“Project Hail Mary” y la curiosidad como lenguaje universal


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Por: Humberto Martínez-Huerta

Hay historias de ciencia ficción que buscan deslumbrarnos. Otras –menos frecuntes– buscan algo aún más difícil: despertar nuestra curiosidad. Project Hail Mary, en mi opinión, pertenece a esta segunda categoría. A su trama no la sostienen las explosiones, los giros de tuerca espectaculares ni largas listas de tecnicismos, sino la ambiciosa idea de que comprender el universo puede ser tan emocionante como intentar salvarlo.

Lo primero que causa sorpresa corresponde a su modo de tratar la ciencia. En tiempos donde muchas historias dan la impresión de temer la complejidad, Project Hail Mary apuesta por lo contrario: evita las simplificaciones excesivas, pero lo hace sin abrumar. Muestra confianza en su audiencia: no presenta largas y forzadas explicaciones, ni diálogos que parecen escritos para un examen; tampoco esa triple aclaración que busca asegurarse de que entendiste. En lugar de todo esto, la película integra la ciencia con naturalidad a la narrativa, como herramienta, como lenguaje, como forma de pensar. Se siente menos como una clase… y más como un proceso.

Ese proceso se vuelve evidente, por ejemplo, en el gran descubrimiento de una nueva forma de vida que, si bien no es inteligente, resulta profundamente desconcertante. Los astrophage no solo parecen desafiar nuestras ideas sobre biología, sino también las que giran en torno a la energía y la supervivencia. El experimento en el que se muestra cómo se alimentan de la luz no juega el papel de un mero recurso narrativo: reafirma la idea de que la curiosidad es experimental, no contemplativa.

Pero ahí no termina el asombro. En realidad, la historia no presenta una sola forma de vida, sino varias. Entre ellas la nuestra, por supuesto. Luego, la vida microscópica que altera el equilibrio energético de una estrella. También hay una inteligencia completamente distinta, encarnada en un ser cuya biología, percepción y formas de comunicación no guardan ningún parecido con las nuestras. Y, finalmente, hay algo más: organismos que interactúan con ese primer descubrimiento, formando parte de un ecosistema que ya resolvió su propia supervivencia y, eventualmente, la nuestra.

No es poca cosa. Y es muy refrescante. Con frecuencia, se imagina la vida extraterrestre como algo aislado: una criatura, un visitante, una anomalía. Aquí, en cambio, aparece algo más cercano a la realidad: la vida no llega sola. Llega con dinámicas, relaciones y equilibrios. Es compleja.

En la Tierra, toda forma de vida conocida está basada en el carbono, un elemento cuya versatilidad química permite construir moléculas complejas y estables. Este hecho define lo que somos, pero también limita lo que imaginamos. En la película, aunque se menciona el papel del agua como medio, en el fondo la pregunta es la misma: ¿es indispensable que la vida funcione así o somos nosotros quienes proyectamos nuestras propias condiciones como universales?

En mi opinión, el diseño del extraterrestre es, en ese sentido, uno de los grandes aciertos. La cinta no se limita a construirlo “extraño”, sino que mantiene su coherencia.

No se trata solo de hacerlo extraño, sino de hacerlo coherente. Acostumbrados a un mundo dominado por los pares –pares de ojos, pares de orejas; dos, cuatro, seis u ocho extremidades–, encontrarnos con una forma de vida que rompe dicho patrón puede desconcertarnos: ¡tiene cinco extremidades! Un detalle tan inesperado como bien logrado. No es imposible, pero sí lo suficientemente distinto como para recordarnos que nuestra biología no es la única manera de organizar un cuerpo. Incluso su entorno –con condiciones de presión y temperatura radicalmente distintas– sugiere un árbol de la vida que evolucionó bajo reglas muy diferentes a las nuestras.

Esa diferencia se extiende también a la percepción. No ver como nosotros no es solo una diferencia, es un alcance distinto —y al mismo tiempo, una oportunidad. Parte de lo que no podemos percibir directamente lo hemos ido reconstruyendo poco a poco, extendiendo nuestros sentidos a través de instrumentos: telescopios, detectores, observatorios.

En la película, esto implica que hay aspectos del universo que pueden quedar fuera del alcance de una civilización simplemente debido a la forma en que esta interactúa con su entorno. No propone la ausencia de reglas universales; su formulación sucede de maneras distintas. De hecho, el primer puente entre ambas especies no es el lenguaje, sino algo más fundamental: los números, los patrones, las regularidades. Una forma de entender el mundo que no depende de cómo se percibe, sino de la estructura que lo sostiene.

En ese contexto, y frente a una necesidad compartida y urgente, ocurre el primer contacto que no se da entre iguales —ni siquiera entre inteligencias similares—, sino entre formas de vida que apenas comparten un marco común. Y, sin embargo, encuentran una manera de entenderse, no a pesar de sus diferencias, sino a través de ellas.

El último encuentro, el cuarto tipo de vida, curiosamente recuerda a una idea clásica de la ciencia ficción. En La guerra de los mundos, de H. G. Wells, los invasores no son derrotados por la humanidad, sino por algo mucho más simple: microorganismos terrestres. La lección es clara: la vida no es solo inteligencia, sino que está implicada en determinados contextos, ecosistemas y formas de interacción.

Aquí ocurre algo distinto, pero igual de sugerente. No solo hay múltiples formas de vida, sino que, en cierto punto, dejan de estar aisladas: organismos de un sistema terminan en otro. Ecosistemas que evolucionaron por separado empiezan a cruzarse. En la exploración espacial real, es una preocupación concreta. No solo buscamos vida: intentamos no alterarla, y hacerlo de forma responsable.

Al final, salí del cine no solo con una historia sobre salvar a la humanidad, sino con una reflexión sobre lo que significa entender. Fue refrescante. Tal vez el mayor logro no está en la tecnología ni en las soluciones ingeniosas, sino en la capacidad de reconocer que, para el desarrollo de una civilización, más allá de la biología, de la percepción o del lenguaje, hay una constante que atraviesa toda la historia: la necesidad de hacer preguntas, de observar, de intentar comprender lo desconocido.

Si algún día llegamos a encontrarnos con otra forma de vida inteligente, es posible que no compartamos mucho en común. Ni cuerpo, ni sentidos, ni historia. Pero si compartimos algo, ojalá sea nuestra curiosidad por entender el universo.

Sobre el autor:

Humberto Martínez-Huerta


Máster y Doctorado en Física por el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Investigador del Departamento de Física y Matemáticas de la Universidad de Monterrey.

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