¡A bailar con la muerte!


Samuel Perez Moreno
Por: Samuel Pérez Moreno

Hay temas que la juventud evita casi por reflejo. Da la impresión de que mencionar ciertas palabras en voz alta fuera a atraer la mala suerte a sus vidas. Entre estos temas, ninguno genera tanto rechazo como la muerte. Lo noto en cada ocasión que trato de abordarlo en una conversación. Algunos voltean la mirada, otros se ríen nerviosamente y otros más se limitan a pedirme que no hable más del asunto. Es fascinante, casi irónico: mientras más cerca está la muerte de la vida cotidiana —todos conocemos a alguien que ha vivido una pérdida— mayor es el empeño en evitar su confrontación, como si el simple hecho de ignorarla fuera a mantenerla lejos.

En mi experiencia, la muerte no es un concepto distante ni un misterio que me provoque terror. Desde muy joven ha sido una presencia silenciosa, un recordatorio constante de que la vida tiene límites. Y aunque esto podría sonar lúgubre, para mí ha sido todo lo contrario: una fuente de entendimiento, de madurez y, sobre todo, de belleza.

Pero para la mayoría de los jóvenes, la muerte es un tabú incómodo. Es algo que se guarda para funerales y malas noticias, pero que se prohíbe en la conversación casual. Quizá porque a los 20 años uno tiende a sentirse invencible, eterno, inmortal. Racionalmente, sabemos que nada dura para siempre, pero nos aferramos emocionalmente a la ilusión de que eso no sucederá. A esa edad, todo parece comenzar: sueños, amores, metas, ideas sobre nuestro futuro. ¿Para qué manchar expectativas tan importantes con la idea de un final?

Esa resistencia la he visto en múltiples ocasiones en mi propio grupo etario: cuando menciono la muerte, la comodidad de sus vidas sufre una alteración repentina. Pero yo no puedo evitarlo. La muerte siempre ha sido motivo de intriga para mí. Me pregunto qué pasa con nosotros, qué queda de nuestra presencia en aquellos que nos rodearon, qué piensan nuestras mascotas cuando no volvemos. Preguntas que quizá nunca tendrán respuesta, pero que siento como una parte integral y natural de mi vida y pensamiento.

Sin embargo, entiendo que no lo sea para otros. Entiendo por qué se cierran, por qué se tensan, por qué les incomoda. No es que no quieran entender la muerte: simplemente no la han enfrentado. Y es que la muerte no se comprende de verdad hasta que te toca. Hasta que roza tu vida. Hasta que, sin pedir permiso, se lleva a alguien que amas. En mi caso, viví una experiencia que me confrontó directamente con esto durante mi infancia.

La primera vez que me tocó presenciar algún suceso relacionado con la muerte fue cuando tenía la corta edad de seis años. Había una pequeña reunión familiar en la casa, con mis padres y mis abuelos. Al principio, todo marchaba bien: jugaban a las cartas, disfrutaban de los alimentos preparados y bebían de sus rebosantes copas. Parecía un momento perfecto, digno de película. Yo jugaba cerca de ellos, en el suelo, con mis carritos de juguete.

De pronto, una llamada al teléfono de la casa rompió el momento de convivencia. Mi padre se levantó de la mesa y se dispuso a contestar. Recuerdo muy bien poner atención al rostro de mi padre mientras escuchaba lo que se le decía al otro lado de la línea. Vi su cara, cómo su sonrisa se fue apagando levemente, cómo sus ojos se perdían en varios puntos, como si no supiera qué mirar. Su ceño fruncido marcaba una pronunciada arruga entre sus cejas. Logré percibir un cambio en el ambiente; algo estaba mal. No sabía qué era, pero se sentía un pesar, una tensión palpable en el aire.

Mi padre colgó la llamada y se acercó a decirle algo a mi abuela. Y luego, todo se derrumbó. Escuché gritos dignos de una novela de terror, llantos ensordecedores que me aceleraban el corazón y muchos lamentos. Era mi tío Reginaldo, el hermano menor de mi abuela, su “bebé”, como ella le decía. Había fallecido en un accidente aéreo de manera repentina.

Recuerdo estar muy consternado, pero no realmente preocupado. Más bien intrigado por lo que sucedía. Ese fue mi primer acercamiento, pero mi primer tango con la dama de negro vendría unos cuantos años más adelante.

Tenía diez años cuando un amigo cercano enfermó gravemente. Su sistema digestivo prácticamente no funcionaba y no podía procesar sus alimentos. Durante un tiempo, recuerdo ver a los adultos preocupados, hablando en voz baja y susurrándose como niños de secundaria. Y un día, de pronto, me dijeron que “ya no estaba”. Que no lo iba a volver a ver. A esa edad, no entiendes la muerte; no puedes dimensionarla. Solo sabes que algo cambió para siempre. Me quedé con una sensación extraña: una mezcla de confusión, tristeza y una enorme duda sobre lo que había pasado realmente.

