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Fotos: Debanhi Gutiérrez

Bailan, conviven y hasta se enamoran:
46 años de historias al ritmo del Danzón

Minutos antes de la 1:00 de la tarde, en los bajos del Palacio Municipal de Monterrey, saxofones, trompetas, trombones y otros instrumentos interpretan la última pieza del evento: Madre tierra, la famosa canción de Chayanne. Oye, abre tus ojos, mira hacia arriba, disfruta las cosas buenas que tiene la vida, cantan al unísono un grupo de personas que se dan cita todos los jueves y domingos en este lugar. Se reúnen, principalmente, para bailar. Porque más allá de todas las cosas que pueden tener en común, lo que los vincula es el gusto por la música, el gusto por el danzón.

Desde hace 46 años, a partir de la fundación de la Orquesta de Monterrey durante la administración del alcalde Pedro Quintanilla Coffin (1979-1982), el Municipio organiza este espacio de convivencia en el que la música y el baile ayudan a superar tristezas, crear armonía e iniciar nuevas relaciones: románticas, de amistad e incluso otras que no se categorizan con una etiqueta.

Quintanilla Coffin, quien no comprendía por qué no había más áreas y actividades culturales en espacios públicos, impulsó el proyecto y su fundación se registró un 19 de mayo de 1980, aunque su primera presentación fue el 20 de septiembre de 1980, en la celebración del aniversario de la Ciudad.

Jorge Barbosa, director actual de la Orquesta de Monterrey, asegura que, en sus inicios, esta se especializaba en música clásica y conforme fue pasando el tiempo comenzó a integrar a su repertorio piezas de otros géneros más populares como el danzón, la cumbia y el pop.

Esta integración de géneros y canciones más populares también ha servido para atraer a las nuevas generaciones y mantener vigente el desarrollo de las tendencias musicales con referentes como Bruno Mars y Bad Bunny. Sin embargo, la suma a su repertorio tampoco ha perdido la perspectiva histórica, ya que han recuperado valses de finales del siglo XIX.

En pleno 2026 la banda cuenta con 23 músicos y una diversidad de instrumentos que van desde el saxofón hasta las percusiones, pasando por las trompetas, los trombones, el piano y la batería. A estos se le suman dos cantantes y el director. 

Barbosa asevera que la labor de la sinfónica ha convertido ese espacio en un lugar terapéutico para los adultos mayores, ya que, para muchos, estos jueves y domingos son el antídoto contra la depresión y la soledad. Entre canción y canción se ha transformado el espacio público en una red de apoyo de la que han surgido amistades entrañables y algunos matrimonios.

“A veces viene gente deprimida por problemas económicos, de salud o familiares y aquí, durante el tiempo que están, son felices. Se olvidan de los problemas y disfrutan de la música y el baile”, añade Barbosa.

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Jorge Barbosa, director de la Orquesta de Monterrey. Foto: Debanhi Gutiérrez

Alfredo Ramírez Perales, quien lleva 45 años en los danzones, compara a la integración entre asistentes –sus compañeros y amigos– con la figura de la familia, ya que se encuentran todos los jueves y los domingos, lo cual genera un sentido de comunidad muy significativo.

La armonía, agrega Alfredo, ayuda también a lidiar con momentos difíciles –como el duelo, la tristeza, la soledad– a través de la alegría que contagia la música y el baile. “Nosotros somos como un montón de brasas, que mientras estamos todos juntos estamos encendidos, pero cuando se aparta una brasa nos vamos apagando. De ahí la necesidad de mantenernos unidos”, asegura.

“Es mi vida, es mi felicidad”, asegura Cristina Ramírez Banda y, al igual que Alfredo, destaca la unión que se fomenta y las oportunidades para construir nuevas amistades.

“Tengo más de 22 años como seguidora de la Orquesta. Voy a donde quiera que vayan. Últimamente me he ausentado un poco por una lesión en la rodilla, pero hoy estoy aquí con mis rodilleras, mis pastillas, mis pomadas y hasta mi silla”.

Entre toda la multitud de personas destaca una pareja en especifico: un hombre vestido con un estilo clásico en blanco y negro, camisa impecable, corbata, tirantes y un sombrero fedora negro. Su pareja lleva un vestido blanco con lunares negros que le llega abajo de las rodillas. Su elegante look se complementa con el saco negro de su pareja. Ambos roban las miradas de todos por su impecable apariencia y sentido rítmico innato.

