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José Eugenio Sánchez, autor de autor de poemarios como La felicidad es una pistola caliente y Un incesante caer estrellas de la nada.
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José Eugenio Sánchez, autor de autor de poemarios como La felicidad es una pistola caliente y Un incesante caer estrellas de la nada.

“El juego tiene una hechicería poética, produce imágenes, escenas y momentos poderosos”: José Eugenio Sánchez

Desde hace siglos la ciudad ha supuesto un orden frente al caos del mundo y la naturaleza salvaje. Una forma de armonía que da un sentido de comunidad. Sin embargo, la ciudad como pretensión de orden enfrenta constantemente situaciones de cambio: guerras, desastres naturales, desarrollo tecnológico y hasta la organización de eventos deportivos como un Mundial. 

Para tratar de entender de qué manera impacta la llegada de la Copa Mundial de la FIFA 2026 a Monterrey los Medios Académicos UDEM presentan Jugando de local, una serie de conversaciones que proponen una reflexión en torno al rol del futbol en la construcción de la identidad regiomontana, la visión del progreso y su influencia en los proyectos de infraestructura. 

Para tratar de comprender el poder del futbol como fenómeno cultural y su relación con la literatura platicamos con José Eugenio Sánchez, poeta y vaquero regiotapatío, autor de poemarios como La felicidad es una pistola caliente, Galaxy Limited Café y Un incesante caer estrellas de la nada.

¿Cómo es tu relación con el futbol?

Muy cercana. Vengo de una familia futbolera: juegan, ven partidos, viven el futbol. Yo también jugué desde niño, incluso antes de ir al estadio. Pasé por equipos escolares, semiprofesionales y reservas profesionales. Durante mucho tiempo fue parte importante de mi formación.

¿Cómo esperas el Mundial 2026?

Siempre me emociona una Copa del Mundo. Me interesa desde la moda y los uniformes hasta las innovaciones tácticas y reglamentarias. Ahora lo viviremos aquí y eso resulta extrañísimo. Siento que la ciudad no está preparada: ni en infraestructura ni culturalmente, ya que Monterrey todavía no es una ciudad tan cosmopolita para un evento de este tamaño y llegarán comunidades muy diversas, como japoneses, coreanos y tunecinos. Hay otras ciudades del país con una mayor experiencia en turismo internacional. 

Se dice que, cuando eliges un equipo, defines cómo pasarás los fines de semana el resto de tu vida. ¿Qué opinas?

Sí pasa, aunque a mí me interesa más el juego que los equipos. Desde luego, prefiero que gane el mío, pero si pierde tampoco me afecta tanto. Lo interesante es que uno rara vez elige un equipo solo por futbol. Le vas al equipo de tu familia o amigos, es decir, al de la gente con la que convives. Incluso hay quienes cambian de equipo por amor. El futbol termina por construir identidad.

En Monterrey eso se nota muchísimo porque la pregunta siempre es: “¿Eres tigre o rayado?”.

Yo soy de Guadalajara y le voy al Atlas porque fue donde crecí. Mi familia era socia del club: iba a nadar, convivía con otros niños que portaban ese uniforme y un día entendí que esos jugadores representaban al mismo equipo que yo sentía pertenecer. Más que irle al Atlas, yo “soy Atlas” porque ahí fui niño. Hasta me siento más del Atlas que muchos jugadores, porque ellos cambian de club y yo no. Ahí están mis recuerdos, mis amigos y mi familia. El futbol sí marca identidad e historia.

El futbol como identidad: ¿crees que se está perdiendo ese vínculo?

Es complejo. Hay una parte muy sana: reunirse, hacer carne asada, convivir con amigos y celebrar. Pero también existe otra muy oscura, ligada a las barras, la violencia y la delincuencia. Ya pasó en Inglaterra con los hooligans, en Argentina y también en México. Se usa la identidad futbolera como excusa, pero en realidad es una fachada para ejercer violencia.

¿Te inspira más vivir el futbol o contemplarlo? 

Para mí, el futbol es una lección de vida porque siempre permite corregir los errores. A diferencia de la vida, es un juego colectivo: ganamos todos o perdemos todos. Si uno falla, fallamos todos; enseña que el principal rival es uno mismo. Para vencer al otro primero debes prepararte, convencerte y trabajar. Las “chiripas” existen, pero incluso para aprovecharlas hace falta preparación. También te obliga a tomar conciencia del tiempo y del espacio. El partido dura cierto tiempo y, lo que no conseguiste en esos minutos, se perdió. Si no eres más rápido, más fuerte, más hábil o más inteligente, pierdes. Vivir así, atento y en competencia constante, también es una forma de entender la vida.

¿Qué autores que hayan escrito sobre futbol te llaman la atención?

