Las mentiras más hermosas

La vida se trata de emociones, de errores; también se trata de hacer con profundidad lo que tú crees que es mejor para los que te rodean. Hay que emocionarse, hay que comprometerse con nosotros. Eso creo yo, y, otra vez, puedo estar muy equivocado.
Uno cree comprender lo que lee, hasta que experimenta la gravedad de lo narrado. Justamente hace dos semanas leía No Cosas, del autor surcoreano Byung-Chul Han, y en un apartado titulado Selfi, hablaba sobre la despersonalización que vivimos hoy en día con las nuevas tecnologías.
La escritura se ve obstaculizada en su desarrollo por la inteligencia artificial; la comunicación, alterada y cada vez más reduccionista, se expresa ahora en mensajes breves, e incluso en stickers. Las fotografías, por su parte, han sido reducidas a códigos digitales, perdiendo su antigua función ceremoniosa de imprimirse, guardarse y exponerse.
Hoy tomamos fotografías de las cosas más pequeñas; cualquier excusa basta para capturar un fragmento de la realidad. Ya no tienen la carga simbólica, cultural ni ese carácter ritual de despedida que solían tener. Antes se tomaban, se enmarcaban y se fechaba el momento del suceso. Teníamos una excusa, un instante preciso para tomarnos una fotografía. ¡Por Dios! Yo he fotografiado bancos, sillas, plantas, stickers, chistes… ¡de todo! ¿Cómo es posible que no haya encontrado una sola fotografía digital tuya?
Desde lo más profundo de mi ser, me entristece enormemente no poder compartir una fotografía en la que solo salgamos tú y yo. Uno nunca puede prepararse para la inminencia de lo mortal. “De todas las personas cuya mortalidad había contemplado, nunca pensé en él”, le dije a Tichy, quien, con su bondadoso corazón, me compartió la noticia.
Creí y confié en lo eterno de tu ser, Alvarito. Pensé que tendríamos tiempo para, algún día, capturar ese instante. Me queda confiar en la memoria, en la imagen de tu recuerdo, y atesorarlos como bienes preciados e invaluables de todo lo que hiciste por nosotros.
Mientras escribía esto, intenté buscar todas las fotografías posibles en las que pudiera comprobar que fui tu estudiante, en las que pudiera decir, con el más grande de los orgullos: ¡aquí está la prueba!
Cuando entré a la universidad, no es que rebosara de amigos; tenía el campo muy limitado, con muy pocas personas. A pesar de que quienes me conocen me ven como extrovertido, me causaba cierta pena llegar y socializar. En Radio UDEM, en mi segundo semestre, me invitabas a hablar… ¡con los de generaciones arriba! ¡Dios mío, a interactuar con gente con la que nunca había hablado! A veces me presentabas a alguien y te ibas, y yo tenía que continuar la plática en los sillones naranjas, con la mesita entre los cuatro asientos.
Gracias a eso, pude hacer nuevos amigos. Hermanos y hermanas de vida que, sin tu espontaneidad, jamás habría conocido. Gracias a ti, conozco a Cecilia Lara, Alvarito, y gracias a ella pude obtener algunas fotografías en las que salimos juntos. No seremos tú y yo solos, pero salimos, y eso es lo importante. Tengo algo que imprimir para atesorar y escribir detrás:
“Última clase de Alvarito, 21 de noviembre de 2017, Universidad de Monterrey.”

Gracias infinitas a Cecilia Lara, quien siempre encuentra y busca la forma de ayudarnos. Créditos: Cecilia Lara.
Uno de esos recuerdos es un martes de agosto de 2016, en la primera clase de Instrucción Técnica y Conducción de Radio. Nos dirigimos al edificio 4. Entramos y, en mesas de dos, nos sentamos. Figura que imponía autoridad, figura que irradiaba ternura: así se le describe, como una autoridad académica llena de sapiencia y, al mismo tiempo, de una ternura colosal nacida de su desbordada compasión.

