La sombra del Tío Sam: ¿amenaza silenciosa para México?


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Por: Jacobo Molina

Republicanos al fin y al cabo, ni siquiera se molestan en construir un nuevo discurso. Desde hace más de un año, disparates como el de Lindsey Graham, senador del partido estadounidense que propuso declarar “terroristas” a los cárteles mexicanos, encienden una alarma cuando aparecen en los titulares. En esta ocasión, decidieron lanzar y aprobar la propuesta de trasladar la jurisdicción de México del Comando Norte al Comando Sur, famoso por su experiencia en intervenciones militares y golpes de Estado en América Latina. Es preciso recordar, además, que de los 34 golpes orquestados por Estados Unidos en 12 países latinoamericanos desde la segunda mitad del siglo XX, todos han sido contra gobiernos de izquierda o progresistas. Más allá de sus métodos y resultados –habría que carecer de objetividad y empatía, por ejemplo, para defender el autoritarismo en Venezuela–, el dato no debería sorprender a nadie: es sabido que dichos gobiernos tienden a cohesionarse y, con frecuencia, es justamente su actitud antiestadounidense la que une voluntades.

Joe Biden aseveró públicamente que vetará la iniciativa. Sin embargo, la posibilidad de perder elecciones convierte su promesa en un asunto irrelevante. Los republicanos, a mi parecer, harán que el presidente demócrata elija entre morir de frío o de calor; o, si se prefiere, morir de frío o congelado: así permanecería fiel a su tradición. Aun si la propuesta es vetada, con toda seguridad, el Partido Republicano utilizará el rechazo para manchar aún más la presidencia de Biden… Para variar. “No le importan los más de 100,000 ciudadanos muertos por fentanilo”, gritarán en Fox News. Y tendrán razón, pero lo cierto es que tampoco le importan a los republicanos. Por brindar un ejemplo conocido, cuando el periodista Gary Webb evidenció la relación entre la CIA y el tráfico de cocaína –dinero que dirigieron, en buena medida, a financiar las Contras en Nicaragua– ¿quién estaba en la presidencia? El intachable Ronald Reagan. Por otra parte, muchos cárteles mexicanos acabaron fuertemente armados durante el periodo de Barack Obama. Así mismo, el financiamiento de la NFR (Asociación Nacional del Rifle, por sus siglas en inglés) al Partido Republicano, famoso lobby de armas, jamás ha sido un secreto; Biden presumiendo el negocio que trajo la guerra en Ucrania, tampoco.

Ante las amenazas que lanzaron miembros del Partido Republicano el año pasado –entre las cuales hubo algunas que sugerían llevar a cabo una intervención militar–, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, declaró públicamente que llamaría a todos los mexicanos con ciudadanía estadounidense a no votar por el Partido Republicano. Y aunque las aguas se calmaron por un rato, sería una exageración afirmar que se debió solo a los dichos del Ejecutivo federal. A mi parecer, no era un simple truco electorero, como él afirmó entonces. Aun así, prefirieron abandonar el discurso belicista por un rato. Después de todo,  incluso para la mejor propaganda es difícil insertarse en el colectivo popular, y todavía más que éste la acabe asimilando como verdad irrefutable; repetir un discurso hasta el hartazgo, como método de persuasión, toma un tiempo. En otras palabras, el año pasado arriesgarse era inútil. 

Quizá la jugada populista de los republicanos, debido a su novedad, hubiera tenido un resultado electoral contraproducente. ¿Acaso la amenaza podría alcanzar, en el futuro, otro matiz? No sorprende su falta de creatividad al llamar “terroristas” a los cárteles, pues nunca ha sido virtud de nuestro vecino y, aún menos, del Partido Republicano. Reitero que la propaganda suele esforzarse en la repetición, pero aceptemos que entre Osama Bin Laden y ‘El Mencho’ las similitudes son pocas. Lo que preocupa es la continuidad del discurso. 

La integración de buena parte de los gobiernos en Latinoamérica, más allá de sus resultados, parece ser interpretada como una amenaza latente –y en crecimiento– para los intereses estadounidenses. Gobiernos suyos han hecho público su repudio contra varios dictadores de la región, pero únicamente contra aquellos que decidieron no someterse a su voluntad. Esa decisión, sobra decirlo, ha tenido un precio altísimo para las poblaciones de gobiernos desafiantes, tanto por acción estadounidense como por la de sus propios gobiernos. En México, sin embargo, el contexto tal vez no es tierra fértil para que la propaganda se centre en una intervención con el fin de “combatir” una dictadura. 

Aclaro que no es mi intención hacer sonar ninguna alarma. Aún es imposible elaborar predicciones. ¿El objetivo es intimidar al gobierno mexicano para colocar una base militar estadounidense en territorio nacional? ¿Orquestar un golpe de Estado? ¿Una invasión? Todo lo anterior, y en especial la última opción, son escenarios muy lejanos. Mi humilde opinión es que cualquiera de esas opciones estará sujeta a las condiciones de nuestro país, y no tanto a una planeación maquiavélica. Además, todas corresponden a un futuro que apenas se divisa en el horizonte. Cabe la posibilidad, incluso, de que sea una medida intimidatoria, cuyo principal propósito consiste en tantear las aguas. Por lo tanto, buena parte de lo que ocurra en el futuro podría intuirse con base en la respuesta del gobierno federal y la población mexicana.

El hecho, eso sí, es que los republicanos harán lo posible por adquirir un arma nueva, esta vez contra México. En caso de jalar el gatillo, la tragedia marcaría para siempre nuestro país; y si no, por lo menos intentarán que la pistola apunte a nuestra cabeza. Después de todo, ¿qué otra forma de diplomacia conocen? Considero, asimismo, que la opinión respecto a este nuevo amague debe tomarse en serio. Mejor prevenir que lamentar. Así mismo, sugiero interpretar el fenómenos desde una óptica que priorice la nación, antes que pensar en el espectro político. Periodistas y políticos que aplaudan o desestimen las amenazas públicas contra nuestro país, no deberían ser escuchados. Nunca habrá sensatez en darle atención a un traidor; mucho menos lo será discutir con él, pues son sus intereses particulares los que transforman sus ideas y no el debate.

Sobre el autor:

Licenciado en Letras por la Universidad de Monterrey.

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