que los llevan a preguntarse cosas como: “¿qué somos?”, ¿queremos o no ponerle un nombre?, ¿importa o no?, ¿se romperá algo una vez que lo hayamos nombrado?”. Sentía que solo me pasaba a mí, pero ahora me doy cuenta de que le sucede a todos.
Además de los temas de amor y amistad, el libro contiene un sentido de urgencia en torno a la crisis ambiental actual. La historia sucede durante un apocalipsis climatológico, un tema muy presente en tu carrera literaria.
Sí, siempre me ha interesado tomar elementos de la ciencia ficción e introducirlos en la narración para ver cómo afectan las relaciones humanas. En este caso, seleccioné el cambio climático porque me parece un tema urgente que luce cada vez más complicado. ¿Cómo hablas de un problema que está en todas partes y, a la vez, posee tantas aristas? Elegí el incremento de las temperaturas como temática central y, a partir de este problema, desarrollé un escenario que lleva al colapso social, en el cual, pese a todo, prevalece un poco de esperanza.
¿Qué te empujó a mostrar un lado esperanzador en torno a esta clase de temas, que a menudo se distinguen por su tono desolador?
Estaba cansada de las versiones del futuro donde todo es horrible. ¿Para qué escribimos sobre el futuro bajo la premisa de que no hay razón alguna para desear habitarlo y solo lo permea una debacle que muestra lo peor del ser humano? Ante todo, eso no refleja la inmensidad de lo que son capaces de alcanzar las relaciones humanas, en las cuales también existe mucha solidaridad y la necesidad de supervivencia comunitaria.
¿Cómo explicas lo representativa que es tu novela –respecto al cambio climático y las relaciones interpersonales– a nivel generacional?
No es extraño que suceda en una época que enfrenta un sistema mundial en crisis, tanto climática como en los tipos de acciones que la civilización ejecuta. En un escenario así, naturalmente hay ciertas bases sociales que sufren afectaciones. El modelo que tomamos como base para estructurar nuestras relaciones tiene poco tiempo: desde tener una pareja y casarse por amor, hasta formar una familia con un promedio aproximado de 2.4 hijos. Esto no logra satisfacer a nuestra generación: es difícil pensar en un futuro así, empezando por la simple idea de comprar una casa como única opción. La consecuencia es la apertura de otras. Hay un pasaje en el que un personaje relata una memoria en la que su mamá le contó que antiguamente, en las generaciones previas –correspondientes a las de su propia madre y a sus abuelos– uno solía conservar una pareja para toda la vida y veía pasar a las amistades; mientras que en las generaciones nuevas parecía suceder lo opuesto: uno conservaba amigos para toda la vida y veía pasar a sus parejas. Las diferencias generacionales respecto a la forma de llevar las relaciones interpersonales son inmensas, un hecho que a su vez guarda conexión con el estado de crisis de la novela: en ese mundo resulta imposible llevar las relaciones de la manera en que se hacía antes.
Este libro vio el antes, durante y después de la pandemia –una de las crisis globales recientes junto a la climatológica–. ¿Cómo impactó el confinamiento en el proceso de escritura?
Impactó bastante. Por un lado, el libro vivió un doble proceso. Primero, al principio de la pandemia tuve muchísimas conversaciones que afirmaban que cuando terminara, el mundo no podría ser igual que antes, que íbamos a darle la vuelta al asunto y seríamos diferentes. En segundo lugar, a lo largo de los meses ese discurso de cambio inevitable –de un parteaguas en la historia de la humanidad– se disolvió en una nueva normalidad en la cual destacaba la necesidad del statu quo. Las pérdidas humanas parecían menos importantes que las pérdidas del capital. Esa transformación del discurso a pequeña escala me hizo pensar mucho en qué sería necesario para que hubiera un cambio brutal en la humanidad. El libro presenta uno de los escenarios apocalípticos que más me horrorizan: la sensación de una muerte lenta, un fin del mundo que avanza cada vez más despacio, donde vamos paleando y tapando los pequeños huecos que van apareciendo para que todo siga igual. Pero cada vez es más insostenible. Es solo un alargamiento de lo que ya está sucediendo. Por otro lado, durante la pandemia todos nos replanteamos las relaciones, lo que necesitábamos de los otros una vez que se nos fue negado. El libro también es muy reflexivo, y seguramente bebe de ese momento en el que todos quedamos hacia adentro.
Pasaste un tiempo en España, igual que Angélica. ¿De qué manera se ve reflejada tu relación con la ciudad en la construcción de la ciudad como personaje?
La primera parte del libro sucede en Madrid; la segunda y la tercera, en México. Madrid fue para mí un lugar de mucha ebullición creativa y relaciones. Fueron dos años muy fértiles donde descubrí el teatro; por eso la novela habla tanto de la producción teatral y de lo que es el teatro. Eso fue algo que descubrí estando allá. Tengo una amiga que tiene una compañía teatral en España y pude ver de cerca cómo funcionaba hacer una obra de teatro, que es muy distinto a hacer un libro. Sin embargo, también es una ciudad en la que me confundí y desconfundí innumerables veces. Ahí me fui dando cuenta de este rasgo de mi personalidad de tener amistades muy fuertes con límites confusos. Como esos sentimientos se cristalizaron en Madrid, era muy difícil pensar en escribirlos en otro lugar, porque mis sentimientos están muy conectados al lugar donde los tuve. Ocurrió lo mismo con mi primer libro de cuentos, Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio, que publicó Almadía en 2020. Vivía en Estados Unidos cuando lo escribí; su temática más destacada gira alrededor de los primeros amores y las rupturas. Hasta entonces, el suceso más significativo que había ocurrido en mi vida tuvo lugar en la Ciudad de México. Ahí empecé a escribir escenarios futuristas: intentaba hacer uso de algunos de esos sentimientos; no podía colocarlos en otro sitio. Tenían que habitar ese espacio. Algo muy similar sucede en esta novela: muchos de mis sentimientos ocurrieron en ciertas calles y lugares de Madrid, y ahí tenían que ubicarse para la trama del libro.
La realidad suele tener dinámicas similares al teatro, un elemento, como ya decías, presente en el libro
Podría ser. Por un lado, Angélica desea volverse productora de teatro. También se las arregla, de formas diversas, para colarse en varios momentos de su vida. Luego de sufrir un colapso y ya ubicada en el rancho, le dicen que posee una habilidad particular en la organización de cierto tipo de vida: un nivel y tipo de orden que son necesarios para la producción teatral. Sin embargo, también se transformó en un espacio de oportunidad. Lo que sucede en la escena, el trabajo comunitario y el riesgo constante que conlleva hacer una obra de teatro es importante. No es igual que escribir un libro por cuenta propia: tú lo haces solo, luego sale y se queda estático. En el teatro, en cambio, lo hace un grupo grande de personas. Se requiere un esfuerzo sostenido por un amplio periodo de tiempo, y cada función y público es nuevo. Siempre puede no suceder la magia esa noche. Ese tipo de peligro y riesgo, esa cosa viva, me sedujo mucho para un libro al que le importa pensar qué sucede cuando muchas personas tienen un objetivo común de levantar la vida. Hay algo de eso en el teatro.
Se relaciona con el sentido esperanzador del final de tu novela: que se necesita una comunidad de gente para que no sea el fin.Se puede ver desde el título, Todos los fines del mundo, la idea de que mientras uno está vivo, cada comienzo es un fin y cada fin es un comienzo. Varias veces en la vida se termina y se vuelve a comenzar; el fin y el comienzo están muy entrelazados.
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