Varios. El primero que me impactó fue Pier Paolo Pasolini: alguien que hacía deporte y además pensaba. Me gusta su visión del futbol y su idea de que la gente deposita demasiadas esperanzas de felicidad en los deportistas. También me gustan Eduardo Galeano, Roberto Fontanarrosa, Jis y Trino, y futbolistas que terminaron escribiendo, como Jorge Valdano o Miguel Pardeza. El juego tiene una hechicería poética: produce imágenes, escenas y momentos poderosos.

¿A ti te interesa retratar esas imágenes en poemas?

Sí. Tengo un poema inspirado en la poesía concreta y en los caligramas de Guillaume Apollinaire, donde el poema funciona también como imagen visual. Está basado en el gol de Diego Maradona en el Mundial del 86. Ese poema se hizo muy famoso. Lo publicaron en ESPN, apareció durante el Mundial de Qatar y lo tradujeron a varios idiomas. Claro que me emociona, pero al final quien hizo todo fue Diego Maradona. Yo solo convertí esa jugada en un poema visual. Por otra parte, me interesan las actitudes de los futbolistas fuera de la cancha. Escribí sobre Michel Platini, sus contradicciones y su felicidad al ver triunfar a Zidane. También escribí sobre la Selección Mexicana Femenil y la regla absurda de separar a dos jugadoras que eran pareja porque rompían el protocolo de concentración. Además, tengo poemas sobre ese futbol cotidiano: patear una lata o una piedra al caminar, como si todos quisiéramos meter gol aunque nadie nos observe.

El futbol no es sólo deporte, sino fenómeno: genera mitos o creencias.

Sí, y tiene una dimensión política muy interesante. A principios del siglo XX, Jules Rimet impulsó la Copa del Mundo para legitimar el futbol fuera de Inglaterra, porque los ingleses se sentían dueños del juego. Luego pasan cosas simbólicas muy fuertes: Inglaterra gana el Mundial del 66 y aparece la reina entregando la copa. Todo eso mezcla deporte, política, orgullo nacional y espectáculo. A mí esos contrastes me fascinan.

¿Cómo visualizas esa cuestión de los mitos? ¿Qué tanto de lo que vemos es real?

Ahí está la diferencia entre quienes juegan y quienes solo observamos. Los profesionales necesitan mirar toda la cancha, las porterías y a los 22 jugadores. Nosotros vemos apenas un close-up, un fragmento mínimo, y con eso nos volvemos locos. No sabemos cómo se mueve el resto, qué espacios ocupan ni qué estrategias hay detrás. Solo seguimos la pelota. Pero eso también tiene algo bonito: nuestra ignorancia hace más emocionante el juego. No pensamos en entrenamientos, tácticas o administración; solo observamos un fragmento. Y, de cierta forma, así funciona la vida: jugamos sin entender del todo el tablero completo.

Mientras más verdad conoces, más se pierde la magia.

La Copa del Mundo funciona mucho así. Los gobiernos la utilizan para distraer y reforzar la idea de que el equipo representa a toda la nación. Entonces los argentinos sienten que “son” campeones del mundo, igual que antes lo sintieron los franceses. Pero yo jugué futbol y sé que los únicos campeones son los jugadores que salen a la cancha. Nadie más. Pasa igual con Tigres y Rayados. Que un equipo juegue mal no significa que toda su afición sea tonta, como a veces presume el fanático rival. Además, el futbol cambia rápido: hoy ganas y mañana eres un desastre.

He ahí otro aspecto divertido: ver equipos que defienden su idiosincrasia, cultura, religión y costumbres; verlos cantar el himno. ¡Quién sabe qué sentirá el mexicano al cantar ese himno tan bélico! Más bélico que los corridos de Peso Pluma. Mientras tanto, otros equipos se abrazan y bailan. Esas expresiones hablan de distintas maneras de representar lo patrio.

Toda esa diversidad cultural la veremos en la Copa del Mundo, y los futbolistas —que son súper incultos— serán quienes repartirán cultura este verano. Son el símbolo de sus naciones. ¡Imagínate! Quienes representarán a Alemania, país de grandes científicos y poetas, serán futbolistas. Le damos una importancia excesiva a estos eventos y, al ser Monterrey una sede, estaremos bajo los reflectores. Lo único que realmente nos va a salvar será la calidez de la ciudadanía, si es que la tenemos. Lo demás será un caos. Pobre gente la que visite la ciudad: se topará con un clima durísimo, muy cambiante. Supongo que los encapsularán para que no vean el destrozo de ciudad ni los problemas que nos aquejan: economía, seguridad, educación, salud… Ah, y deporte. ¡Pura gente que no practica ningún deporte!

¿Qué cosas se están dejando de lado en el ámbito cultural y social?

