
“Ser maestro es dejar algo de ti en cada estudiante”: Rodrigo Ledesma
Por: José Javier Reyna
Es viernes 8 de mayo. El profesor Rodrigo Ledesma sale de su oficina situada en el tercer piso del Edificio 5 de la Universidad de Monterrey y camina al Edificio 2 para llegar a tiempo a su clase de las 2:30 en el salón 2310. Es el último día de clases y se nota en el campus. Hay menos gente y los que están –la mayoría– ya no muestran la misma prisa y estrés que durante el transcurso del semestre.
Algunos alumnos, quizá, se fijan que el profesor Rodrigo va grabando mientras camina. Y no lo saben –la mayoría no tiene por qué– pero la razón por la que documenta ese pasaje es porque es el último que hará de su oficina a un salón de clases.
Una trayectoria que inició hace 42 años en Puebla, cuando transcurría el segundo año de gobierno de Miguel de la Madrid, está concluyendo. De esos 42 años, 37 años y medio sucedieron en la UDEM, que se traducen en 71 semestres, cientos de clases y miles de alumnos y colegas entrañables.
Los alumnos que ya están en el 2310 para escuchar su última clase de Contextos Internacionales Comparados tampoco saben que esa será la última clase del Profe Rodrigo. Se enteran cuando llegan algunas compañeras y compañeros que se organizaron para ir a brindarle unas palabras, pero, sobre todo, para darle las gracias.
Tres días después, el lunes 11 de mayo de 2026, me encuentro con él en las oficinas de la Agencia Informativa UDEM. Me saluda con mucha cortesía, confirmando todo lo que me habían dicho sobre él. Prendo la grabadora e iniciamos una entrevista que pretende abarcar una carrera, una vida. No es una tarea sencilla, pero vale la pena el intento.
¿Cómo nació su interés por el arte, la arquitectura y las humanidades?
Todo comenzó desde mi infancia y, en gran medida, por la influencia de mi padre. Mi papá era músico, estudió en la Escuela de Música Sacra del Conservatorio de las Rosas y era una persona profundamente disciplinada, intelectual y autodidacta. Desde niño crecí rodeado de libros, música clásica y conversaciones sobre arte, historia y literatura. Recuerdo muchísimo despertar en la habitación de mi papá y escuchar música clásica muy bajita (Bach, Vivaldi, Scarlatti o Schubert) mientras él ya estaba estudiando desde temprano. En su biblioteca había libros y cromos de pinturas que cambiaba constantemente. Años después descubrí que una pintura que veía con frecuencia era El beso, de Gustav Klimt. Además, cuando ya era adolescente, mi papá nos llevaba a visitar conventos del siglo XVI y cuando entré a la preparatoria hice un viaje por Europa y eso fue definitivo. Al conocer Francia, España, Italia y Suiza supe que quería dedicarme a estudiar historia del arte o algo relacionado con las humanidades.
Desde 1989 es maestro de la UDEM, ¿cómo recuerda sus primeros años dentro de la universidad?
Fueron años muy intensos y de muchos cambios. Cuando llegué, en 1989, la Universidad todavía estaba construyéndose como institución. Había pocos edificios, pocos programas y muy poca infraestructura comparada con la actual. Con el tiempo comenzaron los procesos de mejora académica, especialmente en 1993, cuando la Universidad apostó por acreditarse ante instancias internacionales. Ahí empezó una transformación muy fuerte: crecieron las exigencias, comenzaron a construir más espacios y también se empezó a pedir mayor preparación académica a los profesores.

Después de tantos años dedicados a la docencia: ¿qué significado le da a la figura del maestro?
Ser maestro es una vocación de vida. Trabajar con personas no es fácil y por eso hay quienes prefieren trabajar con máquinas o computadoras para no enfrentarse a la complejidad humana. Pero cuando tienes la vocación de enseñar y disfrutas compartir lo que sabes, entiendes que educar también implica formar personas. Hay estudiantes disciplinados, otros difíciles, rebeldes o desinteresados, pero todos necesitan orientación y disciplina. También entiendo la enseñanza como un trabajo colectivo de formación. Así como, por ejemplo, un mueble es resultado de muchas manos, cada estudiante también se construye con aportaciones de muchas personas. Y eso es lo extraordinario de ser maestro: saber que, en el futuro, esa persona llevará consigo una parte de lo que aprendió contigo.
Así como los maestros dejan algo en sus alumnos, ¿con qué se queda usted de sus estudiantes?
Los estudiantes también nos forman a nosotros. A veces uno cree que la enseñanza es unilateral, como si todo fuera del maestro hacia el alumno, pero no es así. Los estudiantes también nos enseñan constantemente. Ellos nos enseñan nuevas maneras de pensar, nos hacen preguntas que nos obligan a prepararnos mejor y nos retan intelectualmente. Hay alumnos muy brillantes que, incluso, te llevan a investigar cosas nuevas.
¿Qué nos dice el arte, el patrimonio y la arquitectura sobre la sociedad?
La arquitectura y la historia del arte nos dan una lectura de la vida y de cómo vivimos. Así como los objetos cotidianos, un teléfono, una pantalla, una tableta, hablan de nuestra época, también los edificios, las calles y las ciudades nos dicen quiénes somos. Yo no soy arquitecto, pero desde la historia del arte veo la arquitectura como una manifestación muy clara del espíritu humano. La forma en que están construidas las ciudades, su urbanismo, el transporte, los edificios monumentales y hasta el estado de las banquetas nos hablan de una sociedad. Incluso sin saber de arte o arquitectura, uno puede sentir algo frente a ciertos espacios. Vas a la Basílica de San Pedro y dices: “qué bonito”. Hay algo estético que te produce bienestar. Y eso es precisamente lo interesante: lo estético no necesariamente significa “bonito”, sino aquello que despierta algo en el espíritu. Por eso creo que la arquitectura y el arte son una lectura de nuestra condición humana.
