¿Qué sucederá cuando todos tengamos acceso a Ozempic?

Si la delgadez ha funcionado como una forma de capital y distinción social, ¿qué ocurre cuando tecnologías como Ozempic, Mounjaro y otros GLP-1 empiezan a democratizar el acceso a ese cuerpo?
Los estándares de belleza nos han perseguido durante décadas, pero si queremos entender los de los últimos treinta años, convendría prestar un poco más de atención y empezar por algo tan simple como un par de jeans. La ropa no solo cambia porque nos aburrimos de ella: también cambia dependiendo de qué partes del cuerpo queremos mostrar, cuáles queremos esconder y, sobre todo, qué tipo de cuerpo consideramos deseable en cada momento.
A finales de los noventa, los mom jeans comenzaron a perder protagonismo y, con la llegada de la primera década del 2000, la cintura bajó hasta la cadera. Los low-rise jeans, ajustados y diseñados para dejar gran parte del abdomen expuesto, coincidieron con una cultura obsesionada con la delgadez. Paris Hilton, Kate Moss, Gisele Bündchen, Heidi Klum y Adriana Lima representaban distintas versiones de un mismo ideal: mujeres extremadamente delgadas que dominaban revistas, campañas y pasarelas.
Pocas frases representan mejor esa época que el famoso mantra de Kate Moss en 2009: “Nothing tastes as good as skinny feels”. La frase recibió fuertes críticas por su relación con discursos que glorificaban los trastornos de la conducta alimentaria, y años después la propia Moss se distanció de ella. Lo interesante es que no solo no desapareció con los años 2000, sino que hoy vuelve a circular en TikTok: algunas veces como crítica o parodia, y otras como parte del regreso de contenidos que vuelven a presentar la delgadez extrema como una aspiración bajo el famoso hashtag #skinnytok. La estética Y2K regresó, pero con ella también parecen estar volviendo algunas de sus ideas sobre el cuerpo como tendencia.
Entre aquella delgadez de los 2000 y la cultura actual, ocurrió algo que también resulta fundamental analizar.
Durante los 2010, Instagram modificó el cuerpo aspiracional. Con la enorme influencia cultural de las Kardashian apareció el cuerpo catalogado como Instagram body: la cintura seguía siendo pequeña y el abdomen plano, pero ahora estos cuerpos delgados venían acompañados de caderas, piernas y glúteos mucho más grandes y voluptuosos. Los skinny jeans seguían pegados al cuerpo, pero ahora servían para resaltar curvas.
Este cambio también tiene, hasta cierto punto, una dimensión racial. Las caderas, las piernas, los bustos y los glúteos voluptuosos no llegaron con las Kardashian; son características que históricamente han sido racializadas y asociadas especialmente con mujeres negras y latinas, muchas veces desde la hipersexualización o el estigma. Sin embargo, rasgos que habían sido utilizados para señalar ciertos cuerpos como alejados del ideal dominante comenzaron a celebrarse cuando se incorporaron a un nuevo estándar de belleza. Esto me hace preguntarme algo crucial: no solo qué características consideramos «bonitas» o «ideales», sino en quién decidimos que lo son. A pesar de que las Kardashian tenían dinero, fama e influencia, su estética también fue constantemente relacionada con el exceso, lo tacky y lo new money. Logos visibles, maquillaje marcado, ropa extremadamente ajustada, cuerpos exageradamente curvy y demostraciones muy evidentes de riqueza podían ser deseables para millones de personas y, al mismo tiempo, ser consideradas vulgares por otros grupos.
Pierre Bourdieu, en La distinción, explica que el gusto también funciona como una manera de diferenciarnos socialmente. No basta con tener dinero para ser considerado de la aristocracia de abolengo o de «clase alta»: también hay que conocer ciertos códigos, lo que ayuda a entender nuestra obsesión actual con conceptos como old money, new money y quiet luxury. Un gran ejemplo es que una bolsa llena de logotipos puede costar más que una completamente sencilla y, aun así, ser considerada tacky. Ahí vemos que el precio no determina por sí solo el prestigio: también importa saber qué comprar, cómo usarlo y cuándo algo se ha vuelto demasiado popular, ya que cuando todos aprendemos el código, aparece uno nuevo.
Algo parecido lleva tiempo ocurriendo con los cuerpos, solo que ahora es mucho más evidente. Mientras el Instagram body se reproducía por todas partes, también crecía el movimiento body positive, que cuestionaba que solo un tipo de cuerpo mereciera ser mostrado. Los jeans volvieron a cambiar: regresaron los mom jeans y después ganaron espacio los cortes rectos, wide-leg y baggy. Eran pantalones menos ajustados, que no exigían mostrar cada parte del cuerpo y podían adaptarse a una mayor diversidad de siluetas.
Sin embargo, estamos cambiando otra vez: regresan tendencias como el Y2K, el tiro bajo y los pantalones ajustados justo cuando ocurre otra transformación radical en nuestra relación con el peso: la popularización de los medicamentos GLP-1.
