2 de octubre: ¿por qué aún salimos a las calles?

“2 de octubre no se olvida”… Una frase que escuchamos cada año, que vemos escrita en carteles, publicaciones de redes sociales y paredes callejeras, pero que, después de tantos años, me hace preguntarme qué significa realmente no olvidar. Porque recordar una fecha no debería ser tan solo repetirla cada octubre, sino detenernos a mirar hacia atrás, entender lo que ocurrió y preguntarnos por qué ocurrió. Hay fechas que no pertenecen exclusivamente al pasado: permanecen en la memoria para recordarnos lo que fuimos, lo que permitimos y lo que todavía tenemos que aprender.
El 2 de octubre de 1968 ocurrió una violenta represión contra un mitin estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco. Miles de personas se habían reunido y aquella tarde terminó con muertos, heridos y detenidos. Sin embargo, cuando hablamos de esta fecha, muchas veces comenzamos y terminamos en la tragedia, como si el movimiento estudiantil hubiera aparecido ese día, cuando en realidad llevaba meses creciendo con marchas, paros, enfrentamientos y una participación cada vez mayor de estudiantes, profesores y otros sectores de la sociedad. Por eso creo que, para entender el 2 de octubre, es preciso echar un vistazo a todo lo que ocurrió antes: detrás de esa tarde había una generación de jóvenes que cuestionaba a su gobierno, exigía mayores libertades democráticas y buscaba una sociedad en la que sus derechos fueran respetados.
El movimiento comenzó en julio de 1968 y fue creciendo con la participación de estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y otros sectores de la sociedad. Entre las movilizaciones que marcaron aquel año destaca la Marcha del Silencio del 13 de septiembre, una protesta que hizo del silencio una forma de resistencia frente a la represión. Miles de estudiantes salieron a las calles sin consignas ni gritos, dejando que su presencia hablara por ellos. Con el paso de las semanas, las demandas dejaron atrás los conflictos entre escuelas y comenzaron a abordar problemas mucho más amplios: las libertades civiles, la representación democrática y el respeto a los derechos individuales. Las calles comenzaban a ser el escenario de una demanda que iba mucho más allá de las aulas: la de una generación que reclamaba espacios para hacerse escuchar. Y ahí empieza la pregunta que más me interesa de todo esto: ¿por qué seguimos saliendo a las calles?
La respuesta puede parecer muy sencilla: porque cuando una persona siente que nadie escucha lo que tiene que decir, busca una manera de hacerse oír. Sin embargo, cuando esa persona descubre que no es la única que piensa así, la inconformidad individual puede convertirse en una movilización colectiva, después en un movimiento y, con el tiempo, incluso en un referente para otras generaciones. Fue precisamente eso lo que ocurrió en 1968. La movilización creció con el paso de los días porque cada vez más personas encontraban puntos en común con aquellas demandas, hasta reunir a cientos de miles de ciudadanos en distintos momentos.
Como estudiante de Ciencia Política, esto me hace pensar en algo que a veces olvidamos cuando hablamos de participación política. Votar es una forma de participar, pero no es la única; también lo es organizarse, informar a otras personas, cuestionar a las autoridades, exigir respuestas y salir a las calles cuando una parte de la sociedad considera que algo necesita cambiar.
Pero también es importante entender que protestar no significa tener la razón en todo. En una misma marcha pueden caminar personas con historias distintas, opiniones diferentes y hasta razones que no coinciden entre sí. Sin embargo, hay algo que todas comparten: decidieron no quedarse en silencio. Eso es lo que más me interesa de una movilización: ese momento en el que una inconformidad que parecía pertenecerle a una sola persona comienza a encontrarse con otras, hasta llenar una calle de voces que ya no pueden ignorarse.
