“En México el futbol puede vivirse como fiesta, pero también como un espectáculo idiotizante”: Criseida Santos Guevara
Por: Ana Soria
Desde hace siglos la ciudad ha supuesto un orden frente al caos del mundo y la naturaleza salvaje. Una forma de armonía que da un sentido de comunidad. Sin embargo, la ciudad como pretensión de orden enfrenta constantemente situaciones de cambio: guerras, desastres naturales, desarrollo tecnológico y hasta la organización de eventos deportivos como un Mundial.
Con el objetivo de entender de qué manera impacta la llegada de la Copa Mundial de la FIFA 2026 a Monterrey los Medios Académicos UDEM presentan Jugando de local, una serie de conversaciones que proponen una reflexión en torno al rol del futbol en la construcción de la identidad regiomontana, la visión del progreso y su influencia en los proyectos de infraestructura.
En esta entrega dialogamos sobre la forma en la que influye el futbol y la frontera en la formación de la identidad regia con la escritora Criseida Santos Guevara, autora de La reinita pop no ha muerto.
Quiero comenzar por conocer tu relación con el futbol.
Mi relación con el futbol es un poco conflictiva. Quienes somos de Monterrey sabemos que existe una gran división entre los dos equipos locales, y esa discusión a veces me fastidia. En algún momento participé en ella; luego dejó de interesarme el futbol varonil. Cuando inició la Liga Femenil, retomé la afición: seguí un tiempo a las Amazonas y, después, a las Rayadas. A la fecha, soy fan de la Liga Femenil. Siempre he estado en esa discusión tan regia: “¿eres tigre o eres rayado?”.
¿Cómo influyeron la ciudad, la gente y estas aficiones en tu crecimiento con el futbol?
Creo que también por eso empecé a seguir la Liga Femenil, porque sí me gusta el futbol como deporte. Lo practiqué en la universidad, en intramuros —futbol rápido— y en cancha grande. Digo, éramos estudiantes de Letras: ganamos uno de 12 partidos y porque el rival no se presentó. Yo jugaba de estorbo central. No tenía talento, pero siempre me gustó. Me habría gustado ser futbolista cuando era joven; bueno, aún soy relativamente joven, pero me refiero a esa edad. En aquel entonces no había liga y todavía se decían cosas muy feas de las mujeres que jugaban futbol. Como aficionada, veía los partidos desde casa. El clima de Monterrey no me gusta para ir al estadio. Me alegró el furor hacia la Liga Femenil. Yo ya no puedo dedicarme a eso, pero quería escribir al respecto porque, de niña, me tocó vivir el Mundial de México 86 con un hambre de pastelería: a mi hermano lo llevaron al único partido en Monterrey, pero a mí no me incluyeron.
Justo quería preguntarte eso: ¿cómo fue la experiencia de aquel Mundial?
En el 86 estaba muy chica. Aprendí todas las canciones y vi el comercial de la “Chiquitibum”. Teníamos televisión en blanco y negro, con perilla. Había mucha euforia y mi papá, que no era muy fan de invitar gente, esa vez sí lo hizo para ver un partido de México, con botana; recuerdo muy bien los Sabritones. Tengo una memoria inclinada hacia cosas afectivas: daba vueltas alrededor de la televisión y cantaba uno de los jingles. No sé si habría disfrutado ir al estadio, pero sí le guardo un poquito de rencor a mi papá por no llevarme.
¿Cómo podría definirse el vínculo entre futbol e identidad regiomontana?
Me gustaría que hubiera un poquito más de distancia crítica. Es un pasatiempo; todos tenemos derecho a un espectáculo, a desfogar un poco, pero hasta ahí. No me agrada que genere enemistades o pleitos. No es para tanto. Una de mis rupturas con la afición de Monterrey tuvo que ver con el estadio de Rayados. Hay discusiones, incluso internacionales, que lo defienden porque es un gran estadio, pero a mí me enfureció. No quería entrar porque ahí se cruzan intereses ecologistas, empresariales y sociales. Conviene usar la metáfora: nos metieron un gol como sociedad. Cuando hubo protestas por los daños al ecosistema, muchas respuestas acusaban a las voces críticas de envidia o de venir de aficionados de Tigres. Incluso había quienes aceptaban el estadio, pero en otro sitio. Todo se redujo a la rivalidad histórica. No lo perdoné, pero ¿qué le hago? Ya existe.
¿Cómo interpretas el concepto de “estadio”?
A mí me gusta mucho. También el teatro, el cine y ciertas manifestaciones culturales, porque completan la experiencia. Ver a la gente –cuando no está enojada– dialogar con el espectáculo, con la película o con el juego, es muy chistoso. Es otro ambiente, otro mecanismo de cohesión. Incluso se produce una especie de hermandad… o sororidad, mejor dicho, porque me refiero al femenil. El futbol varonil tiene su complejidad, aunque debo confesar –y esto va contra todos los intereses económicos– que prefiero el femenil: el espacio es más amplio, más vacío; puedo ir tranquila y sentarme en donde prefiera. Públicos distintos crean lenguajes distintos. Disfruto eso, cuando no hace calor.
