La caída de Ediciones ERA: ¿destino de las editoriales independientes?


Marcelo Jorge
Por: Marcelo Jorge

Aún confundido por la noticia –y dentro de mí, con la extraña esperanza de que sea una situación reversible–, ERA parece decir adiós luego 66 años de historia. Hablamos de la casa editorial de grandes autores mexicanos, como José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, Inés Arredondo, José Revueltas, Eduardo Antonio Parra, Bárbara Jacobs y César Aira, entre muchos otros escritores que no caben en este artículo.

No profundizaré en los motivos por los que aluden su cierre según su comunicado –como el mercado literario pospandemia–, ni exploraré a profundidad si nuestra generación ha dejado de tener un interés, un camino, un refugio en los libros. No porque desee sacarle la vuelta a estos asuntos, sino porque las respuestas no serán encontradas en un alumno de comunicación de 24 años de edad.

De lo que sí hablaré es acerca de cómo en una librería de la Ciudad de México, precisamente en la sección de ERA, hallé lo que significaría la semilla de mi tesis universitaria: la antología de cuentos Norte, una antología, de Eduardo Antonio Parra,  colección que abrió un portal para mi ser norteño: primero, como lector; pero, asimismo, como una suerte de explorador que se reencuentra con los escenarios, las tradiciones y el lenguaje con los que creció y se formó en el desierto, la sierra y la frontera, en medio de terrenos habitados por indios, vaqueros, cantineros o sacerdotes, entre otros espectros que son conjurados por los mitos del norte.

Pasé de Martín Luis de Guzmán –La Fiesta de las balas–, Inés Arredondo –La señal–, Elmer Mendoza (El Caso de Marlene Santos), César López Cuadras –El león que fue a misa de siete–, David Toscana –Un poeta local–, Vicente Alfonso –Señas particulares–; y regresé a Rafael F. Muñoz –Oro, caballo y hombre–, Julián Herbert –Soñar el sol–, Federico Campbell –Los tijuanenses–, Juan José Rodríguez –En este pueblo no hay cabrones–. No tardé mucho en notar el enorme catálogo de autores norteños que ERA tenía en su haber: ensayos de Martín Solares –entre los cuales destaco el más reciente: El fantasma de las novelas–, la obra de Eduardo Antonio Parra –incluyendo la reedición de su novela Nostalgia de la sombra y la colección de sus cuentos completos, Sombras detrás de la ventana–, poemarios de Julián Herbert –Álbum Iscariote, entre ellos–, los Cuentos completos de Inés Arredondo y mil combinaciones de la obra de José Revueltas. Tan solo ayer me encontré, entre el renovado acervo de la Biblioteca UDEM, con La visión del paricutín, y pronto me perdí en las 71 páginas que abarca una de sus crónicas de viaje, entre yaquis, desiertos y frontera: “Viaje al noroeste de México”, fechada en el año 1943.

El cierre de ERA representa la pérdida de un mundo entero, en donde vastos territorios permanecían a la espera de ser  explorados a fondo y, tal vez, algunos de ellos todavía aguardaban por su primer descubrimiento–; territorios que, lamentablemente, se han convertido en una isla desolada y azotada por vientos de confusión y nostalgia. Un horizonte como este empujará a muchas personas, sin duda, a la apertura de nuevas rutas para asimilar los hechos a través de interpretaciones que vean en ellos un paso necesario y hasta lógico para que el progreso y la evolución social continúen su presunto avance; otros, más inteligentes –¿o acaso más ingenuos y ciegos?–, se basrán en la misma situación para crear o compartir algunas narraciones sobre un futuro distópico, en donde la prohibición e incineración de los libros se decretaría bajo las órdenes de un régimen totalitario… ¿Será posible que ese régimen se encuentre activo, aquí y ahora, mas no en la forma imaginada por novelistas como Ray Bradbury, sino bajo una variante que opera bajo una modalidad tácita, camuflada y asimilada por la mayoría?

Nuestra presidenta, Claudia Sheinbaum, solicitó a la Secretaría de Cultura que buscara alguna forma de apoyar a ERA. Su petición no fue caprichosa: hablamos de una de las editoriales independientes más grandes –entre las que muy pocas se mantienen en pie y con el alcance de Ediciones ERA– de todo el país. 

Más allá de las posibilidades de apoyo que llegue a ofrecer la dependencia de cultura –si consigue la manera de hacerlo–, lo cierto es que el panorama no luce muy prometedor para ERA. Basta con recordar que, de acuerdo con el anuncio publicado en sus redes sociales, los principales motivos para acabar con sus actividades giran en torno a dos hechos, de los cuales resultaría muy difícil levantarse, incluso en el caso de que se le otorgara a esta casa editorial un generoso apoyo –a través de fondos públicos, condonaciones o de cualquier otra forma–: en primer lugar, está el cierre de numerosas librerías en nuestro país durante los últimos años –socios indispensables para la distribución y alcance de los títulos de ERA–; en segundo puesto, y en buena medida relacionado con el punto anterior, se ubica el catastrófico descenso en las ventas de libros que ha registra la editorial –a pesar de publicar autores y títulos de gran importancia y reconocimiento en México, e incluso en otros países hispanos–, el cual llevaba tiempo de haberse reducido, al momento anunciar su cierre por medio de una carta al público, solo el 25% de los ingresos percibían en otros tiempos.

Dicen por ahí que la esperanza es lo último que muere. No obstante, la llegada de tragedias casi inevitables –como la que he descrito a lo largo de mi columna–, hace que esperar por cualquier salvación se convierta en un asunto impensable: como dispararse en un pie y observar –con un gesto hierático– el desangramiento suscitado por la bala, mientras aguarda tranquilamente a que un milagro aparezca para detener la hemorragia.

Con el objetivo de motivar la participación ciudadana y para garantizar un tratamiento informativo adecuado frente a los contenidos presentados, los invitamos a escribir a agencia2@udem.edu en caso de dudas, aclaraciones, rectificaciones o comentarios.

Scroll al inicio