Por eso Tlatelolco sigue diciéndonos algo tantos años después. No es una historia que haya quedado encerrada en una plaza ni solamente una fecha para conmemorar. Cada vez que una sociedad sale a las calles para reclamar, exigir o preguntar, vuelve a aparecer la misma tensión entre quienes tienen el poder y quienes buscan ser escuchados. Y entonces surge una pregunta difícil de ignorar: ¿qué sucede cuando las voces de una multitud dejan de ser escuchadas como una expresión de inconformidad y comienzan a ser vistas como una amenaza? Quizá por eso el 2 de octubre sigue siendo tan difícil de olvidar; porque detrás de los nombres, las fotografías y las historias de aquella tarde, permanece una pregunta que no pertenece únicamente al 68: ¿qué hacemos cuando sentimos que nadie nos escucha?
Tal vez una democracia se parezca un poco a eso: a no desaparecer después de haber votado, a observar lo que ocurre cuando las urnas han quedado atrás, a preguntar cuando algo no nos convence, a incomodarnos cuando algo duele y, si llega el momento, a salir de casa para encontrarnos con otros en una misma calle. Al reflexionar sobre este punto, pienso en los jóvenes.
Pienso en aquellos que, en 1968, salieron a las calles con una edad no muy distante de la nuestra, con preocupaciones que quizás no eran iguales a las que tenemos hoy, pero con esa misma sensación de que algo podía ser distinto. Eran estudiantes; tenían clases, amigos, familias, planes para el futuro, y aun así encontraron en la política un espacio que también les pertenecía. ¿Qué pasaría, entonces, si las nuevas generaciones dejáramos de interesarnos por estos temas? ¿Qué pasaría si empezáramos a pensar que protestar no sirve, que cuestionar al gobierno es inútil o que nuestras voces no tienen suficiente importancia para cambiar algo? Probablemente, una de las consecuencias sería que dejaríamos de ocupar un espacio que nos corresponde dentro de la vida pública.
Una sociedad que aprende a organizarse también aprende que el poder puede ser cuestionado. Cuando las personas hacen visibles los problemas que viven, dejan de ser cifras, casos aislados o historias que pasan desapercibidas, y se transforman en una realidad que quienes gobiernan tienen que mirar de frente. Asimismo, recordar las luchas que nos precedieron nos ayuda a entender que muchas de las libertades que hoy damos por sentadas alguna vez fueron defendidas por personas que estuvieron dispuestas a preguntar por qué las cosas tenían que ser de esa manera y si realmente debían permanecer así.
Por eso, cuando pienso en aquella frase que repetimos cada año, “2 de octubre no se olvida”, me pregunto qué significa recordarlo. No se trata de volver una y otra vez a la misma fecha, sino de mirar lo que ocurrió y preguntarnos qué cambió después. El 2 de octubre de 1968 marcó un antes y un después en la historia de México. El movimiento estudiantil dejó una huella que fue mucho más allá de aquella tarde: las exigencias de libertad, democracia y respeto a los derechos individuales encontraron eco en otras movilizaciones sociales, y el 68 se convirtió en un referente para quienes continuaron cuestionando el autoritarismo. La tragedia de Tlatelolco también dio origen a una lucha por la memoria, la verdad y la justicia ante las preguntas que quedaron sin respuesta y la impunidad que acompañó a las víctimas.
Con el paso de los años, Tlatelolco se convirtió en un símbolo de la memoria colectiva. Las conmemoraciones, los testimonios y las manifestaciones que surgieron alrededor del 2 de octubre mantuvieron viva la exigencia de justicia, y aquella plaza –que había sido escenario de una de las tragedias más dolorosas del país– se volvió también un lugar para recordar a quienes perdieron la vida y a quienes siguieron buscando respuestas.
El 2 de octubre no se olvida porque recordar aquella fecha significa reconocer un parteaguas en nuestra historia, comprender el peso que tuvo el movimiento estudiantil en la transformación política de México y mantener viva la memoria de quienes fueron víctimas de aquella brutal represión.
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