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Vocación y compromiso, principales enseñanzas del maestro Horacio Guajardo


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Por: Mónica Cruz

Cuando supe que iba a recibir la Medalla Horacio Guajardo a la excelencia en trayectoria profesional, me invadió una mezcla de emociones. Con humildad y orgullo, sentí que cada paso, esfuerzo, sacrificio y todos aquellos momentos de entrega a mi profesión habían valido la pena. Algo así como voltear la mirada hacia atrás y ver que la pasión y la convicción sembradas en mi trabajo florecían en forma de un reconocimiento invaluable.

A nivel personal, no fue sencillo estudiar la carrera mientras laboraba. Pero logré equilibrar los dos ámbitos y superar ese gran reto… ¡Vaya desafío! Hubo momentos en los que me cuestioné si hacía las cosas correctamente. En parte, a esto se debe que la distinción haya tocado fibras profundas en mi corazón.

El maestro Horacio Guajardo no era solo un nombre destacado dentro de la universidad. Para mí era, ante todo, mi maestro. Lo tuve durante toda la carrera. Lo admiré desde que lo conocí por su pasión, entrega, sabiduría y por la manera en que formaba, en el día a día, no solo profesionales, sino seres humanos comprometidos con su vocación. Un maestro al que se le podía preguntar de todo. Siempre fue paciente y estuvo dispuesto a escuchar a cada estudiante que se le acercaba, tanto en los asuntos académicos como en los de vida.

Haber sido su alumna, y años después recibir de sus manos la presea que lleva su nombre, fue un momento profundamente emotivo que guardaré en mi corazón por siempre. Recibir esta medalla me invitó también a reflexionar sobre todo el camino recorrido. Desde que era estudiante y después como egresada, he transitado por distintos espacios de medios de comunicación. Cada una de esas etapas, en los 33 años que llevo de trayectoria profesional, me ha formado, retado e impulsado a crecer.

No ha sido un camino fácil. Como toda trayectoria profesional, ha estado llena de retos, momentos de incertidumbre, cambios inesperados y decisiones difíciles. Pero también ha sido un camino lleno de satisfacciones, encuentros significativos, aprendizajes valiosos y de una conexión cada vez más profunda con mi propósito: comunicar para transformar.

He tenido la fortuna de ser testigo del poder de la palabra y la imagen como vehículos de inspiración, conciencia y bienestar. Desde la conducción de un programa hasta el desarrollo de proyectos de impacto social, cada paso ha sido un acto de compromiso con la profesión, pero también conmigo misma. Esta medalla reconoce todo eso, y también a las personas que han creído en mí, que me han impulsado y que han sido parte de mi historia.

Para mí, no solo es una medalla que reconoce mi trabajo y trayectoria, es una distinción que aumenta mi compromiso y responsabilidad. Porque decir que soy exalumna LCIC de la UDEM es llevar un tatuaje en el alma. Para mí es motivo de orgullo, satisfacción y profunda gratitud.

La UDEM no solo me formó como comunicadora: me formó como ser humano. Me enseñó que la excelencia profesional no tiene sentido si no está acompañada de ética, servicio, empatía y responsabilidad social.

El sello UDEM lo llevo impregnado en mi ser. Está presente en cada una de mis acciones, desde el modo en que hablo, trabajo y afronto los retos, hasta la forma en que me vinculo con los demás. Siempre digo que la universidad me enseñó a ver más allá de lo evidente, a hacer las cosas con todo el corazón, a comunicarme desde la verdad y a ejercer mi voz con responsabilidad.

Tuve grandes maestros y Horacio Guajardo fue uno de ellos. Su entrega, inteligencia, sabiduría y su amor por las aulas y la comunicación marcaron mi camino desde el inicio. Al recibir la medalla que lleva su nombre, siento que ese legado continúa, no solo como un homenaje a él, sino como un llamado a seguir honrando los valores que representa para cada alumno que tuvimos la fortuna de tenerlo como maestro y como amigo.

Este reconocimiento no es un punto final. Es inspiración para seguir adelante y también la oportunidad de enviar un mensaje a quienes hoy están estudiando la carrera de comunicación.

A ustedes, futuros comunicadores, quiero decirles que no hay límites para lo que pueden lograr si trabajan con amor, pasión, propósito y ética. Ejerzan con entrega, compromiso, respeto, disciplina, perseverancia y valentía. Aprovechen cada clase, cada proyecto, cada oportunidad como un peldaño hacia una versión más auténtica de ustedes mismos.

No tengan miedo de reinventarse, de buscar nuevas formas, de cuestionar lo establecido, de tocar puertas. Pero háganlo siempre con integridad. El mundo necesita voces que iluminen, que unan, que despierten. Y la UDEM, junto con maestros como Horacio Guajardo y muchos otros que tuvimos y ustedes tendrán, nos dieron y les darán las herramientas para ser esa voz. Trabajen arduamente con todo el corazón. Quizá, en el futuro, ustedes puedan recibir también esta medalla, que permite a quienes ya la recibimos formar parte de la historia en las páginas de nuestra institución. Siempre recuerden el compromiso tan grande que poseemos.

Al hacerme merecedora de esta distinción, la Medalla Horacio Guajardo, reafirmé mi compromiso. Sigo creyendo en el poder de la palabra, en la fuerza de la autenticidad y en la responsabilidad que tenemos quienes comunicamos de tocar vidas con respeto y amor. Esta medalla, que lleva ya diez años entregándose, no solo corona un camino recorrido por quienes la recibimos, también ilumina el camino por venir. A mí me recuerda que, mientras mi voz tenga fuerza, seguiré usándola para construir una vida y un mundo mejor.

“El hombre solo se realiza al servicio del hombre.” Yo me he realizado, y he amado cada instante de mi profesión. Porque comunicar es servir, y servir es amar.

Vinimos a este mundo a dejar huella, a generar una diferencia positiva en la vida de las demás personas. Recibir esta medalla me ha llenado de satisfacción y de gozo, no solo por lo que representa, sino por lo que confirma: que vivir con propósito sí transforma vidas.

Gracias a la UDEM por sembrar en mí esa semilla. Gracias, maestro Horacio Guajardo, por ser guía y ejemplo. Doy gracias a Dios por los 100 años de existencia de esta institución, por tocar a tantas personas con su amor, sabiduría y vocación.

Y, por supuesto, gracias a Dios y a la vida por regalarme esta misión tan hermosa: comunicar desde el alma, con amor y con verdad, con el propósito firme de dejar huella y de generar una diferencia positiva en la vida de las personas con mi trabajo diario.

Orgullosa de ser una de las poseedoras de la Medalla Horacio Guajardo, orgullosa de ser exalumna LCIC, y, por siempre y para siempre, muy orgullosa de ser UDEM.

Sobre la autora:

Ex LCIC. Ganadora de la Medalla Horacio Guajardo a la Trayectoria Profesional en el año 2018.

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