«True crime»: cómo evitar el consumo de la tragedia


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Por: Valeria Baldrich

Hay algo extraño en nuestra relación con el true crime. Podemos pasar horas escuchando un pódcast sobre un asesinato, ver un documental de una desaparición forzada o seguir las teorías sobre un crimen ocurrido hace años. Lo hacemos desde el sofá, mientras comemos, entrenamos o realizamos cualquier otra actividad. Y, sin darnos cuenta, escuchamos un episodio –como tantos otros anteriores– cuya narración describe lo que, para alguien más, significó la trágica pérdida de un ser querido. Acaso lo más preocupante es que a menudo ni siquiera nos percatamos del momento exacto en el que dejamos de informarnos y pasamos a entretenernos.

Uno de los ejemplos que mejor refleja esta transformación es el caso de Caylee Anthony, una niña de dos años cuya desaparición y posterior muerte en Estados Unidos generaron una enorme atención mediática. El juicio contra su madre, Casey Anthony, en 2011 fue cubierto masivamente por diversos medios y programas de televisión. Entre ellos destacó el espacio de Nancy Grace, exfiscal y presentadora de HLN, quien dedicó una cobertura especialmente intensa al proceso. El problema no es que un crimen se vuelva noticia; por el contrario, existen múltiples casos de interés público que deben ser investigados e informados. No obstante, ¿qué implicaciones acarrea que se nos presenten estas tragedias como si se tratara de una serie dramática o policiaca?

El caso de Caylee reunía todos los elementos para convertirse en un espectáculo: una niña pequeña, una madre acusada de su muerte, declaraciones contradictorias, un juicio televisonado y un sinfín de preguntas sin respuesta. La cobertura alcanzó audiencias masivas y convirtió el proceso judicial en un acontecimiento que trascendió las paredes del tribunal. Es allí donde entra la figura de Nancy Grace. Su cobertura partía de una postura explícita sobre la acusada: defendió públicamente la convicción de que Casey Anthony era responsable de la muerte de su hija y cubrió el juicio bajo esa premisa. Cuando el jurado la declaró no culpable del cargo de asesinato, Grace reaccionó en pantalla con absoluta indignación.

Su enfoque desató severas críticas debido a que la frontera entre información, opinión y espectáculo terminó por difuminarse. El juicio ya no era solo un proceso legal, sino un acontecimiento televisivo que millones de personas consumían y debatían a diario. Sin embargo, lo determinante no fue únicamente la estrategia mediática, sino la recepción que nosotros –como audiencia– tuvimos frente a ella. Grace necesitaba una audiencia que sostuviera su programa; nosotros, por nuestra parte, deseábamos una buena historia a la cual dar seguimiento. Queríamos saber qué había ocurrido, pero también qué sucedería después. Ansiábamos escuchar las declaraciones, conocer las pruebas, analizar las contradicciones y presenciar el veredicto.

El juicio presentaba la estructura y los elementos típicos de una serie: protagonistas, conflicto, tensión y desenlace. En buena medida, esto explica por qué el true crime resulta tan fascinante. ¿Quién preferiría un crimen ficticio si puede entretenerse con el consumo mediático de uno real? Una investigación policial adquiere tintes de misterio, una trama de desaparición se desarrolla entre giros inesperados y un juicio tiene el potencial de volverse un gran episodio final que el mundo entero espera con expectación.

El verdadero problema es que hablamos de personas reales. Caylee Anthony no era un personaje de ficción: era una niña con familia, con una vida por delante y con personas que la amaban. Su muerte no llegó a su fin cuando concluyó el juicio. Para su familia, apagar la pantalla no bastó para cerrar esa historia; no fue tan simple como ver los créditos o cambiar de canal al terminar el noticiero. En la actualidad, esta dinámica continúa su curso solo ha migrado de plataforma. Ya no necesitamos esperar a que un programa de televisión nos actualice sobre un caso: podemos encontrarlo en TikTok, Instagram, YouTube o Spotify. Un asesinato se resume en videos de apenas un minuto, donde la fotografía de la víctima se acompaña con música dramática mientras un creador de contenido resume la investigación y miles de usuarios comparten sus teorías en los comentarios.

Esta inmediatez ha modificado nuestra relación con este tipo de historias. Ya no somos espectadores pasivos: opinamos, compartimos y construimos nuestras propias versiones de los hechos. Los casos escalan hasta convertirse en conversaciones colectivas donde miles de personas se sienten capacitadas para interpretar evidencias y formular sus hipótesis sobre el crimen. Valdría la pena preguntarnos hasta qué punto nos mueve el deseo genuino de conocer la historia y qué tanto nos atrae formar parte del espectáculo construido a su alrededor.

Conviene recordar que detrás de cada caso hay una persona que tenía una vida propia antes de convertirse en víctima: alguien con familia, amigos, fotografías, mensajes, metas y una cotidianidad cuyo propósito jamás fue volverse el insumo de un video corto en TikTok o Instagram. Informarnos sobre un crimen para comprenderlo no es intrínsecamente malo. El true crime también puede cumplir la función de explicar fallas institucionales, visibilizar desapariciones, exponer errores judiciales o darle voz a las víctimas y a sus familias. Para trazar el límite entre el interés legítimo y el morbo, es indispensable preguntarnos: ¿cómo se está construyendo la narrativa del caso y por qué deseamos conocerlo?

Existe una clara diferencia entre intentar comprender los sucesos rodeados de rigor y realizar una búsqueda enfocada en los detalles más escabrosos; del mismo modo que hay una distancia abismal entre recordar a una víctima para mantener viva su memoria y convertir su vida en una sucesión de imágenes impactantes, teorías conspirativas y titulares sensacionalistas. Es en este punto donde entra nuestra responsabilidad como usuarios: cada reproducción, cada comentario y cada vez que compartimos un video contribuimos a que esa narrativa continúe circulando.

El algoritmo no comprende el dolor ni el duelo: su única función es medir el tiempo de retención en pantalla y, con base en ello, recomendarnos más contenido del mismo tipo. Por eso, la reflexión central no debería limitarse a evaluar si nuestro consumo de true crime es excesivo, sino a cuestionarnos por qué nos genera tanto interés el morbo o la fascinación alrededor de una tragedia real. Para nosotros, un caso puede ser simplemente un episodio más en un pódcast que escuchamos mientras hacemos ejercicio o limpiamos la casa, para después pasar a otro tema. Sin embargo, para una familia, esa misma narración relata los hechos traumáticos que le impidieron a uno de sus miembros volver al hogar. Con esto en mente, convendría pausar la reproducción un instante y preguntarnos con honestidad: en el caso hipotético de que hubiéramos conocido a la víctima, ¿terminaríamos de escuchar el episodio?

Con el objetivo de motivar la participación ciudadana y para garantizar un tratamiento informativo adecuado frente a los contenidos presentados, los invitamos a escribir a agencia2@udem.edu en caso de dudas, aclaraciones, rectificaciones o comentarios.

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