Por: Miguel Ángel Lapuente

 

A finales de prepa estaba un poco más perdido de lo que estoy ahora. No sabía qué quería estudiar ni a qué me quería dedicar. El gusto que tenía por la música me impulsó a hacer el intento de estudiar producción musical, pero no me aceptaron (qué bueno, me imagino que para ser productor musical necesitas talento y yo sólo podía tocar Reloj no marques las horas en la guitarra). Me sugirieron hacer un semestre en otra universidad, subir mi promedio e intentar otra vez. Así entré a Comunicación en la UDEM.

 

Mi primera clase fue Periodismo Mundial. El único acercamiento que yo había tenido con el tema se reducía a las horas que le dedicaba a ver programas de ESPN. O sea, hasta ese momento pensaba que el periodismo se trataba de sentarse en una mesa y gritar más fuerte que los demás.

 

Esa clase me descolocó. Las historias de los periódicos y del golpe a Excélsior me despertaron un interés que no tenía en ninguna otra materia -a tal grado que por primera vez fui a una biblioteca a sacar libros de un tal Vicente Leñero- y me convencieron a quedarme en la carrera.

 

 A partir de ese momento llegué a soñar despierto sobre la posibilidad de derrocar a la corrupción del futbol mexicano con mi trabajo periodístico, lograr lo que José Ramón y David no habían logrado. Sin embargo, nunca imaginé trabajar con la persona que me cambió la ruta, mucho menos que en algún momento editaríamos una revista. Ya no cambio eso por nada y ahora que soy más cínico disfruto más el futbol.

 

Hay muchas cosas que la maestra Alma Leticia me enseñó y podría enumerarlas en representación de muchas y muchos compañeros, pero ya se me acabó el espacio. Resalto lo más obvio: una historia bien contada puede cambiar una vida.