
¿Cómo define la frontera a las escritoras norestenses del siglo XX?
Por: Erika Polino Guajardo y Renata Correa Aburto
Una queja común en las carreras que se dedican a leer como profesión es la falta de autoras en la currícula de clase. La ausencia es más profunda cuando se buscan autoras mexicanas y es un desierto casi absoluto cuando se intentan encontrar voces femeninas de la periferia.
Gracias a numerosos esfuerzos e iniciativas que no se terminan de sistematizar, la reivindicación de la escritura de mujeres de la región ha experimentado un auge en estos últimos años. En el mundo académico, uno de los proyectos que se le suma a esta ola es Mujeres en la frontera México-Estados Unidos: Un siglo de autobiografías.
Publicada por la editorial suiza Peter Lang, esta obra se adentra en la producción autobiográfica de Melinda Rankin, Angelina Elizondo de García Naranjo, Josefina Niggli, Celia Treviño Carranza, Leonor Villegas de Magnón, Irma Sabina Sepúlveda y Consuelo Peña de Villarreal, siete autoras que escribieron de o desde la frontera norte del país, de sus regiones aledañas, de sus paisajes y de su gente a lo largo de un siglo y que, contra todo pronóstico, se resisten al olvido.
Dialogamos con Paulo Alvarado, editor del volumen, sobre los tres ejes centrales de estos textos: la frontera, la autobiografía y las mujeres que la transitan.
¿Cómo surge la inquietud sobre estos temas? ¿Por qué hablar de mujeres, autobiografía y frontera?
Por un lado, este es un libro que nace de otros libros. Es el sexto volumen que publicamos en esta serie de investigaciones sobre qué escribían y publicaban las mujeres norestenses entre 1850 y 1950. A mí me ganó la novedad de buscar lo que no se ha contado.
Después de leer el corpus de estudio, revisé los marcos teóricos para acercarme al género autobiográfico en general y me di cuenta que la autobiografía que se ha estudiado pertenece casi exclusivamente a autoras contemporáneas y no se relaciona con la frontera.
Sin embargo, al leer los textos directos, identifiqué que el tema de la frontera aparece constantemente. Las escritoras de Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila todo el tiempo están brincando hacia Estados Unidos. Cuando regresan a México, hacen un contraste cultural que las motiva a escribir sus propias autobiografías. Es ahí donde intervengo y propongo que ellas cruzan la frontera dos veces: primero, cruzan la frontera política —la de la aduana—, y después cruzan una frontera de género. Esa última es la transgresión que manifiestan en sus textos y la que interpretamos en nuestro libro.
Por otra parte, este proyecto también responde a una demanda que las alumnas —particularmente de la Licenciatura en Letras— han hecho desde hace diez años. Cuando empecé como profesor me decían que el contenido de las clases era muy bueno, pero que solo leían a hombres. En ese entonces les dije: “Sé que hay mujeres escritoras. Denme la oportunidad de investigar y localizarlas”.
Yo sabía que ese “denme la oportunidad” me iba a llevar años y ellas entendían que no llegarían a ver los resultados durante su carrera. Es a las generaciones actuales a las que ya les toca escuchar estas noticias, tener acceso a estas investigaciones y, sobre todo, conocer el corpus de estudio.
Esta investigación nace de la demanda de las estudiantes por querer escuchar a otras mujeres que escribieron en el pasado, y este libro finalmente responde esa inquietud.
¿Por qué aferrarse al realismo de la autobiografía y no explorar las posibilidades de la ficción?
Nos enfocamos en los textos autobiográficos porque eran los documentos que teníamos a la mano. Lo mencionamos en el libro: queremos ser un detonante para nuevas investigaciones, y el camino de la ficción es una de las vías que se pueden seguir.
El itinerario actual viene marcado por este realismo del periodismo. Como decía, primero investigamos la escritura de mujeres en la prensa periódica y muchos textos se han quedado ahí, no han saltado a un libro. Hay poemas que pueden construir poemarios y cuentos que pueden construir antologías. No hay novelas, pero sí hay géneros de ficción y géneros de no ficción: crónicas, ensayos y notas de viajes publicadas entre 1850 y 1950 que siguen sepultadas en los periódicos. El siguiente paso es sacarlas de ahí y publicarlas.
