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Irene Vallejo, ganadora del Premio Nuevo León Alfonso Reyes 2025. Al fondo, el Centro Roberto Garza Sada de Arte, Arquitectura y Diseño de la Universidad de Monterrey. Foto: UDEM

Entre historias e infinitos: el día que Irene Vallejo visitó la UDEM

Días como estos no comienzan por sí mismos.

En realidad, el día empezó en mayo, con el anuncio de que la aclamada escritora Irene Vallejo fue nombrada ganadora del Premio Nuevo León Alfonso Reyes 2025. O quizá empezó en verano, entre oleadas de sol y el zumbido de la posibilidad, cuando ojeé El infinito en un junco por primera vez. O en septiembre, cuando nuestro profesor nos extendió la emocionada invitación: “¡Aparten la fecha!”.

El semestre transcurrió a tropiezos, entre desvelos y carcajadas. De pronto, era la mañana del 13 de noviembre y mi rincón de San Pedro Garza García amaneció lleno de cambios bienvenidos. Sobresaliendo, entre ellos, uno insólito: que la emoción, y no la rutina, fuera la encargada de despertar a mi mente somnolienta. Durante mi caminata a la universidad, el outfit que llevaba días apartado en el mejor gancho de mi clóset resultó ser menos cálido de lo previsto, pero los nervios fueron suficientes para ignorarlo.

La vista de los cerros, aquel imponente telón de fondo de la UDEM, no decepciona en hacerme suspirar, incluso bien adentrada en mi cuarto año. Al llegar al campus, me encaminé directamente a mi clase de Antropología Sociocultural, primera parada antes del anhelado evento. Ahí estaban Kat y Viri, mis mejores amigas, vestidas más formalmente de lo habitual. Nada como un conversatorio sobre libros para que las alumnas de letras afinen la elegancia.

Tal vez era el aire frío de noviembre o la anticipación precariamente contenida, pero algo burbujeaba debajo de la superficie. La clase transcurrió de manera lenta, y no pude evitar el temblor de mi pierna debajo de la mesa.  Mi mirada gravitaba una y otra vez hacia mi copia traqueteada y anotada de El infinito en un junco sobre mi mesa.

Nos tuvimos que excusar unos minutos antes del fin de la clase. Las zapatillas negras que guardo para eventos especiales casi se deslizaron por la loza de las escaleras. Con una mano aferrada al barandal, deposité todas mis plegarias en que el yogurt de fresa que desayuné me mantuviera en pie por el resto de la mañana. Ahora sí, comenzaba el día. 

En el camino al salón de eventos, el follaje siempre verde de la universidad y el sol de Monterrey atestiguaron las especulaciones que mis amigas y yo saltábamos sobre la renombrada visitante. Cuestionamientos profundos y altamente letrados, como: ¿ya habrá probado el chicharrón de la Ramos?, ¿le gustarán los tacos al vapor?

Faltando dos horas para el evento, el segundo piso del Centro de la Comunidad Universitaria (CCU) se encontraba casi listo. La mesa de registro, atendida por las distinguidas alumnas de Letras: Paola, Viri, Val y Caro, se encontraba montada y lista para recibir a los 150 asistentes esperados. Un piso arriba, la Sala Fundadores era una mezcla de barullo y ensamblaje de luces y cámaras de apariencia altamente profesional. El equipo de los Medios Académicos UDEM montaba los preparativos para la entrevista que mi amiga Kat entablaría con la escritora. 

Nos enteramos de que Irene Vallejo recibió un tour por la universidad. La imaginé examinando las exposiciones artísticas presentadas en la galería del Centro Roberto Garza Sada de Arte, Arquitectura y Diseño (CRGS) y paseando por las incontables fuentes que hallan su hogar entre rincones inesperados del campus, hasta que el feedback de la prueba de sonido me regresó a la Sala de Eventos, la cual permanecería vacía por una hora más.

Para las 10:30, las alumnas que dirigirían el diálogo principal —Valeria, Sophia y Laura— ya se encontraban ensayando su dicción y volumen ante el micrófono. Me interesé, mas no sorprendí, ante lo estimulantes que resultaron las preguntas que habían planeado. Con moderadoras tan bien preparadas, sin duda sería un conversatorio para recordar. 

Después de apoyar al ensayo con aplausos practicados y sonrisas que se esforzaban por contener la emoción, Kat y yo regresamos a la ahora montada sala de prensa. Eran las 11:15, finalmente hora de la entrevista. Pensaría que, ante tanta anticipación construida hacia el acontecimiento de charlar con ella, ocurriría una gran disrupción al llegar el momento. Sin embargo, fue todo lo contrario: la quietud contenida del día solo aumentó al saludarla, al platicar sobre su día previo al inicio de la entrevista.

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Katherine Mani (periodista) y la escritora Irene Vallejo en la grabación de Doble Espacio, un programa de entrevistas de los Medios Académicos UDEM. Foto: Antonio Calderón

Y es que se transmite a kilómetros de distancia: Irene Vallejo es un alma serena. Lo primero en lo que reparé fue la templanza en su voz, una cadencia que exige atención, no por buscarla, sino porque sabes que está transmitiendo algo merecedor de ser ponderado. Kat le hizo conversación sobre su desayuno (fue fruta, no chicharrón de la Ramos) y le platicó sobre los temas a tratar en la entrevista que ocuparía la próxima media hora.

