«Paris, Texas» (1984): encuentro del sueño juvenil en un viaje interno


Mario Gonzlez Dueas
Por: Mario González Dueñas

En plena era de la cultura de la cancelación, de algoritmos y personas que emiten juicios basados en modas de TikTok, así como de discusiones a causa de conflictos geopolíticos que superan nuestras fronteras, renace desde las cenizas la película Paris, Texas (1984) como ave fénix. ¡Y qué decir de tan brutal pieza del séptimo arte! En esta cinta, que cuenta con un guion escrito por Sam Shepard y cinematografía de Robby Müller, tenemos el lujo de gozar una magistral actuación de Harry Dean Stanton –quien interpreta al protagonista del filme, Travis Henderson– perdido en el desierto texano, momentos antes de iniciar el viaje más importante de toda su vida. Asimismo, la película cuenta con la actuación de Nastassja Kinski, cuya aparición siempre genera un aura angelical, ya sea en directo, a través de un cristal o en súper 8.

Es preciso dejar claro que Paris, Texas no es una road movie cualquiera. Su trama se desenvuelve a través de una alegoría de imágenes interpuestas bajo la dirección de Wenders. Aquí no hallaremos propiamente un drama americano, sino un drama universal que utiliza las planicies estadounidenses como marco para mostrar un atisbo de amor entre seres humanos. Hay, asimismo, algunos atisbos de film noir: los personajes tienen rasgos de antihéroes y hasta vemos algunas femme fatales. Pero, sobre todo, el filme deja espacio para una suerte de redención: tenemos a un Hunter Carson que, con apenas ocho años de edad, presenta una actuación emotiva y hermosa… una capaz de recordarnos que el amor posee la facultad de superar lo que sea, incluyendo la aridez extendida a lo largo del vasto desierto texano o el desierto interno en el que vagan Stanton y Kinski.

Wenders lleva al espectador a sumergirse, por medio de los personajes, en un mundo de penitencia, atmósfera que se constituye con el apoyo de los colores neón de sus luminarias. Observamos cómo el protagonista es orillado a ingresar en ese “infierno” de rojos intensos para percatarse de que existe algo o alguien más importante y trascendental que él mismo. En consecuencia, la escena en la que una serie de verdes neón ilumina el instante en que Stanton –en su papel de Travis Henderson– encuentra su propio camino, el destino que lo llevó a darle a un niño de ocho años el viaje de su vida, culmina con el encuentro del amor más puro: el materno, rol interpretado por Kinski.

Nunca sabremos si fueron felices o no, pero sí sabemos que ese viaje personal se ve reflejado en el road trip más introspectivo de toda la década de los 80. Un filme que es, a fin de cuentas, profundamente anticlimático, en donde la felicidad pende de un hilo que sostiene la unidad entre escenas de conversaciones filosóficas y momentos marcados por sonrisas cautivadoras.

A tan solo un par de semanas de conmemorar los 42 años del estreno de esta emblemática cinta, nuevamente nos detenemos a admirar esos cielos morados y esas luces neón, mientras el transcurso de las escenas nos sumerge en una iconografía referencial del gran Edward Hopper, pintor estadounidense cuya obra plástica constituye una fuente de inspiración evidente para Müller, visible en aquellas imágenes al servicio de Wenders.

Por estas y muchas otras razones, queridos lectores, rendir tributo a Paris, Texas es, en realidad, mucho más común de lo que se imaginan. Desde que el sueño juvenil se encuentra con el viaje, especialmente con el viaje interpersonal que nos convierte en un personaje errante por nuestros propios círculos infernales… esos que debemos atravesar para ascender en nuestro camino hacia el paraíso: uno que solo es posible encontrar por medio del amor.

Sobre el/la autor/a:

Mario González Dueñas

Director de Fotografía de Cine y catedrático del Departamento de Comunicación y Cine de la Universidad de Monterrey la Universidad de Monterrey.

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