Esa duda se quedó conmigo por años, como una sombra que no sabía interpretar, pero que, al mismo tiempo, me resultaba familiar.

Hasta que, a los dieciséis, la muerte regresó a mi vida de una forma más explícita, más vulgar.

Una amiga muy cercana murió en un accidente automovilístico. Era alguien a quien quería profundamente. Y cuando recibí la noticia, algo dentro de mí dejó de funcionar y, al mismo tiempo, algo se abrió. Fue como si mi memoria hubiera guardado en un cajón la experiencia de cuando tenía diez años, y ese cajón se abriera de golpe. Reviví la incomprensión, el vacío, el desconcierto. Pero esta vez, con más madurez, también pude sentir el duelo que no supe vivir cuando era un niño.

Fue un doble duelo: por ella y por ese niño de diez años que no supo procesar la muerte por primera vez.

Sufrí mucho, más de lo que imaginé posible. Hubo días en los que el dolor era tan profundo que parecía no tener fondo. Pero también hubo momentos de reflexión, de silencio, de entendimiento. Y con el tiempo, una certeza comenzó a formarse dentro de mí: haber vivido la muerte de cerca tan joven me estaba transformando.

Hoy, a mis 22 años, puedo decir algo que a mucha gente le cuesta aceptar: agradezco esas experiencias. No porque el dolor haya sido agradable —ningún duelo lo es— sino porque me forjaron. Me dieron una madurez que muchos no desarrollan hasta los treinta, cuarenta o incluso más. Me enseñaron que todo tiene un final, y que ese final no es necesariamente una tragedia o algo malo. Me enseñaron a ver la vida con una perspectiva más amplia y más consciente de su fragilidad.

Para mí, la belleza y el valor de la vida yacen precisamente en la finitud de la misma. Si fuéramos eternos, nada tendría realmente valor, porque si todos fuéramos genios, entonces realmente nadie sería un genio.

En México siempre presumimos de tener una relación íntima con la muerte. Decimos que la celebramos, que la convivimos, que la transformamos en arte, tradición, colores, altares, canciones, pan y papel picado. Pero debajo de esa estética se esconde un miedo enorme. Un miedo universal. Basta intentar hablar del tema para verlo en la reacción de la gente: incomodidad, evasión, rechazo.

Quizá la razón es simple: no nos enseñan a enfrentar la muerte. En la escuela, nadie nos explica cómo lidiar con la ausencia, cómo manejar el duelo, cómo abrazar el dolor sin destruirnos. Nadie nos prepara para ver irse a un amigo, un familiar, un padre o una mascota que nos acompañó durante años. Aprendemos a la mala, por experiencia, cuando ya es demasiado tarde.

Por eso, aunque suene raro, me considero afortunado. Haber enfrentado la muerte desde tan joven me permitió desarrollar una relación distinta con ella. No la veo como mi enemiga, ni como castigo, ni como amenaza. La veo como lo que es: meramente parte del ciclo, un recordatorio de lo que importa. Y lo que importa no es lo material ni lo fugaz. Lo que importa son las relaciones, la familia, el conocimiento, el legado que dejamos, las cosas que construimos para quienes vienen después.

Hoy puedo decir, con tranquilidad, que no le tengo miedo a la muerte. Ni a la mía ni a la de mis seres queridos. Me duele pensar en la ausencia, sí. Me preocupa, por ejemplo, qué haré el día que mi padre falte, porque él es el sustento de mi casa. Pero esa preocupación es práctica, no existencial. No es miedo. Es responsabilidad anticipada. Sé que dolerá, sé que me cambiará, pero también sé que saldré adelante. Como lo han hecho millones antes que yo. Como lo hará cualquiera.

La muerte nos une más de lo que nos gusta reconocer. Es la única experiencia verdaderamente común entre todos los seres humanos, y aun así es la que menos queremos mirar.

Ojalá algún día podamos cambiar eso. Ojalá dejemos de huirle a la conversación. Ojalá podamos hablar de la muerte sin miedo, sin tabús, sin supersticiones.

Porque entender la muerte, o al menos aceptarla, cambia radicalmente la forma en la que vivimos. Te obliga a valorar lo que tienes. A cuidar lo que se puede perder. A trabajar en lo que realmente importa. A soltar lo superficial. A mirar de frente tu propia historia.

La muerte es un final, sí. Pero también es un espejo. Un espejo de nuestra vida, de nuestras relaciones, de nuestras decisiones. Un espejo que nos recuerda, todos los días, que estamos aquí solo por un tiempo limitado. Y que, precisamente por eso, vale la pena vivir con intención, con consciencia, pero sobre todas las cosas, con amor y gratitud.

La muerte no es nuestra enemiga. Vivir como si nunca fuéramos a morir… Esa idea sí que es nuestra enemiga.

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