Ozempic fue aprobado originalmente para tratar la diabetes tipo 2. Después llegaron a la conversación pública nombres como Wegovy, Mounjaro y Zepbound. Mounjaro también fue aprobado para la diabetes tipo 2, mientras que Wegovy y Zepbound están indicados para el control crónico del peso en determinados pacientes. Sin embargo, para la cultura popular esos nombres terminaron convirtiéndose en sinónimo de algo mucho más directo: adelgazar.
Al principio, los GLP-1 parecían pertenecer casi exclusivamente al mundo de las celebridades. En Hollywood comenzaron a circular historias sobre pérdidas de peso rápidas y rumores sobre quién estaba utilizando Ozempic. En 2022, Variety llegó a describirlo como “the worst kept secret in Hollywood”. Parecía existir una herramienta para adelgazar a la que solo tenían acceso quienes contaban con suficiente dinero, médicos y conexiones.
Después dejó de ser un secreto y el Ozempic comenzó a aparecer en TikTok, en conversaciones cotidianas y en medios de comunicación. Wegovy, Mounjaro y Zepbound popularizaron aún más esta nueva generación de fármacos, y lo que inicialmente parecía reservado a las celebridades empezó a llegar a una población mucho más amplia. Todavía no se puede afirmar que los GLP-1 hayan democratizado por completo la pérdida de peso, pues siguen siendo tratamientos costosos y persisten barreras considerables de precio, cobertura médica, disponibilidad e indicación clínica. Sin embargo, estamos viendo el inicio de un cambio: una herramienta que hace pocos años parecía exclusiva de Hollywood es cada vez más conocida, más accesible y utilizada más allá de la clase alta.
El problema radica en que la delgadez también funciona como un símbolo de clase. Mantener cierto cuerpo puede sugerir tiempo para ejercitarse, acceso a determinados alimentos, entrenadores, tratamientos, información y capital económico. Oude Groeniger et al. (2020) encontraron relaciones entre indicadores de capital cultural y un menor índice de masa corporal. Rabinovich et al. (2018), por su parte, plantean que la delgadez puede funcionar, en ciertos contextos, como una forma de capital incorporado: algo que existe físicamente en el cuerpo, pero que también produce valor social.
Esto no significa que toda persona delgada sea rica ni que una persona con sobrepeso pertenezca a una clase social determinada, sino que culturalmente tendemos a atribuir significados a las corporalidades. Por lo tanto, el cuerpo deja de ser únicamente cuerpo: es también un atuendo, una prenda más que comunica.
La pregunta hipotética es: ¿qué pasa cuando todos podemos ser delgados? Imaginemos que durante los próximos años aparecen aún más medicamentos, versiones más económicas, mayor cobertura y formas todavía más sencillas de acceder a este tipo de tratamientos. ¿Qué va a pasar si perder grandes cantidades de peso deja de requerir el mismo nivel de dinero, tiempo (entendiendo que el tiempo es dinero) o acceso que antes? Me pregunto si la delgadez seguirá siendo aspiracional o si podría ocurrir algo similar a lo que ya vemos constantemente en la moda.
Por ejemplo: si una bolsa exclusiva se vuelve masiva, aparece otra. Si todos reconocemos los grandes logotipos, el lujo se vuelve silencioso. Si cualquiera puede reproducir la estética new money, comienza a valorarse el old money, ya que aquello que distingue a un grupo pierde parte de su valor y poder cuando todos pueden copiarlo.
¿Por qué en los cuerpos sería diferente? Por eso los jeans resultan una forma tan interesante de observar estos cambios: más allá de ser una cuestión de moda, son un fenómeno cultural. El low-rise acompañó la delgadez de los 2000; el skinny jean resaltó las curvas del Instagram body; los mom jeans, wide-leg y baggy convivieron con una etapa de mayor diversidad corporal impulsada por el movimiento body positive; y ahora el tiro bajo y las siluetas ajustadas regresan mientras los GLP-1 cambian las posibilidades de transformar nuestro cuerpo sin el mismo esfuerzo de antes.
No sé cuál será el siguiente cuerpo aspiracional. Tal vez la delgadez extrema permanezca, tal vez el ideal se vuelva más musculoso con la popularización del consumo masivo de proteína, o quizá simplemente aparezca una silueta completamente diferente, aspiracional y más difícil de alcanzar.
A pesar de no tener una respuesta certera, es justamente la incertidumbre la que revela algo mucho más interesante: quizá los estándares de belleza nunca han hablado únicamente de belleza. También hablan de raza, clase, dinero, acceso y exclusividad. Porque si cada vez que logramos aprender el código, el código cambia, la verdadera pregunta que deja Ozempic no es si todos podremos ser delgados o no, sino qué nuevo código vamos a inventar para poder distinguirnos.
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