Cuando la oscuridad conduce a la luz: Nick Cave and The Bad Seeds


Mario Gonzlez Dueas
Por: Mario González Dueñas

Una figura vampírica avanza con un traje de tres piezas, recorta el escenario y el aire con una voz de barítono. De pronto, hace una remembranza a su mentor: Leonard Cohen. Su parecido es increíble: bien podrían ser padre e hijo. Comparten una forma casi idéntica de caminar, así como una mirada que penetra el alma de cualquiera. Pero, ante todo, comparten una voz que narra por igual las profundidades de lo prohibido, las más grandes dichas y los eventos más insufribles: Nick Cave abre los brazos junto a su emblemática banda, The Bad Seeds, y resuenan en un coro que acompaña el himno iniciado por el último poeta maldito…

En definitiva, Nick Cave ha sobrevivido a varias tragedias personales y –de modo aún más sorprendente– ha sobrevivido a sí mismo. Él no viajó por el infierno de las adicciones; más bien fue Virgilio en su propio mundo dantesco durante la época en que la heroína lo llevó a tocar fondo. El principio del fin para el infierno que vivió Cave llegó cuando Polly Jean Harvey, mejor conocida como PJ Harvey, terminó la relación que mantenían. Bastan las palabras del propio Cave, quien “sintió el mundo colapsar”, para describir el duro golpe que recibió.

Sin embargo, fue precisamente gracias a ese principio del fin que Nick Cave and The Bad Seeds comenzaron un resurgimiento en una época en la que Cave, en el ámbito personal, alcanzó a ver el abismo con sus propios ojos mientras escalaba sus laderas; laderas que, como es bien sabido, suelen traicionar como arenas movedizas.

Nick Cave and The Bad Seeds no son un invento de moda: son una banda mítica que ha girado desde 1984, con una rotación de músicos que haría palidecer a cualquier circo ambulante, pero con una única dirección: Nick Cave. Cave superó las drogas, los cambios de género musical y estructura creativa, superó amores y desamores, pero sobre todo pudo aceptar el dolor, la pena y la amargura de la pérdida más grande que un padre puede tener: perder a sus dos hijos, primero a Arthur y, años después, a Jethro. Esto, queridas y queridos lectores, destruiría a cualquier ser humano. Es aquí donde Cave toma ese dolor para convertirlo en música, melancolía, pero sobre todo en amor hacia sí mismo y sus seres amados.

El ser humano tiene el poder de elegir la oscuridad para caer más profundo o cruzar ese galimatías para llegar a la luz. El músico y poeta australiano nos deja un destello de lo que es vivir en penumbra para poder trascender con todos sus defectos, pasando por dolores inexplicables, pero sobre todo compartiendo las pequeñas alegrías posteriores a pérdidas desgarradoras.

Nick Cave and The Bad Seeds se reinventaron múltiples veces, dejaron de lado todo para buscar la belleza dentro del caos. Es como encontrar un eye candy que se vuelve un brain candy; es esa chica con belleza extraña con un lunar donde nadie más lo tiene y que nos encanta, o ese chico con una cicatriz que lo hace único. Nick Cave es esa persona que responde cartas si le escribes, que puede tomar de la mano a la muerte y darle una caricia mientras le besa la frente, para que la muerte misma le diga: “volveré eventualmente, pero no ahora”.

Figura mítica en la música y la poesía, heredero de géneros diversos, creador de soundtracks para películas varias, así como para series (Peaky Blinders abre con “Red Right Hand”, mientras Tommy Shelby está sentado a caballo: qué manera más flamboyante y estrambótica de dar inicio a una serie).

Con esto dejamos de lado al ser de sombras para dejarlo brillar, para dejarlo respirar y, en caso de que alguien quiera escribirle a ese gran poeta maldito, puede hacerlo en https://www.theredhandfiles.com/

Sin más por el momento, exhorto a quien lea este artículo a buscar a Cave y a sus semillas malditas.

Sobre el/la autor/a:

Mario González Dueñas

Director de Fotografía de Cine y catedrático del Departamento de Comunicación y Cine de la Universidad de Monterrey.


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