Me llama la atención que ningún museo tenga una exposición de autores locales sobre futbol o deporte para la gente que viene. No hay un museo que haya preparado algo sobre la cultura regia. Tampoco uno que exhiba la historia del futbol en Monterrey, y se trata de la Copa del Mundo. ¿Se nota el descuido de las dirigencias culturales y su ignorancia respecto al futbol? Lo mismo ocurre con Donald Trump: no sabe nada sobre futbol. Disculpen que lo mencione; espero que no se sienta agredido y ordene bombardear la UDEM. Si supiera lo que significa el futbol, quizá habría dejado sus guerras para después. En su loquera, Estados Unidos organizó el Egipto-Irán en Seattle como “Partido del Orgullo LGBTQ+”, sin importar que son países donde la homosexualidad está prohibida. Es una linda idea desde Occidente, pero no desde Medio Oriente.

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Jugando de local es un proyecto de los Medios Académicos UDEM.

¿El futbol aún le pertenece a la gente? ¿Sigue siendo popular o sólo es un producto de consumo?

El futbol no tiene límites en el ámbito económico. El próximo gran futbolista costará muchísimo más de lo que hoy vale Messi. Pelé costó una fortuna en su época, pero esa cifra está muy por debajo de los números actuales, que seguirán aumentando, aunque la gente crea que representa a su barrio, colonia o ciudad. Como espectáculo, se ha ido alejando del alcance popular conforme al incremento del precio de las entradas. La televisión vende los partidos porque, para muchos aficionados, pagar por verlos es dar la vida por el equipo. El futbol da para eso y más: representa y es objeto al mismo tiempo. Como dije, los gobiernos sacan provecho de la Copa del Mundo. Todos meten himnos y banderas, pero es falso que las selecciones nacionales sean eso. En realidad, esos equipos son federaciones de millonarios que se reunían para formar una liga, pagaban cuotas y también pagan el Mundial. Como resulta atractivo comercialmente, gobiernos y empresas se adhieren. Y, a final de cuentas, nos representan porque es del pueblo.

Retomando el tema del Mundial, ¿cómo recuerdas el del 86?

En el Mundial de 1986 vivía aquí, en Monterrey. Estábamos sorprendidos de que los ingleses, los hooligans, vinieran a la ciudad. Hacía un calorón brutal y ellos hacían su juego: bajarse los pantalones y mostrarnos el trasero. Por eso varios acabaron en el bote porque aquí, en Monterrey, ¡jamás se iba a hacer eso! También arrestaron a otros por beber cerveza en la Fuente de Neptuno, en la Macroplaza. ¡Cosas que un regio nunca hace! Salían a la calle muy consternados porque estaban en la fiesta del Mundial. Recuerdo una nota sobre un inglés que estaba en la cárcel y le pedía a una chica regia que lo disculpara por no llegar a su cita, ya que  lo había arrestado la policía. También conozco personas que, a partir del evento, se emparentaron y formaron familias. El amor les llegó. España, Argelia, Inglaterra, Polonia y Marruecos jugaron aquí. Los marroquíes trajeron otra gran fiesta: se escuchaban sus tambores en la Macroplaza. Fue muy divertido. Dudo mucho que este Mundial sea igual. Creo que los fans estarán colocados en otro lugar, encerrados. No permitirán que compartamos la ciudad. Veo difícil que anden por ahí, tan sueltos.

¿A qué crees que se deba?

A la seguridad. Los negocios de la delincuencia han cambiado y quién sabe cuánto pueda costar una injerencia en esos asuntos. Prefiero no imaginármelo.

¿De qué manera crees que esta ocasión vaya a reescribir la experiencia del Mundial?

Como siempre: épica, triunfalista, alegre, optimista. El futbol vencerá. Imagínate: derrotará a Donald Trump. Sus discursos se agotarán: desde las afirmaciones de haber derrotado a Irán y las amenazas de invadir México hasta la idea de anexar Groenlandia. El futbol lo dejará con la boca cerrada; lo va a golear la cultura del juego porque no podrá ser el protagonista. Imagínate: le ganará un tipo que anda en pantalones cortos. Los políticos se exhibirán menos porque la pasión del juego empuja a la gente a expresarse. ¡Quién sabe si los vayamos a ver!

Aunque también es cierto que la situación se presta para escándalos banales, como captar a tal político con la camiseta de algún equipo.

¡Claro! Nuestra presidenta ya está preparada con el discurso para felicitar a la Selección Mexicana por cualquier cosa que llegue a conseguir. Ahorita mismo lo podrían grabar porque ella y todos los demás presidentes lo tienen listo: “¡Ay, por el entusiasmo, por representarnos! ¡Nos hicieron llorar!”. No importa el resultado: aprovecharán para colgarse.

¿El futbol reestructura la política o la política se aprovecha de estos momentos?

