Nuevo León: donde llegar a tu destino es una odisea

Un video de pocos segundos en TikTok fue suficiente para destapar una conversación que millones de regios vivimos a diario en silencio: el llamado «Nuevo Nuevo León» es todo menos nuevo e innovador cuando se trata de la movilidad cotidiana. Mientras hacía doom scrolling me apareció una chica que, con ironía, hablaba sobre las promesas del gobierno del estado mientras mostraba las eternas filas bajo el sol extremo de 45 grados para poder subir a un camión. Poco después, me topé con otro video en la misma red social: una creadora comparaba el transporte de Monterrey con el que ahora era su transporte diario en la India, en donde mostaba cómo en otro país –que también se encuentra en vías de desarrollo– las opciones de transporte público resultaban ser más dignas, eficientes y variadas que las de la capital industrial de México.
Ver esta conversación digital y los miles de likes, comentarios y reposts de indignación me hizo pensar de inmediato en mi propia experiencia cuando viví en Seúl, Corea del Sur. Allá, el sistema de transporte conecta cada rincón de la urbe. Es limpio, seguro, llega a tiempo y la tecnología funciona para facilitar la vida, no para complicarla. En Seúl no requería calcular media jornada de anticipación ni pedir la ubicación en tiempo real de mis amigas por miedo a salir de noche y, por si fuera poco, siempre estaba en circulación. La ciudad me dio libertad y me permitió descubrir una versión de mí misma que en Monterrey vive constantemente archivada: una versión sin limitaciones para llegar a destinos y proyectos.
Al volver a casa, el contraste con una realidad completamente distinta fue evidente. En el Área Metropolitana de Monterrey me ha tocado hacer trayectos de entre 3 y 4 horas para cubrir distancias que, en condiciones óptimas, no deberían tomar más de 45 minutos. Los datos de la más reciente “Encuesta Así Vamos NL” son claros. La movilidad se consolidó por segundo año consecutivo como el problema principal para la ciudadanía, donde más de la mitad la señaló como la mayor problemática en la urbe. Quienes usan el camión registran un tiempo de traslado promedio de casi tres horas al día.
A esta pérdida de vida todavía hay que sumar el costo económico. Con el «tarifazo» gradual, el pasaje ha alcanzado los 17 pesos bajo el argumento de que pagamos un servicio «de primer mundo». Samuel García ha viajado repetidamente a países como Corea del Sur o Japón presumiendo acuerdos y modelos de movilidad futuristas, asegurando que los nuevos camiones tienen el mismo diseño, cámara y tecnología que en Asia. Sin embargo, se le olvida un detalle elemental: la funcionalidad operativa y el respeto al tiempo de la gente.
Un claro ejemplo de esta desconexión es la aplicación Urbani (la plataforma digital para pagar el pasaje). En teoría, digitalizar el pago agilizaría el abordaje; en la práctica, la app sufre constantes fallas, se traba justo cuando estás en la puerta de la unidad, rechaza tarjetas o deja a usuarios varados en la noche sin posibilidad de abordar por no tener saldo precargado. Intentar moverte en el transporte público regio requiere paciencia, saldo, batería y una dosis diaria de resignación.
Para las mujeres, la crisis de movilidad adquiere una dimensión de seguridad aún más delicada. No se trata únicamente de perder tiempo productivo o de descanso; se trata de calcular cada salida bajo el peso de la inseguridad. La falta de unidades iluminadas, la saturación extrema en las horas pico y paradas de camión abandonadas en zonas oscuras convierten un viaje cotidiano en una prueba de supervivencia. En lugar de ser un espacio seguro para el libre tránsito, el transporte en la ciudad impone fronteras invisibles que limitan el desarrollo personal y profesional.
El escritor mexicano Alfonso Aguirre plantea una frase muy certera: «Un lugar donde te sientes pequeño, vas a actuar pequeño». Eso es precisamente lo que provoca el sistema de movilidad actual en Monterrey. Te empequeñece cuando tienes que rogar para que un camión saturado se detenga, cuando ves pasar tres unidades de largo porque ya no cabe nadie, o cuando tienes que reprogramar toda tu agenda diaria en función de la incertidumbre del tráfico.
El transporte público no debe ser un castigo diario ni un obstáculo para las aspiraciones de la ciudadanía. Su propósito fundamental es mover a las personas con dignidad, conectar comunidades y reducir el tráfico masivo de autos privados en la metrópoli. Si las autoridades insisten en vendernos la idea de un «Nuevo Nuevo León» de nivel internacional, es momento de que entiendan que el desarrollo de una ciudad no se mide por las fotos que se toman sus gobernantes en Asia, sino por la tranquilidad con la que una estudiante o una trabajadora puede regresar a su casa todas las noches.
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