Monterrey, hogar de la hostilidad hacia el peatón


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Por: Erika Polino

La ciudad de Monterrey no está diseñada para el peatón. Lo sabemos todos, por lo que juzgo innecesario argumentarlo en este espacio. En realidad, me parece que afirmarlo es más bien un eufemismo. En mi trayecto de la casa a la escuela o de la escuela a la casa –que es el mismo, solo en dirección contraria– debo sortear, por lo menos, un montón de cables, de dudosa conexión a la electricidad, que yacen recostados sobre la acera y fácilmente podrían ser mortales; pero eso, para ser sincera, es solo el comienzo: a menudo camino sobre banquetas invadidas por postes, alcantarillas abiertas y puestos de comida y chucherías callejeras que me fuerzan a bajar a la calle. No obstante, también atravieso líneas de cebra bien delimitadas y semáforos que me indican cuándo pasar, pero ni siquiera entonces se terminan los problemas: en numerosas ocasiones –aún con el semáforo a mi favor y las líneas de cebra bajo mis pies– me he topado con automovilistas que hacen sonar su cláxon o bajan su ventanilla o realizan señas obscenas, molestos de que soy yo quien les impide dar la vuelta.

La evidencia anecdótica es, por lo general, insuficiente, así que presentaré algunos números. Se supone que el peatón está en la cima de la pirámide de movilidad, pero la infraestructura y la cultura vial en Monterrey constantemente demuestran lo contrario. De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística  Geografía (INEGI), en Monterrey solo el 2% de toda la infraestructura vial se encuentra diseñada y planeada para un uso peatonal y el resto se destina a vehículos motorizados. 

Según datos del Observatorio Ciudadano de Movilidad y Seguridad Vial (OCISEVI), en los últimos siete años, la Zona Metropolitana de Monterrey (ZMM) ha mantenido un promedio de 1,632 atropellamientos al año, lo que se traduce a aproximadamente 4.5 atropellamientos por día. Tan solo entre enero y junio, la ZMM registró un total de 713, por lo que es muy probable que el promedio se mantenga constante otro año más. 

Los atropellamientos ocurren, con mayor frecuencia, en los cruces de las calles a hora pico y, a pesar de que solo representan alrededor de una décima parte de todos los siniestros viales, comprenden el 50% de los decesos viales en la ZMM. Todos estamos cansados, desde los conductores en Gonzalitos a las seis de la tarde hasta los peatones bajo el sol al mediodía. Las calles de Monterrey no son placenteras para nadie, pero hay personas más vulnerables frente a la muerte, más vulnerables a sufrir secuelas significativas que otras en caso de accidentes. 

A diferencia de lo que afirma un comentario anónimo al pie de una noticia sobre el tema, el peatón no debería temerle a los autos. Nadie debería temerle a los autos. Quizá algunas personas culpen a los peatones de sus muertes al enterarse de que más del 65% de los decesos peatonales que ocurren en las avenidas principales de la ZMM tienen lugar a menos de 300 metros de un puente peatonal, pero eso sería simplificar las condiciones materiales y estructurales que rodean la decisión de cruzar la calle. Podemos hablar de personas de la tercera edad, personas que necesitan dispositivos de movilidad, personas con dolor crónico, infancias o, simplemente, peatones cansados que no desean alargar su camino a casa. 

Colocar la responsabilidad sobre la víctima significaría no ver el bosque por los árboles. Sería ignorar que el presupuesto público también debería tomar en cuenta la pirámide de movilidad al momento de tomar decisiones, que son los peatones quienes deberían de poder cruzar al nivel de la calle y los automovilistas quienes deberían de ser incomodados con pasos a desnivel. 

La ciudad de Monterrey no solo es incaminable: es abiertamente hostil hacia el peatón. Esta es una realidad que conocen todos aquellos que se atreven a desafiar las calles de la ciudad a pie. A veces quienes conducen y a quienes diseñan la ciudad se les olvida que, en numerosas ocasiones, caminar no es una decisión, sino la única alternativa viable para cumplir con las responsabilidades de la vida diaria. Y, asimismo, a veces los peatones olvidan que caminar por la ciudad no debería de ser una actividad de alto riesgo.

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