Algoritmos de las redes sociales v.s. adolescentes: ¿quién controla a quién?

“Solo cinco minutos más”. Una frase que probablemente muchos adolescentes han pensado mientras hacen scroll en TikTok, Instagram o cualquier otra red social. Un video lleva a otro, aparece una notificación, después una recomendación y, cuando finalmente se mira el reloj, esos cinco minutos se convirtieron en una hora. Solemos pensar que el problema está en no saber cuándo detenernos; sin embargo, también es importante considerar cómo las propias plataformas están diseñadas para captar y mantener nuestra atención.
Hablar de redes sociales y salud mental no implica afirmar que una sea automáticamente la causa de la otra. La salud mental durante la adolescencia depende de distintos factores y, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años presenta algún trastorno mental. La propia organización señala que durante esta etapa se desarrollan habilidades sociales y emocionales fundamentales, por lo que el entorno en el que crecen los adolescentes puede influir en su bienestar.
Las redes sociales forman parte de ese entorno. Un estudio de OMS Europa sobre adolescentes de 44 países y regiones encontró que el uso problemático de estas plataformas aumentó del 7% en 2018 al 11% en 2022. La diferencia no es menor: no se trata simplemente de utilizar mucho una red social, sino de presentar dificultades para controlar su uso y continuar recurriendo a ella a pesar de sus consecuencias negativas. Entre las razones detrás de este comportamiento se encuentra la manera en que las propias plataformas están estructuradas.
Las redes sociales no funcionan como un simple álbum donde cada usuario decide qué publicaciones ver. Las plataformas utilizan sistemas de recomendación que seleccionan contenido de acuerdo con la actividad y las interacciones de cada persona. Además, existen funciones como las notificaciones, los “me gusta” y el desplazamiento infinito, que facilitan continuar consumiendo contenido sin ofrecer un momento claro en el que la experiencia concluya.
La Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés) ha señalado la importancia de considerar estas características al analizar el uso de las redes sociales durante la adolescencia. Esto no significa que todas las plataformas sean inherentemente dañinas ni que todos los adolescentes reaccionen de la misma manera; significa que el diseño importa. Y también importa lo que ese diseño decide mostrarnos.
Un adolescente puede entrar a una red social para distraerse y terminar expuesto durante horas a videos sobre cuerpos, estilos de vida, relaciones o niveles de éxito que difícilmente representan la vida cotidiana de la mayoría de las personas. Los influencers son un ejemplo claro: pueden convertirse en figuras de referencia y establecer, de manera directa o indirecta, patrones sobre cómo debería verse, vestir o vivir una persona. Si bien pueden convertirse en modelos a seguir y promover mensajes positivos, su contenido suele mostrar una versión seleccionada y cuidadosamente construida de su realidad.
El problema aparece cuando esa versión se convierte en un parámetro personal. «¿Por qué no tengo ese cuerpo? ¿Por qué mi vida no se ve así? ¿Por qué no tengo tantos amigos, seguidores o me gusta?» Cuando el contenido que vemos constantemente refuerza determinadas ideas sobre cómo deberíamos vernos o vivir, la comparación puede transformarse en parte de nuestra experiencia diaria. Esto trae consecuencias: la Organización Mundial de la Salud reconoce que la presión social y la influencia de los medios pueden afectar la salud mental de los jóvenes, una etapa en la que la ansiedad y la depresión se encuentran entre los principales problemas de salud.
Por eso resulta insuficiente pedirle a un adolescente que simplemente tenga más fuerza de voluntad. Por supuesto que los padres tienen una responsabilidad, así como también es importante que los jóvenes aprendan a reconocer contenido manipulado, publicidad, filtros y estrategias de persuasión. La alfabetización mediática ayuda a que las personas consuman contenido con un sentido más crítico. Asimismo, para muchos padres esta situación representa una dificultad que no enfrentaron durante su propia adolescencia, ya que las redes sociales no formaban parte de su vida cotidiana como lo hacen hoy para sus hijos, lo que complica la comprensión del funcionamiento de estas plataformas y la fijación de límites adecuados. Pero la conversación no debería detenerse ahí.
Si una plataforma sabe qué contenido nos retiene más tiempo y utiliza esa información para recomendar lo que veremos después, también existe una responsabilidad del otro lado de la pantalla. OMS Europa ha planteado precisamente la necesidad de que las empresas tecnológicas asuman mayor compromiso y desarrollen entornos digitales más seguros para los jóvenes.
No se trata de culpar a las redes sociales de todos los problemas de salud mental de los adolescentes, ni de asumir que los jóvenes son incapaces de tomar decisiones por sí mismos. Se trata de reconocer que las decisiones individuales ocurren dentro de entornos diseñados por terceros.
Quizá la discusión no debería centrarse en cómo conseguir que los adolescentes utilicen menos las redes, sino en cómo lograr que estas estén diseñadas de manera más responsable para quienes las habitan. Si los adolescentes van a crecer dentro de estos espacios digitales, la solución no puede depender únicamente de que ellos sepan cuándo cerrar la aplicación. Porque, al final, la pregunta más importante no es cuánto control tiene un adolescente sobre su pantalla, sino cuánto control tiene la pantalla sobre él.
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