Los últimos ajustes de cámara y micrófonos terminaron dando inicio a la entrevista. Caí fácilmente en un vacío de fascinación ante el flujo de la conversación. Vallejo ahondó sobre la importancia de contar historias como herramienta de transmisión de conocimiento, el libro como cuerpo que sostiene lo etéreo de las palabras, la lectura como una forma de insurrección. Mis esfuerzos por plasmar en mi libreta cada idea que me parecía interesante resultaron un poco en vano, ya que hubiera terminado por transcribir toda la entrevista. 

Estas conversaciones no se dan por sí mismas. Detrás de cada historia presentada por Vallejo, detrás de cada anécdota y teoría asimilada, hay escritoras pasadas, teóricas desveladas y horas incontables de amor al arte. Transcurrió la entrevista como un recordatorio de la maravilla de la literatura y las humanidades, de lo imperativa que resulta su conservación futura. Me percaté de que mis manos llevaban rato sin temblar.

Dado el ligero retraso, la entrevista finalizó unos minutos antes de lo anticipado. La escritora agradeció la conversación y fue dirigida al piso de abajo, donde esperaría a ser presentada en la mesa de diálogo. Kat y yo bajamos los escalones a brincos, repletas de emoción ante lo excelente que resultó la entrevista y ansiosas por escuchar el diálogo que seguiría.

Regresamos a la Sala de Eventos, ahora repleta y con un leve bullicio de los estudiantes, profesores e invitados importantes esperando que el evento comenzara. Hacia el fondo de la sala estaba la tarima donde se llevaría a cabo el diálogo: las tres alumnas que lo moderarían estaban sentadas en sillones individuales, dejando uno vacío para la inminente llegada de Vallejo, floreros con tulipanes amarillos preciosos y, sobre la pared, una imponente pantalla con la leyenda “Irene Vallejo. Premio Alfonso Reyes 2025”. 

Menos de cinco minutos después, el profesor Paulo se levantó detrás del atril y dio comienzo; mencionó a las alumnas que dirigirían el diálogo y en cuanto presentó a la escritora, ésta subió a la tarima, una visión de elegancia. Me llenó de emoción ver a mis compañeras demostrar su capacidad y talento al dirigir el diálogo, a partir del cual se creó un ambiente de amplia reflexión literaria y humanista.

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(De izq. a der.) Paulo Alvarado, catedrático de la Universidad de Monterrey; Laura Olvera, alumna; Irene Vallejo, galardonada; Sophia Tejeda, alumna; y Valeria Odriozola, alumna. Foto: UDEM

Si bien el diálogo se enfocó en los escritos de Vallejo, los mismos suelen tener como tema central la propia importancia de las historias y los libros. Una idea en específico que no ha escapado de mi mente desde que la expresó la escritora es la de las historias como forma de permanencia, el camino de arrastre que dejamos como intento de legado:

—Los dioses no son quienes necesitan historias, sino nosotros, los humanos, las necesitamos como forma de permanencia—, señaló Vallejo, explicando una reflexión a la que llegó durante sus investigaciones de la literatura helénica.

También estos píxeles son un intento de dejar plasmada la historia de aquel día, tanto en mi memoria como en la tuya. ¿Cuántas anécdotas no usamos para conectar con amigos, con extraños? ¿Cuántos poemas no otorgan palabras a la sensación que se alberga en la punta del olvido? Leer es conectar, es “dar sentido a nuestras vidas transitorias, pasajeras”, en palabras de Vallejo.

Después del diálogo, hubo espacio para dos preguntas de la audiencia, una de las cuales tuve la suerte de expresar: ¿Qué importancia encuentra la nostalgia a la hora de aproximarnos a un escrito, ya sea como lectoras o escritoras? La respuesta de Vallejo retomó el tema histórico abarcado durante el diálogo, ahondando en la presencia de los libros como testigos, una suma de lo que ha venido antes que nosotros.
Ante la gran cantidad de asistentes, dudé que existiera la posibilidad de hablar con la escritora durante la firma de libros. Sin embargo, fue tan amable de conversar amigablemente con cada integrante de la larga fila. Volvieron los nervios al llegar mi turno, pero la conversación ligera reanimó mi confianza, y tuve la oportunidad de fangirlear con Vallejo sobre libros y platicarle un poco sobre la crónica que escribiría. Adhoc con su aura de serenidad, sus palabras fueron reconfortantes.

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Irene Vallejo y Anais Montemayor, estudiante de la Licenciatura en Letras de séptimo semestre y autora de esta crónica. Foto: Cortesía

Terminaron así meses de preparación y anticipación de parte de tantas personas que hicieron el día posible. Indudablemente, el último día de Irene Vallejo en Monterrey fue un mayor éxito de lo que se pudo haber esperado. Con las mejillas adoloridas por tanto sonreír, me despedí de la escritora, de mis queridas compañeras y de los profesores que asistieron. Salí de la sala y de la Universidad. Estaba hambrienta. 

Mis amigos y yo cerramos el día en Carl’s Jr., con la misma ropa elegante, pues había un cumpleaños que celebrar. En la UDEM habrán desmontado la Sala de Eventos y Vallejo habrá tomado otro vuelo hacia su próxima aventura literaria, pero estoy segura de que las ideas que surgieron aquella mañana no concluyeron al cerrar las puertas, sino que sembraron en muchos de los asistentes futuras reflexiones e infinitos.

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