La otra vía es localizar las fuentes alternativas de la autobiografía: postales, diarios, cartas, apuntes e incluso anécdotas orales que no han llegado a ser publicadas, pero que manifiestan formas de ser mujer distintas a las normalizadas.
Esa es otra tarea pendiente. Lo digo en la introducción del libro: decidimos hacer un alto porque el material ya era suficiente para publicarse y guardaba cohesión entre sí. Nos detuvimos con la intención de despertar la curiosidad de las personas, para que busquen lo que todavía no hemos dicho.

¿Hay algún elemento en común que atraviese la narración del noreste por parte de estas autoras?
Estas autoras narran el noreste desde la anécdota y el recuerdo. Una de las fuentes primarias de la autobiografía son las memorias, en plural. Esta materia prima puede ser transformada en un cuento, una obra de teatro o, como en el caso del género en el que nos concentramos, una autobiografía.
Al narrar desde el recuerdo, en la mayoría de los textos existe una distancia temporal significativa entre el acontecimiento y la escritura. Por ejemplo, Consuelo Peña de Villarreal tarda décadas en poner en páginas lo que vivió en su adolescencia o primera juventud. Quizá la única excepción sea Leonor Villegas de Magnón, quien escribe muy pegada al acontecimiento histórico.
Es fundamental hacer una distinción entre escritura y publicación. Leonor Villegas de Magnón escribió sobre la Revolución casi inmediatamente después de experimentarla, pero su obra no se publicó en su vida, sino hasta la generación de su nieta.
La escritura de estas mujeres nos ofrece información sobre la alteridad, sobre aquello que está más allá de las fronteras de lo permitido culturalmente. Con riesgo y con mucha convicción, estas autoras cruzan las fronteras culturales que les imponían la familia, la religión y la educación de su época y después dejan testimonio de su trayecto por escrito.
¿De qué forma estas interpretaciones del noreste transforman nuestra comprensión de la historia regional?
Estas autoras aportan discursos que no están normalizados. El discurso doméstico es, precisamente, al que necesitamos echar mucha luz, y ellas tienen las lámparas que iluminan lo que ocurre dentro de los espacios familiares y privados.
Tratan tópicos como la maternidad, el ser mujer, el matrimonio y la educación, pero también la revolución, el heroísmo, el nacionalismo y el ser artista. No podemos encasillarlas únicamente en el ámbito doméstico, pues también abordan el ámbito público, y es ahí donde son penalizadas.
Aunque habían discursos, y acciones, que intentaban devolverlas a lo privado y les negaban el reconocimiento público, ellas, con amplia convicción, se posicionaron en la vida pública a través de discursos sobre el nacionalismo, el arte, la no intervención de Estados Unidos, la democracia y el voto femenino.
¿Qué formas de ser mujer en la época refuerzan y qué nuevas posibilidades esbozan estas autoras?
Celia Treviño Carranza, por ejemplo, es un caso muy interesante. En aquella época, las mujeres no debían descuidar la educación de sus hijas para buscar una profesión o el reconocimiento público. Celia narra los reclamos de su madre frente a su ejercicio de la maternidad. Esta le decía que no debería estar viajando, sino cuidando a su hija. Celia fue penalizada por buscar reconocimiento público como violinista.
Por otra parte, existen casos como el de Leonor Villegas de Magnón y su relación con la revolución. Ella le dice a su esposo que se va a seguir la revolución y que si él quiere seguirla, que siga la revolución. Su postura es clara: primero, la construcción de la paz, la soberanía, la democracia y la patria; después, los romances, la vida doméstica y la familia.
Son posturas que fueron penalizadas porque en esa época las mujeres no eran reconocidas en esos espacios de acción, de gestión y de transformación social.
¿Cómo ha cambiado la recepción de estos textos a lo largo del tiempo y qué revela esto sobre los valores de la sociedad de cada época?
Poco a poco se han ido rescatando las vidas de estas mujeres a través de sus textos. Existen algunos esfuerzos editoriales que las han puesto en circulación nuevamente, pero son casos aislados. No hay un proyecto conjunto que las vuelva a reeditar sistemáticamente.