De izquierda a derecha: Shady Mohamed, Claudia Alanís, Gema Ramírez, Mariana Cantú, Álvaro Guadiana, Luz Macías, y Cecilia Lara. Créditos: Cecilia Lara.
En ese salón, nos pidió leer para conocer nuestras voces. Recuerdo que, al leer, me detuvo y me dijo: “Tienes voz de locutor”. Nunca nadie se había fijado en mi voz —esa cualidad física de la que nunca me había percatado ni que me había gustado—, pero él le encontró cierta magia y me llenó de confianza para aprender a amarla. Después, impredecible y sorpresivo, dijo: “Búscame en Radio UDEM más tarde”. Así, en mi primer semestre, a un solo día de haber entrado por primera vez a su clase, tuve el programa Salte de la Caja con Luz Macías.
Nos ponía a leer artículos, poemas, todo aquello que pudiera pulir nuestra voz y nuestro entendimiento. Al descubrir que le gustaba la poesía, le confesé que yo escribía de vez en cuando. “Envíamelos”, respondió con esa sonrisa llena de amor por sus estudiantes.
Quiero que evalúen lo que me atreví a enviar audazmente un abril de 2017, tal cual fue enviado, en mi segundo semestre de licenciatura:
No sé qué prefiero más, si tus buenas noches para irme a
dormir pensando en ti, si tus buenos días para despertar y
verte a ti, si tus labios que me besen con
fervor o el constante roce de la piel
entrelazando nuestros dedos y decirte que te amo.
Se los envié creyendo que era la reencarnación de Bécquer, y él me dio notas. Pero Álvaro Ariel Guadiana Alcorta tenía la habilidad de regalarte las mentiras más hermosas y de alimentar las alucinaciones más irreales: “Está maravilloso”, “Tienes potencial”, “Sigue escribiendo”, “Tienes talento”.
Hoy vuelvo a esos textos y encuentro carencias, estructuras mal ejecutadas y, sobre todo, horrores ortográficos inadmisibles para un comunicador. Pero “Alvarito” siempre veía más allá de las fallas: confiaba en el potencial. Aquellas alucinaciones que pienso que eran eso —alucinaciones—, hoy creo que no lo eran por ser irreales, sino porque podían volverse reales si nos esforzábamos.
Él veía la vida como una forma de alcanzar la felicidad. Los conflictos que nos rodeaban eran parte del camino, sí, pero también creía que la manera de manifestar que el mundo es más vivible era precisamente nuestro sentido de vida. Y que, a pesar de todo, debíamos pulirlo.
Podemos hacer un mundo más vivible, en el sentido de lo que nosotros creemos que es la vida, en el sentido de la búsqueda humana de la felicidad. La felicidad no significa que no haya problemas, porque tenemos muchos problemas; tenemos que luchar por resolverlos.
Alvarito… Hoy quiero contarte que me pagan por escribir, y que mi voz —que aprendí a amar— de vez en cuando la presto. Que las personas que me presentaste seguimos hablando y saliendo, que ya puedo iniciar conversaciones; es más, te sorprenderá, pero, Alvarito, me volví maestro, ¿puedes creerlo?
Espero poder compartir con mis estudiantes la pasión por las cosas importantes, como tú lo hacías. Gracias por ser la familia que necesitábamos, por las palabras que nos regalaste en el momento exacto y por los silencios físicos que nos acompañaban.

Fuera del Starbucks, nos encontramos a Alvarito, siempre encontrando maneras de conectar. Siempre tan único.
Trataremos de vivir la vida como nos enseñaste: auténtica, persiguiendo esa felicidad, aceptando las broncas y hablando con voz propia por lo que creemos, con confianza en nuestras convicciones y con la compasión como estandarte. Sé que estás con Dios, porque nos mostraste la prueba más fehaciente.
Si Dios no existiera, entonces, ¿cómo me encontré a Lucía? Esa es la prueba más fehaciente que tengo de que Dios existe. Pero que no se crea mucho el tipo, porque he vivido mi vida como si no existiera; al cabo, ya sé que existe.

Estudiantes, exalumnos, colegas, familiares, todos te acompañaron tú último día de clase. ¿Te sentiste amado? Espero que sí, porque nos diste tanto siempre. Fuimos tu última generación, tuve esa dicha, ser tu último estudiante, y espero poder seguir tu legado.
¡Vuela alto, maestro Álvaro Guadiana! Que tu memoria viva siempre en cada uno de nosotros que tuvimos la dicha de conocerte. Mientras sigamos viviendo como nos enseñaste, nunca estarás lejos. Y que desde el cielo abras la mejor estación, donde tu voz en el micrófono celestial llegue de formas misteriosas a nosotros para reconfortar y guiar el sendero que labraste para todos.
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