¿Qué dicen los contrastes entre ligas varoniles y femeniles de nuestra sociedad?
Hay muchos comentarios, ¿no? Algunos dicen que las futbolistas están jugando el verdadero futbol, porque muestran más entrega y menos teatro. También hay afición masculina que no apoya a sus propias camisetas: pierda quien pierda dicen que avergüenzan el uniforme. Hay que trabajar en eso, porque el futbol se ha diversificado. Como aficionada desde niña, antes no tenía opción de equipo ni de ambiente. Ahora puedo ir por la tarde, hay menos agresividad hacia el arbitraje y las jugadoras, y ellas portan colores representativos. Son públicos diferentes. Si quiero llevar a mi hija a un ambiente más infantil y diurno, ¿por qué no?
¿Cómo te parece mejor acercarse al futbol: yendo al estadio o escuchando narraciones?
Hay que vivirlo todo. Siempre me acuerdo de un cuento de Bustos Domecq —el alias de Borges y Bioy Casares— en el que Isidro Parodi resuelve un crimen desde la cárcel. Creo que sucedía en un estadio. Cuando pregunta por el juego, le responden algo como: “Don Isidro, hace mucho que no tenemos partidos de futbol. Todos están en el set de televisión. Ya se sabe quién ganará…”. A veces sí parece así. En el estadio, sin alguien que describa la cancha, para algunas personas puede ser aburrido. No hay repetición para las faltas, así que no puedes enojarte igual. No hay close up; el partido se vive distinto. La televisión se acerca más al relato de Isidro Parodi. En el estadio, la experiencia la construye el espectador. Y leída, bueno, yo siempre voy a querer leer. Siempre desearé construir un escenario.
Además de Monterrey, ¿has vivido el futbol en otra ciudad, en México o en la frontera?
En la frontera, no. Pero sí en la Ciudad de México: me tocó ir al Estadio Azul, al Universitario… Al que nunca he ido es al Azteca. No sé por qué. Allá los juegos son al mediodía; tienen otra cosa.
¿Percibiste contrastes significativos o más bien similitudes?
Hay un parecido importante. Somos los mismos salvajes en todos los estadios: avientan líquidos, suspenden la venta de cerveza cuando el asunto se pone difícil… Fui a un juego de Pumas con mi sombrero del club y me llovió igual: Maruchan y no sé qué tanto más. Y eso que éramos de los mismos. Así son las multitudes.
¿Qué rescatas de la cultura del futbol?
Al futbol en México hay que acercarse con cuidado, sin dejar de prestarle atención. Puede vivirse como fiesta, pero también volverse un espectáculo idiotizante o fuga de violencia que no está chida. Creo que fue en el Mundial del 98 cuando iban a operar a mi mamá. La bajaron al quirófano mientras jugaba la Selección Mexicana y la dejaron ahí, medio atontada, mientras veían el partido. Eso no puede pasar. Si en otro trabajo el jefe dice: “Váyanse al comedor a ver el juego”, está bien, pero no es posible suspender cosas así. Hay que evitar llevarlo a un extremo paralizante.
Ahora que seremos sede junto con otros países, ¿cómo se ha redefinido nuestra relación con la frontera y la modernidad?
Es interesante lo que propone el Mundial. Si quisieras ir a varias sedes, el desplazamiento sería rarísimo: un mapa del tesoro o un rally entre países. La movilidad luce extraña. No es como en otras geografías, donde tomas un tren y basta. Texas tiene el tamaño de un país; México también, y sus sedes no están juntas. Habría que viajar en avión. Además, geopolíticamente, no creo que estemos en el mejor momento. Tal vez en los noventa, con el Tratado de Libre Comercio, se habría pensado en un tren que fuera y viniera. Pero ahorita ni siquiera han renegociado bien el tratado y la frontera está crítica por la inseguridad. Aunque digan que blindaron, los tiempos por carretera no son los mismos.

¿Cómo crees que entran en sincronía las culturas de Canadá, Estados Unidos y México para este Mundial?
Veo que operan muy por su lado, como si fueran tres mundiales… Bueno, más que tres mundiales, tres torneos diferentes. Ésa es mi percepción. A lo mejor no tengo fundamento, pero me parece distinto a otras ediciones, en las que un solo país concentraba publicidad y reportajes. Ahorita siento que cada loco anda con su tema. Se refleja en las mascotas. Tampoco veo cómo impactó a Monterrey; no encuentro el beneficio.