Muchas de estas obras son sumamente difíciles de conseguir hoy en día. La mayoría se quedó en sus primeras ediciones —de las cuales, las más cercanas a nuestra época son de alrededor de 1950, y de ahí para atrás— y localizarlas es un reto.
Son obras que se han ido reivindicando lentamente, tanto en sus valores como en su reedición. También entiendo a las editoriales: se necesitan lectores para estas obras. Mientras no exista un público que valore estos discursos, que entienda su impacto social, cultural y patrimonial, y que reconozca el mérito de estas mujeres que se enunciaron en su época, las editoriales difícilmente van a reeditarlas.
Por eso es valiosa esta investigación: para que no las olvidemos y para ponerlas en conversación. Estas historias pueden ser fascinantes para el cine, el periodismo, documentales o los estudios sociales. Quizá también a nivel personal y de autoconocimiento, pues permite a las mujeres reconocerse en el pasado y decir: “A ellas debo que pueda hoy tener estas oportunidades educativas, de voto, de enunciación”. Igualmente, desde la experiencia masculina, este estudio me ayudó a entender la evolución de las mujeres en Nuevo León.
La recuperación de este legado es una tarea compartida. Nosotros como investigadores damos el primer empujón, pero la tarea debe continuar a manos de las editoriales y los lectores.

Regresando a la frontera, ¿por qué abrir el libro con «Borders are both markers of belonging and places of becoming«, la cita de Chiara Brambilla? ¿Qué significa esto para la obra en su conjunto?
Estudiar a estas mujeres es estudiar formas nuevas de ser mujer que México no les permitía. Hay fronteras territoriales, físicas o políticas que se manifiestan en la aduana, pero esa frontera política no se sostendría sin una frontera semiótica.
Esa frontera de significados sobre las formas de ser mujer es la que más me interesa. Son límites que definen las formas de pertenecer o no pertenecer y que, al igual que las aduanas, son maleables y se mueven.
Estas mujeres son traficantes de significados que se mueven entre fronteras políticas y semióticas, expandiendo significados y creando porosidades. Buscan una pertenencia. Cuando regresan al núcleo central de esa semiosfera —como la llama Lotman— vienen a comunicarnos que del otro lado existen otras formas de ser mujer que funcionan, y buscan adoptarlas o ser reconocidas mediante ellas. Por eso insisto que son mujeres nómadas entre fronteras y por eso me gusta ese sentido de pertenencia que marca la cita de Chiara Brambilla.
Finalmente, si pudiera rescatar algo de cada una de las autoras estudiadas, ¿qué diría sobre cada una de ellas?
De Melinda Rankin rescataría su convicción y vocación misionera. Siendo una mujer protestante en un país primordialmente católico, se empeñó en trabajar con mexicanos cuando en Estados Unidos le decían que no valía la pena.
De Leonor Villegas de Magnón, su carácter revolucionario y el arrojo de arriesgar su patrimonio familiar por lo que cree. De Angelina Elizondo Cisneros, su intelectualidad, su capacidad argumentativa para pronunciarse y defender sus ideas firmando con su nombre. De Josefina Niggli, su «protochicanismo», pues desde los años 30 y 40 ya traducía valores mexicanos a Estados Unidos a través del arte y el teatro, sin olvidar sus raíces.
De Celia Treviño Carranza, el «yo” enunciado. Ella es la que más fuertemente se posiciona diciendo «Yo, Celia Treviño» frente a otras escritoras que usaban seudónimos. De Irma Sabina Sepúlveda, su imaginería para producir y retratar el espacio norestense, con una voz particular y pionera en la región.
Y, finalmente, de Consuelo Peña de Villarreal Elizondo, el hecho de que nos da luz sobre las actividades de la vida cotidiana durante la Revolución que no aparecen en los libros de historia, como las fiestas o los enamoramientos con los soldados. Son cuestiones que solamente quedaron registradas gracias a estas mujeres que se encontraban en la vida doméstica y no únicamente en los ámbitos heroicos o públicos. Son pocas las ocasiones en las que tenemos contacto con este tipo de formas distintas de ser mexicano.
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