Repensar la “Transición Democrática” en México
El futuro que no llega: retrato de México en el siglo XXI

¡Zombis! ¡Muertos vivientes por todas partes! Los encuentro en el metro, en la biblioteca, en la cafetería e incluso en la clínica de salud. Todos los espacios están invadidos por cuerpos encorvados, rostros iluminados por una luz artificial y miradas perdidas entre cientos de imágenes que se suceden a un ritmo frenético, cada una más estridente que la anterior. Este es el futuro. Sin duda, se asemeja más a las novelas de ciencia ficción postapocalípticas que a aquellas visiones idílicas que la industria cinematográfica estadounidense nos vendía: un futuro de alta tecnología donde muchos de los problemas del pasado se habrían resuelto, dando paso a nuevos desafíos, a veces triviales, a veces mortales. Películas como Jurassic Park o Volver al futuro nos mostraban avances en ingeniería genética, robótica, informática y una industria automotriz tan avanzada que nos hizo soñar con autos voladores y viajes en el tiempo.
Sin embargo, la realidad dista mucho de esas promesas. No solo carecemos de autos voladores, sino que los problemas del pasado aún existen y se han agravado. El siglo XXI, que prometía cultura libre, más ocio, menos trabajo y una revolución tecnológica al servicio de las mayorías, se ha convertido en un tiempo-espacio sombrío dominado por la economía de guerra, el aumento de las temperaturas globales, la extinción masiva de especies y una brecha de desigualdad sin precedentes. Estos fenómenos son solo la punta del iceberg de un entramado que permite a una pequeña oligarquía global controlar la vida de miles de millones de personas en todo el mundo.
Como señalan Dardot, Guéguen, Laval y Sauvetre en su obra La opción por la guerra civil, lo que vivimos hoy es una guerra de un tipo sui generis. No es tan solo un conflicto internacional entre ejércitos, ni una guerra interna como la Guerra de Reforma o la Guerra Civil estadounidense. Tampoco es una guerra de individuos en la que “el hombre es un lobo para el hombre”, como en el mundo imaginario de Thomas Hobbes. Es, más bien, una guerra de múltiples frentes, una guerra de facciones no intencionales en la que nos hemos visto arrastrados casi por inercia: sin duda el antagonismo entre clases sociales, pero también divisiones por género, raza, religión, lengua, nacionalidad, etcétera. Cualquier rasgo identitario se ha convertido en un motivo para agrupar a un número de individuos y, a su vez, enfrentarlos unos contra otros. Esta guerra tiene una lógica clara: mantener viva la individualización que es capaz de fomentar el consumo irracional a toda costa. En efecto, es una guerra civil neoliberal, cuyo objetivo es la imposición de la dominación oligárquica a escala global. Este tipo de guerra es total: debilita los derechos sociales y étnicos; es conservadora y criminalizante. Sus estrategias, aunque diferenciadas, se retroalimentan y promueven divisiones sociales que enfrentan a grupos entre sí, a diferencia de otras guerras que enfrentaban regímenes políticos o económicos claramente opuestos.
Sin duda, esta guerra se manifiesta de manera distinta en cada región. No opera de la misma forma en Europa que en Asia o Latinoamérica. En México, hemos sido testigos de su instalación no solo a través de la polarización social impulsada a través de la manipulación de los grandes medios de comunicación, sino también mediante la llamada “guerra contra las drogas”, que ha convertido al narcotráfico en un elemento central de la vida social. Así, el control territorial, que beneficia a empresas, gobiernos y grupos criminales, se ejerce mediante desapariciones forzadas, actos de terror como bloqueos y, por supuesto, balaceras y matanzas que, lamentablemente, han sido recurrentes en nuestros pueblos y ciudades.
Es necesario retomar las reflexiones del filósofo Bolívar Echeverría sobre el cambio de siglo. Él señalaba que el gran pendiente de la modernidad radica en que, teniendo los recursos para organizar la vida en términos de abundancia y disfrute general de la riqueza material producida por todos, esa capacidad ha sido traicionada por una oligarquía cuyo único objetivo es el lucro. Esto, por supuesto, requiere de una colusión entre la oligarquía empresarial y política, representantes y burócratas, así como fuerzas armadas legales (ejército, marina, policías) e ilegales (cárteles de droga).
La supuesta transición a la democracia en México no fue tal, ya que las instituciones encargadas de garantizar derechos eran las mismas que perpetraban su violación. Los gobiernos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto allanaron el camino para que esto sucediera, y la llegada de Andrés Manuel López Obrador no ha cambiado la lógica de fondo: los ricos se han enriquecido aún más, los asesinatos de defensores del territorio continúan, las desapariciones de personas han aumentado sin cesar, el control territorial de las empresas se mantiene y los cárteles no han sido desmantelados.
Imaginábamos autos voladores, pero lo que tenemos son infiernos ambientales donde la industria vierte desechos tóxicos impunemente, envenenando a la población y a otras especies, destruyendo el entorno y explotando a las personas dándoles a cambio condiciones deplorables. Esperábamos una reducción de la jornada laboral, pero vemos a multimillonarios exigiendo semanas de más de 100 horas de trabajo. Deseábamos vidas largas y saludables, pero tenemos hospitales en ruinas y una infancia afectada por la obesidad y el cáncer infantil. Luchábamos por la dignidad de todos, pero hoy presenciamos grandes retrocesos: un genocidio televisado, un rearme generalizado y el ascenso de fascismos al poder. El siglo XXI no está siendo lo que prometió. Como si fuera un trauma, parece una repetición del siglo XX.
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