Jesús Ordaz Córdoba y María Cristina Mireles son pareja de baile desde hace cinco años. Se conocieron ahí mismo, en 2019. Ambos viudos se encuentran todos los jueves y los domingos para bailar y, posteriormente, tomar un café, ir al cine o al teatro. La familia de María Cristina conoce a Jesús y viceversa. Sin embargo, a pesar del acompañamiento y todo lo que comparten, no se preocupan por ponerle etiquetas a su relación. Lo importante es el baile.

“Fíjate que yo no fumo, yo no tomo. Mi único vicio es el baile. Este ejercicio es vida, es alegría para mí y también para todos los que vienen”, afirma Jesús.

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María Cristina Mireles y Jesús Ordaz Córdoba. Foto: Debanhi Gutiérrez

Yiniva Ibarra Guajardo, cantante de la Orquesta de la Ciudad de Monterrey desde 2012, describe su participación en el grupo musical como un orgullo profundamente ligado a la conexión con el público. “Lo que a mí me gusta es la convivencia, ver tantos rostros felices y conocer o ser parte de anécdotas y experiencias que suceden en los bailes. Por ejemplo, aquí hemos visto personas en sillas de ruedas y bastón que se levantan a bailar como pueden, otras que llegan con algún padecimiento médico y se recuperan con la magia de la música”.

Además de las anécdotas y el impacto positivo que tiene la música en la gente, Yiniva destaca la creación de vínculos entre personas, el sentido de comunidad. “Lo más importante es la unión. Vienen muchas personas de lugares distintos y esto se ha convertido en una especie de familia que fomenta un ambiente amable y cálido que asegura la integración”.

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Yiniva Ibarra Guajardo, cantante de la Orquesta de Monterrey. Foto: Debanhi Gutiérrez

En una esquina de la pista del danzón otra pareja resalta por su estilo y la sincronía de sus pasos. Lucía Medrano y Francisco Tamayo se conocieron hace dos años y hoy vienen como pareja de baile y de vida.

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Lucía Medrano (de vestido azul con flores) y Francisco Tamayo. Foto: Debanhi Gutiérrez

Lucía bailaba folklore, pero debido a una lesión lo dejó y entonces se acercó a los danzones. “No dejo el baile y menos con buena compañía”, asegura.

Con un poco de emoción, Franciso rememora que se conocieron por un amigo en común ya fallecido: Héctor Rodríguez, y resalta cómo desde un principio la química trascendía al baile, ya que entre los dos coincidían en muchas cosas y en las que no, se complementaban, como en la vestimenta.

“Todo lo que tenemos en común son motivos para sentir cariño”, dice Francisco.

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Lucía Medrano y Francisco Tamayo. Foto: Debanhi Gutiérrez

Hernán y Nena Martínez llevan 56 años de casados. Durante más de diez años los bailes han formado parte de su rutina a pesar de que han tenido que hacer algunas pausas durante el último año por el cuidado de sus nietos.

Este domingo están emocionados por estar de vuelta. “Nos hace felices”, dice Nena, mientras Hernán resalta cómo asistir a los danzones es una forma de olvidar el estrés: “el baile es parte de nuestra felicidad y de nuestro desarrollo vital. La música nos une,  disfrutamos mucho los dos días a la semana que venimos a bailar”.

Cuando la última estrofa de Chayanne suena: disfruta las cosas buenas que tiene la vida, los asistentes no sólo cantan, sino que celebran algo más, porque esa frase parece enunciarse como una declaración de intenciones. Tras la ola de aplausos que resuena en los bajos del Palacio Municipal de Monterrey, los invitados le agradecen a los músicos de la Orquesta y se despiden entre ellos. Otros se quedan unos minutos platicando, haciendo planes para ir a comer o para asistir a algún otro evento o actividad cultural en la zona centro. Por su parte, los músicos de la Orquesta guardan sus instrumentos y desalojan la plaza.

El cambio es radical: la vibración por la música, el baile y el canto es sustituida por un silencio que retumba en los oídos… hasta el siguiente jueves.

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