¿Cómo ha cambiado la enseñanza de las humanidades y del arte con las nuevas generaciones?
Una de las grandes transformaciones, para bien y para mal, es que ahora los jóvenes lo ven todo a través de la computadora, el internet y los medios digitales. Eso obliga al maestro a actualizarse constantemente y a buscar nuevas formas de generar interés, porque ya no leen de la misma manera. Por eso creo que la enseñanza de las humanidades y del arte se ha vuelto más compleja y más retadora. El gran desafío de las humanidades y de la historia del arte es encontrar, dentro de esta nueva tecnología, formas de despertar nuevamente el interés de los jóvenes y hacerles ver que el arte sigue siendo fundamental para comprender lo que hacemos y cómo vivimos.
Hace poco presentó una ponencia sobre Jorge Ibargüengoitia y su relación con la enseñanza de la historia en México.
Mi interés por Jorge Ibargüengoitia viene desde mis años de estudiante universitario. Recuerdo perfectamente cómo comenzó todo: un día vi en el escritorio de mi papá una novela titulada Los pasos de López y me llamó muchísimo la atención la portada y le pregunté de qué trataba. Él me explicó que era una novela sobre la Independencia de México, pero narrada de una manera distinta, muy sarcástica e inteligente. Cuando empecé a leer la novela, me atrapó por completo. Me fascinó la manera en que Ibargüengoitia toma hechos históricos reales y los convierte en una narración divertida, ágil y profundamente crítica. A partir de ahí empecé a buscar más obras suyas y leí todas. Lo que más me gusta de Ibargüengoitia es precisamente eso: que logra enseñarte historia sin sentirse como una lección pesada. Hace crítica social, política y cultural de una manera muy humana y muy divertida. Tiene un humor muy sarcástico que a veces incluso puede incomodar, porque nos pone frente a muchas realidades del mexicano: el desorden, la corrupción, las contradicciones sociales, las simulaciones. Yo siempre recomiendo leerlo porque, además de ser un gran escritor, permite acercarse a la historia mexicana desde otro lugar: uno más crítico, más humano y más entretenido. A veces los jóvenes sienten que la historia es aburrida porque se enseña únicamente con fechas y datos, pero autores como Ibargüengoitia te muestran que detrás de la historia hay personas, contradicciones, ironías y vida cotidiana. Y también creo que sigue siendo muy vigente. Muchas de las críticas que hacía sobre México todavía se sienten actuales.

Luego de tantos años siendo parte de esta institución, ¿qué puede decirme sobre las amistades que le brindó la academia?
Aquí conocí gente muy valiosa. Recuerdo, por ejemplo, al profesor Chucho Camargo, del Departamento de Humanidades. Hicimos una amistad muy bonita. También tuve muy buena amistad con otro profesor de Contabilidad que venía de la Ciudad de México y que siempre decía, muy simpático: “Soy chilango, le voy al América, veo Canal 5 y también a Chabelo, ¿y qué?”. También conviví bastante con el doctor José Roberto Mendirichaga. Con él siempre tuve una relación de mucho respeto, incluso siempre le hablé de usted. Tal vez no era una amistad de salir o de mucha confianza cotidiana, pero sí una amistad académica. Le guardo un gran aprecio. A quien también recuerdo muchísimo es al maestro Miguel Reyes, del Departamento de Humanidades, que ya se jubiló. Con él tuve una amistad muy buena, aunque también con altas y bajas porque ambos tenemos un carácter muy fuerte. Pero convivimos mucho, nos reíamos muchísimo y disfrutamos nuestra relación. Igual sucedió con el maestro Carlos de los Santos, con quien también hice muy buena amistad. Y ya de los más recientes está el doctor Víctor Zorrilla, a quien considero un muy buen amigo. Aunque nuestra amistad no ha sido tanto de salir constantemente, aquí en la Universidad coincidimos muchísimo. Él es bastante menor que yo, pero compartimos muchos intereses y siempre disfrutamos platicar, tanto de temas serios como de anécdotas y cosas cotidianas de la Universidad. Es una persona muy valiosa y un gran maestro. Ahora que me toca irme, creo que será una de las personas que más voy a extrañar. Como digo, no soy alguien especialmente sociable, pero con ellos conviví muy bien y construí relaciones muy significativas.
¿El mundo sigue necesitando a las humanidades?
Con frecuencia se confunden las humanidades con el humanitarismo, la caridad, la solidaridad o simplemente con “ser buena persona”. Claro que todo eso es valioso, pero las humanidades van más allá. Son disciplinas que estudian los saberes que ayudan al ser humano a trascender. Eso era algo que yo siempre intentaba dejarle claro a mis alumnos: las humanidades ayudan a trascender el propio ser. Porque el ser humano no es solo cuerpo; también tiene alma, espíritu o como queramos llamarle. Existe una necesidad de trascendencia que no se satisface únicamente con lo material o con lo inmediato. Y las humanidades ofrecen herramientas para comprender la trascendencia humana a través de la estética, de la historia, de la literatura y de las distintas formas de pensamiento y de vida. La literatura, por ejemplo, nos enseña maneras distintas de pensar y de entender el ser humano. El arte y la historia del arte nos ayudan a comprender cómo vivimos y cómo nos expresamos como sociedad. Por eso creo que las humanidades son absolutamente necesarias, especialmente dentro de una universidad.
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