Derrames de Pemex: el mejor ejemplo de cómo se tropieza con la misma piedra

La derrota que sufrió la Selección Mexicana frente a Inglaterra –que le costó al Tri la eliminación de la Copa del Mundo 2026– no solo apagó la esperanza aún latiente en los corazones de millones de mexicanos; de paso, evidenció algo que suele costarnos mucho aceptar: queremos ganar, pero sin haber entendido el juego. Y, al afirmar esto, quiero aclarar que este principio no se limita al futbol.
Pocas semanas antes de la escritura de este artículo, apareció un reporte que informaba acerca de otro derrame de petróleo, ocurrido en las instalaciones que Pemex opera en el Golfo de México. Dado que se trata del tercer incidente de esta índole en lo que va del año –sin considerar las 10 emergencia operativas que causaron la muerte de al menos nueve personas– cabe preguntarse por qué esta clase de accidentes persisten.
Los derrames de petróleo han sido un problema recurrente desde hace varios años en Pemex. Tal vez lo más insólito no son los 3 mil 951 derrames reportados por la paraestatal entre 2020 y 2025, sino el hecho de que, a la fecha, lejos de haber tomado las medidas pertinentes para evitar que sucedan nuevamente, cada año que transcurre aumenta el número de estos incidentes.
De acuerdo con el Centro de Control y Atención a Emergencias de la Subdirección de Servicios y Administración de Bienes, el año pasado –2025– fue uno de los más críticos de la última década, con un total de mil quince (1,015) derrames de petróleo reportados. Estos incidentes han visto un incremento cercano al 56% durante el sexenio de la presidenta Claudia Sheinbaum en comparación con los casos reportados durante los últimos años del sexenio anterior, cuando los registros dieron cuenta de mil 490 (1,490) derrames y fugas entre octubre de 2024 y marzo de 2026.
Las consecuencias de estos derrames impactan significativamente en ámbitos diversos: debido a la contaminación que arrastran consigo, dejan un severo daño al medio ambiente; amenazan la seguridad y la salud de comunidades cercanas; y, por si fuera poco, asestan un golpe duro a la cartera nacional. Y como si la deuda del país se pagara a partir de semejante despilfarro, continuamos con la misma tendencia: seguimos sin planes o estrategias que permitan atender y revertir esta clase de incidentes.
Un gran ejemplo que prueba la persistencia de una actitud negligente en torno a los derrames de Pemex aconteció en febrero del presente año –aunque, según el Gobierno Federal, no comenzó sino hasta el mes de marzo–, en un caso que llamó la atención porque, a pesar de que manchas de hidrocarburos fueron detectadas desde el 6 de febrero, no hubo emisión de ninguna alerta pública para informar sobre la situación. Luego de que transcurriera casi un mes de estos hechos, a comienzos de marzo, manchas de hidrocarburos fueron observadas en las costas de Tabasco y, posteriormente, en las de Tamaulipas. El desastre ambiental afectó un total aproximado de 630 kilómetros de litoral, además de generar perjuicios importantes a las poblaciones pesqueras. Estas afectaciones impactaron, de hecho, a las poblaciones costeras en general, puesto que enfrentaron el ingreso de contaminantes a sus hogares, sin disponer de información suficiente ni de la protección adecuada: carecen de certezas respecto al impacto que el derrame pueda causar a su salud y a los ecosistemas en donde habitan.
Si bien es cierto que el derrame más reciente no trajo consecuencias de semejante magnitud, demuestra que lo que lleva mucho tiempo fallando seguirá haciéndolo hasta no haber recibido la atención y el tratamiento debidos. Lamentablemente, Pemex y su sistema estructural –que lleva varios años sobreviviendo a partir de apoyos y rescates gubernamentales– no parecen enterarse de nada.
Es preciso abandonar la inversión millonaria en adquisición de nuevas refinerías y concentrarnos en asuntos de mayor importancia, como la dirección de ese presupuesto al mantenimiento de los ductos y sus equipos de infraestructura, que son la principal causa de mantenimiento de estos derrames, según reportes oficiales. O bien, optemos por una inversión que asegure un seguimiento adecuado de estos incidentes, puesto que, a la fecha, la mayoría de las veces ni siquiera ha sido reportado los tipos de hidrocarburos derramados, ni sus cantidades, así como tampoco hay una cobertura plena de las superficies afectadas.
Esta ausencia o escasez de datos, de acuerdo con la doctora en ecotoxicología Diana Papoulias, impide una evaluar si el costo que Pemex ha estimado para la remediación es el adecuado, o si las técnicas propuestas para su atención han sido correctas.
Por todo lo anterior… ¡Basta! Basta de querer ganar y cambiar el juego sin pensar en una estrategia viable; de querer disputar el título de un Mundial jugando con medio equipo. Porque Pemex se ha quedado sin equipo, sin sustento y, sobre todo, sin visión. De esa visión y de la manera en que se establezcan las prioridades depende que, el día de mañana, el golfo esté pintado de negro o no.
Hoy invito a todos los involucrados en el manejo de Pemex a que aprendan, de una vez por todas, de los errores cometidos durante estos últimos años. Antes de concentrarse en “rescatar nuestra soberanía”, como en el sexenio del expresidente Andrés Manuel López Obrador, deben reconocer la situación real de la empresa y las capacidades con las que cuenta.
Los problemas se atienden de fondo cuando dejamos de buscar únicamente soluciones a corto plazo y comenzamos a prevenirlos con una perspectiva de largo plazo. No podemos confiar en salvar un partido en los últimos cinco minutos, así como tampoco podemos salvar una empresa ignorando sus errores. Y, aunque en el futbol esa actitud no se ha modificado en décadas, la economía, la política y, sobre todo, el patrimonio nacional deberían recibir un trato muy diferente.
Así que, por primera vez en mucho tiempo, reconozcamos nuestras capacidades, aprendamos de nuestros errores y juguemos con lo que somos, porque solo cuando dejemos de repetir las causas de nuestras derrotas podremos aspirar a ganar.
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