“Después de la vida” (1998) de Hirokazu Koreeda: ¿qué llevarse al morir?


Sebastin Machuca
Por: Sebastián Machuca

Sin la muerte no hay vida y sin la vida no hay muerte. Respiramos para no morir, amamos para no morir y, día a día, nos embarcamos en absurdas aventuras para mantenernos ocupados y así poder ignorar la persistente e incómoda pregunta, la gran interrogante que nunca nos deja en paz: ¿qué hay después de la muerte? Por más que los avances de la ciencia sean cada vez más espectaculares, y por más que millones de religiones afirmen con seguridad sus convenientes respuestas, y por más que –a excepción de los ocho billones que seguimos vivos de pura suerte– todo ser humano que haya vivido, también ha pasado por el misterioso proceso de la muerte, nunca ha habido una respuesta concreta, y la única certeza que ha surgido del eterno debate, es que, en efecto, no hay ninguna certeza, y no será hasta que uno pruebe la fría, o tal vez cálida, sensación del incógnito óbito final, que podrá saber qué es lo que se espera. La muerte es la gran y única cuestión de la vida, y por lo tanto, del arte, y es por eso que Hirokazu Kore-eda intenta responderla en su filme After Life  (1998), traducida al español bajo el nombre Después de la vida.

Después de la vida cuenta la semana de un grupo de nuevos difuntos, que llegan a una pequeña institución entre la muerte y la vida eterna, donde varios trabajadores les ayudarán a escoger una memoria de sus vidas que recrearán en película para que así puedan vivir en ella por el resto de la eternidad. La película sigue el proceso: las entrevistas y pláticas de los trabajadores con los difuntos, el debate interno de estos, y la grabación de sus memorias. A través de este proceso, la cinta se adentra en diversos temas, como la relación entre la memoria y el cine o el sentido de la mortalidad y la vida. Se nos presentan personajes que se arrepienten, otros que no saben qué escoger y otros que simplemente no lo quieren hacer y, por debajo de todo esto, se va desenvolviendo una callada y tierna historia de amor.

Con semejanzas al cine de Yasujiro Ozu y Frank Capra –el título en japonés traducido directamente al inglés es Wonderful Life, casi una copia descarada del gran filme de Capra: It’s a Wonderful Life (1946) – se trata de una obra que lleva a cabo su fantástica y etérea premisa con un enfoque hiperrealista que roza el género documental. En ella, la iluminación natural, así como las tomas en mano, son una constante en el lenguaje cinematográfico del filme. Koreeda menciona en una entrevista con Criterion que su intención era “ apuntar la cámara a los sujetos, de la misma forma en que lo hice en mis documentales de televisión, así que pensé que trabajar con Yukata Yamazaki, un fotógrafo de documentales, sería interesante”.  A esto cabe agregar que Kareeda decidió trabajar con actores naturales. 

En otro momento de esa misma conversación, menciona que durante su proceso de investigación preguntó, como parte de sus entrevistas a varias personas, cuál memoria escogerían para llevarse al “más allá”. Luego de entrevistar a varias decenas de personas, se percató de que sus anécdotas y respuestas eran mucho más interesantes que cualquier cosa que él pudiera escribir, por lo que seleccionó a un grupo de gente  y los invitó a relatar su anécdota en la película. Incluso muchos de los participantes que no eran actores naturales prefirieron ignorar el guion y contar sus propias historias, menciona Linda C. Elrich en la versión comentada de Criterion. 

Por otra parte, el enfoque hiperrealista en Después de la vida se aprecia, asimismo, en la puesta en escena. Los trabajadores no son ángeles ni almas perdidas como las del paraíso o el purgatorio católico, sino que son personas de carne y hueso, con vestimenta mundana, cortes de cabello cotidianos, y se relacionan entre sí como lo que son: amigos y colegas de trabajo. El lugar físico es similar y, aunque mantiene una estética ligeramente etérea, no consiste en un simple conjunto de nubes gloriosas, sino en una escuela abandonada. Estas almas se encuentran en el limbo entre la muerte y la eternidad, así como la película se encuentra en el limbo entre el documental y la ficción. 

Sin embargo, es en ese limbo en donde radica la belleza de esta cinta. La trama transcurre con cuidado y realismo a la vez. Es simplemente imposible no acabar inmerso en la película, en las anécdotas de los difuntos, en la burocracia del proceso, en las relaciones de las almas pendientes de la vida eterna. Y mientras vemos la película, hundidos en su belleza, la clásica interrogante –siempre insistente– calla y, en su lugar, nuevas preguntas aparecen: ¿qué memoria escogeré yo cuando me muera?, ¿estaré yo en la memoria de alguien más?

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