Se me ocurren muchas respuestas, pero daré un ejemplo. Hasta inicios de los noventa, Croacia, Serbia, Bosnia, Eslovenia y Montenegro conformaban Yugoslavia. Hoy todos tienen selecciones distintas; antes los representaba una sola. Cuando la política los diseminó, cada equipo adquirió una identidad propia. Es raro que un equipo pueda ser amigo de una nación enemiga. Estados Unidos tendrá que recibir a los seleccionados de Irán, de modo que el futbol los orillará a relajarse. Si Estados Unidos se dedicara a acribillar a los futbolistas iraníes, generaría una imagen detestable. Y no me refiero solo a balas: hablar mal de ellos, maltratarlos o ningunearlos tendría un gran impacto político.

¿Qué opinas del gran relato tragicómico alrededor de la Selección Mexicana?

Voy a ser muy cruel: la Selección Mexicana es un equipo bastante regular. Si yo fuera un cronista deportivo de la televisión, de esos que nunca hacen ejercicio, la llamaría “mediocre”, un fracasote. Pero no veo tanta diferencia entre el futbol mexicano y la literatura mexicana. No estoy seguro de cuál sea mejor frente al resto del mundo. Desconozco si los científicos mexicanos son mucho más sofisticados que el equipo de futbol o que la educación en México. ¿El Metro de Monterrey supera a la Selección? ¿Los políticos la superan?

Entonces uno piensa: “A ver, ¿quiénes son los malos?”. Preferimos ignorar esa parte. Sí, la Selección Mexicana representa muchas cosas del mexicano, pero también representa las infraestructuras e instituciones mexicanas.

Muchas veces le damos una importancia excesiva. Cuando pierde, los reproches no suelen trasladarse a otros sistemas. ¡Por supuesto que no! ¿La seguridad pública supera el desempeño de la Selección Mexicana? ¿Y así le reprochamos a la salud pública? ¡No! Ni a la educación, ni a la alimentación, ni a la canasta básica, ni a la inflación. Son excusas para liberar frustración y evadir la realidad. Los gobiernos usan a las selecciones para evadir responsabilidades.

Y tú,  ¿cómo vas a vivir este Mundial?

Me siento muy entusiasmado. Me trae recuerdos de gente que he conocido gracias al futbol. También me lleva a pensar que hay una inteligencia emocional muy impactante dentro del deporte, que me gusta mucho para escribir y que aprovecho. En fin, viviré este Mundial con emoción: me dará para escribir, emborracharme, asar carne y, pues, ¿qué te digo? Corea del Sur y Haití ahora también son mis equipos. Voy al mercado y veo haitianos que trabajan con cajas y hablan francés criollo; a los coreanos me los topo ejercitándose cuando salgo a correr. También forman parte de mi comunidad, de nuestra comunidad. Será muy emotivo si Haití gana un partido. Ya tengo un amigo al cual ir a saludar y echarle flores si ocurre.

Creo que así deberíamos vivir el Mundial. Si reconocemos la presencia de estos miembros de nuestra comunidad, no está de más.

Eso nos da la oportunidad de conocer música, ropa, literatura, cine, etcétera. Tampoco he visto eso. ¿Por qué la Cineteca no planea una muestra de cine coreano para la gente que vendrá a jugar aquí?

¿Alguna reflexión final sobre el Mundial, la literatura y la sociedad?

Por la diferencia entre mi edad y la tuya, te contaré una anécdota de cuando era joven, durante la primera Copa del Mundo organizada en México, en 1970. Nací en Guadalajara y ahí jugó Brasil. Una turista llegó desde Brasil para ver a su selección con amigos y familiares. No sé cómo fue el asunto, pero se lió con un español en plena Copa del Mundo, aunque España ni siquiera participó. Al parecer, él era periodista. Ambos se enamoraron, mi mamá les rentó una casa y esa señora se hizo muy amiga de ella. Se convirtió en mi madrina. Todo gracias a la Copa del Mundo. Mantengo una relación muy cercana con Brasil, otra de mis selecciones, junto con España. Y ahora se suman Corea del Sur y Haití. El Mundial me trajo una madrina, hijos de esa madrina que también fueron amigos míos, amigos brasileños y hasta un brasileño-español-mexicano. Eso trae el futbol: cultura. Tenemos una gran oportunidad de abrir la mente, los ojos, el corazón, todo, para conocer más del mundo. Voy a decir cosas que a lo mejor suenan extrañas, pero conoceremos aquí, en Monterrey, países que no creen en Jesucristo, que no saben quién es Santa Claus, que no tienen la menor idea de Halloween. Celebran otras cosas, son igual de religiosos, fervorosos, amantes de Dios, de sus religiones, costumbres y fiestas, pero hacen otras cosas. Y todo eso es bueno para nuestra ciudad porque la haría más tolerante con el tiempo.

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