«Estar ocupado”: ¿nuevo pilar de la identidad?

Nos quejamos del cansancio como si fuera un logro. Lo presumimos en nuestras historias de Instagram, lo decimos riéndonos en juntas o incluso en conversaciones casuales como prueba silenciosa de que estamos haciendo algo importante con nuestra vida. Estar ocupado dejó de ser algo que sucede para convertirse en una identidad. Y no de cualquier tipo: una identidad aspiracional. Hoy en día, estar ocupado da estatus frente a los demás.
En una cultura donde todo el mundo sufre de una obsesión con ser productivo, el descanso se percibe como innecesario, malo, indeseable o una pérdida de tiempo. Si uno no está cansado, ¿realmente se está esforzando? Mantenemos la falsa idea de que el valor personal se mide en función de qué tan productivos somos. Bajo esta premisa, el agotamiento es la máxima evidencia de que en verdad “lo damos todo”.
Buena parte de esta percepción deviene de la “cultura del hustle”, que se hizo famosa con personas como Gary Vaynerchuk. Durante años, sus promotores difundieron la idea de trabajar sin descanso, dormir poco y abandonar cada minuto libre para convertir todo nuestro tiempo en una oportunidad de crecimiento. El mensaje parecía motivador: si trabajas más que todos, llegarás más lejos. El problema es que el límite entre disciplina y autoexplotación se volvió difuso.
Las redes sociales terminaron de impulsar esta idea. En plataformas como Instagram y TikTok, el término aesthetic se popularizó bajo la premisa de que una vida verdaderamente buena y exitosa debe incluir una agenda llena, café to-go, una rutina que inicia a las 5:00 a. m., acudir al gimnasio antes de trabajar y, posteriormente, asistir a juntas, eventos, cenas y generar networking.
Aceptémoslo, ¿quién desea dar la impresión de estar desocupado?
En ciudades grandes y con ambientes competitivos, especialmente entre jóvenes, decir “no me he detenido en todo el día” es sinónimo de pertenencia: significa que uno es solicitado, cuenta con proyectos importantes y su agenda está apretada. De ahí se infiere que el tiempo de uno es valioso: el agotamiento es el símbolo que da cuenta de ello. Esto debería preocuparnos. Hemos normalizado la idea de que el cansancio sea concebido como nuestro estado natural y no como un fenómeno ocasional o pasajero. Así, el día que no “estamos a full”, “corriendo” o “en friega”, nos sentimos culpables.
Aquí entra otro fenómeno interesante: la idealización del burnout. El cansancio extremo dejó de verse como una señal de alerta y empezó a contarse como una historia heroica. Frases como “Nadie dijo que sería fácil” o “Si fuera sencillo, cualquiera lo haría” disfrazan formas de trabajo poco saludables o sostenibles.
Lo cierto es que estar ocupado no es sinónimo de ser productivo. Mucho menos de ser exitoso. Permanecer ocupado puede ser simplemente la consecuencia de una mala organización, e incluso de intentos de huir de un asunto personal irresuelto que uno prefiere no afrontar. Después de todo, en ocasiones nos valemos de nuestras ocupaciones para distraernos porque eso evita que enfrentemos lo que sentimos incómodo.
¿Soy feliz? El ruido constante de la rutina nos protege del silencio abrumador que abre espacio a esta pregunta. En cambio, el descanso invita a la reflexión y a enfrentarnos a nosotros mismos. La ironía es que, mientras continúa el agotamiento, consumimos contenido que tiene el supuesto propósito de generar bienestar y paz interna: meditaciones, journaling, skincare, slow morning. Deseamos paz, pero sin dejar de correr. Queremos equilibrio, mas no soltar la agenda. Es como si quisiéramos el reconocimiento social de estar cansados y, al mismo tiempo, la salud mental que nos da el descanso.
Hay un tema de estatus en todo esto. El lujo ya no se mide solo mediante posesiones materiales. Creemos que “no tener tiempo” implica que somos importantes y buscados por la gente. Da la impresión de que permanecer ocupado todo el día se ha vuelto el nuevo símbolo de éxito.
Sin embargo, todo esto trae consecuencias. A nivel personal, genera desbordes de ansiedad, insomnio y desbalances emocionales. Por otro lado, a nivel social crea culturas laborales donde descansar es mal visto, donde salir temprano genera culpa y donde responder mensajes fuera de horario se convierte en una expectativa. Y lo más delicado es que, cuando el cansancio se vuelve normal, dejamos de darnos cuenta de cuándo estamos realmente saturados.
Nada de lo anterior exhibe un intento de normalizar la pereza ni de afirmar que el esfuerzo no importa. El trabajo, los proyectos y las metas le dan sentido a la vida. La ambición no es el problema, pero puede volverse uno cuando la productividad misma se establece como el único pilar de la identidad. Quizá la pregunta no es por qué estamos tan ocupados, sino por qué necesitamos demostrarlo.
¿Por qué sentimos la urgencia de justificar nuestro tiempo libre? ¿Por qué el silencio incomoda más que una agenda llena? Tal vez porque en el fondo nos enseñaron que nuestro valor personal está ligado a nuestra productividad. Y cambiar esa idea implica aprender nuevamente.
Aprender que el descanso no es un premio, es una necesidad. Que hacer una pausa no es debilidad, es una forma inteligente de seguir adelante. Que una vida llena de cosas no es lo mismo que una vida con sentido.
Imaginar una cultura donde no presumamos el cansancio puede sonar aspiracional, pero empieza con cosas pequeñas: dejar de celebrar el “no he dormido nada” como si fuera un logro, no aplaudir automáticamente el estar disponibles todo el tiempo y entender que decir “hoy no puedo” también es una forma de autocuidado.
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