¿Cómo se ha retratado Monterrey ante el Mundial? ¿Qué se distingue y qué se deja fuera?
Monterrey mantiene su discurso de tener el edificio más alto, la contaminación más alta… En fin, de tener todo alto. Todo es grandote, todo es progreso. El Mundial le vino como anillo al dedo para obras como el Metro y me parece discutible: no se va a lograr o no se logró y quizá no se logrará nunca. Como no hacía falta remodelar el estadio —algo que sí pasó con el Azteca—, dijeron: “Vamos a hacer esta gran obra que es el Metro”. Quizá estoy viciada con prejuicios, pero ese tramo no debió construirse, o no con ese trayecto. El que debía construirse, del aeropuerto a la Y, no estará listo. Hubiera sido mejor algo pequeño, funcional, incómodo, pero terminable. En cambio, apostaron por una gran obra y afectaron el río Santa Catarina. Se repite la historia del Estadio. ¿Para qué insistir en grandes proyectos contra los ecosistemas? Ya vivimos una crisis hídrica que podría volver; de hecho, su regreso está pronosticado. ¿Por qué seguimos pensando bajo la lógica de lo majestuoso? ¿A quién vamos a impresionar? ¡Que se ubiquen, somos una pequeña parte de un todo! Se destruyen vialidades para inflar el ego de Monterrey.
A nivel cultural, se capitaliza la imagen de Monterrey: el sombrerito, la carne asada, los corridos, el acordeón… ¿Por qué esa identidad y no otra?
Qué buena pregunta, porque es a lo que aspiramos quienes nos sentimos excluidos de ciertos discursos. A mí no me gusta la imagen del regiomontano altanero, echado para adelante. No me representa. Entonces, ¿por qué se le echa tanto oxígeno? Es una aspiración, pero ¿por qué ese orgullo? Habría que redefinir esos íconos. Uno de los símbolos de Monterrey es el Cerro de la Silla y, de cualquier modo, sigue siendo talado para construir sobre él, en lugar de cuidarlo. Es fácil cuidar un asador, un sombrero, o decir lo que no lleva filtro, como el norteñote estereotípico; pero habría que cuidar otros símbolos y conectarlos con la amabilidad.
Como la literatura, el futbol depende de la narración…
Considero que los cronistas deportivos en México y América Latina son verdaderos narradores. Guste o no cómo trabajan, se requiere habilidad y rapidez mental para inventar metáforas. A veces son buenas; otras, muy chafas. Quienes tienen futuro en la crónica deportiva son grandes narradores. Ese talento pasaría con facilidad a la palabra escrita. No sé si ahora hay alguien así haciendo columnas deportivas. He visto reporteros hablando de hegemonías y paternidades, que… ¡ay, por Dios! ¿Por qué usan esas palabras?
¿El Mundial te ha inspirado a escribir?
Sí. Tenía un borrador dividido en tres mundiales, el del 86, 98 y 2022. He fantaseado con una novela sobre la afición de un personaje, pero no ha llegado a buen puerto.
¿Qué camino va a seguir el Mundial? ¿Hay esperanza de cambiar de línea?
No hay marcha atrás. Ya es una maquinaria que se echó a andar, a menos que colapse el mundo de una manera que no imaginamos. Son cosas que a alguien se le ocurrieron, las monetizó y ya no hay vuelta atrás.
¿Cómo imaginas el Nuevo León que debería recibir el Mundial?
Ay, el Nuevo León que debería recibir el Mundial. Me dejas sin palabras, porque estamos en una época crítica: no podemos ver con claridad frente a qué estamos. Sería muy bonito que, como ciudadanía, estuviéramos felices con los traslados, la calidad de vida, los servicios –que también van para abajo– y el medio ambiente. Si estuviéramos un pelín… No, un pelín no: un muchito más tranquilos y satisfechos, sería un buen momento. Pero, por experiencia de caminar, manejar y respirar, creo que a muchos nos agarra de malas. No sé si sea el mejor rostro: ciudad en construcción, desigualdades y carreteras cuya seguridad habría que atender.
¿Cómo interpretas la imaginación frente a esos cambios? ¿Todavía se vale soñar?
Creo que ahí nos hacen daño los renders, la inteligencia artificial y todo eso. Vemos en el teléfono: “¡Guau! El metro, el río, el paseo”. Y como miramos más el teléfono que alrededor, todavía había gente que pensaba que era posible llegar a ese ideal. Hay que distinguir qué es un modelo y qué es una proyección real, así como asumir el hecho de que no hay condiciones materiales para lograrlo. El río no lucirá como en las imágenes porque no lleva agua, ni el Metro se verá como lo muestran porque cuenta con solo cuatro vagones. ¿Para qué nos muestran eso? Hay que tomar distancia. Demoraron dos meses en arreglar el drenaje. No es posible terminar las cosas tan rápido.
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