Lo que somos: una reseña de “Qué día tan hermoso”

En Qué día tan hermoso (2012) de Don Hertzfeldt, la belleza mundana de la vida se captura a través de una serie de fragmentos tomados directamente de la memoria, los sueños y las sombras de lo que alguna vez fuimos: el olor del patio a primera hora de la mañana; mirar las luces mientras se duerme en el asiento trasero; las palabras “te amo” escritas en la arena; el tacto de la alfombra aguamarina; el polvo acumulado en los rayos de sol que se cuelan a través de la ventana. Recuerdos que, por momentos, se sienten inalcanzables; rostros y momentos que se disuelven en una sensación vaga. Un girasol que brota de una cabeza difunta, una zapatilla de mujer llena de hojas que despierta una tristeza inexplicable, hormigas desmembrando un pájaro muerto, sueños de autos hundidos y faros que parpadean en un mar lejano. Millones de hermosas vidas barridas de la tierra, personas que van y vienen hasta que los nombres pierden todo significado.
Creado íntegramente por Hertzfeldt —desde la escritura, dirección, animación y fotografía, hasta la producción y narración—, Qué día tan hermoso es un filme animado que inscribe a su autor en una corriente de cineastas que trabajan de forma independiente, unidos por su profunda y personal necesidad de transformar su propio existencialismo en imágenes en movimiento que dialogan constantemente con los aspectos más íntimos y efímeros de la condición humana. Similar a El árbol de la vida (2011) de Terrence Malick, que aborda la espiritualidad, la vida y el sufrimiento desde una mirada poética y contemplativa, Hertzfeldt explora, mediante una animación minimalista y un humor absurdo —similar al de las obras de Charlie Kaufman—, la relación entre la maravilla que es la existencia y la naturaleza indiferente del dolor, que coexisten en una misma y hermosa danza.
Compuesto por tres cortometrajes reunidos en un solo largometraje, la película narra la historia de Bill (Don Hertzfeldt), un hombre que padece una enfermedad que devora lentamente su memoria. Mientras se adentra en su psique fragmentada e intenta reconstruirla, deambula entre recuerdos de infancia, amor, duelo y despedida, hasta que el tiempo pierde sentido y el destino se convierte en una línea recta que todos estamos condenados a recorrer hasta el día de nuestra muerte.
A través de una animación que muchos podrían considerar amateur, al estar protagonizada por figuras minimalistas, Hertzfeldt logra capturar con poesía, sinceridad y una autenticidad desarmante la textura de la experiencia humana y la belleza que habita en ella. Su obra conecta con lo indescriptible, con aquello que sentimos pero que escapa al lenguaje: lo que solo puede experimentarse, no explicarse; lo inefable.
Hertzfeldt nos adentra en la mente de Bill mediante un minucioso uso del sonido, que cobra vida a través de escenas que reflejan la progresión de la enfermedad del protagonista: se satura, se distorsiona y se fragmenta al mismo ritmo que su memoria. Los espacios parecen respirar, como si cada uno tuviera un diálogo propio o un murmullo que, en nuestro plano terrenal, somos incapaces de escuchar. Los rayos del sol resuenan mientras el polvo etéreo en el aire se roza entre sí y produce un leve timbre; los recuerdos se proyectan con el zumbido de un carrete, y su desaparición se acompaña de crujidos y arañazos. Hertzfeldt también recurre al silencio —de forma bella y realista— para acentuar los momentos en que la imagen permanece quieta tras un golpe emocional. El silencio adquiere forma y peso, intensificando escenas que condensan lo más humano y universal del dolor.
El estilo visual de la película se distingue por una narrativa de técnica mixta que combina animación con imágenes de archivo, fotosecuencias y viñetas. A lo largo del metraje, Hertzfeldt utiliza de manera intencional un iris shot distorsionado y las llamaradas de calor del celuloide dañado, que evocan la fragilidad del recuerdo y su inevitable desgaste. La fotografía en blanco y negro comunica la monotonía de lo cotidiano, mientras que los destellos de color, aplicados mediante filtros, expresan las emociones del protagonista e inundan la escena en momentos de euforia estática ante la vida.
Todo esto se entrelaza en una historia bellamente cohesiva gracias a su montaje, que desde el inicio construye la atmósfera del filme y nos sumerge en fragmentos dispersos de sueños parciales y recuerdos desvanecidos, alojados en lo profundo de la conciencia y ese vaso carnoso que llamamos cerebro: la jaula de los recuerdos. Esto se comunica mediante un montaje acelerado que representa las transiciones súbitas y vertiginosas entre pensamientos, así como en las pantallas divididas donde vemos a Bill experimentando su vida o saltando de un tema a otro. Hay un ritmo intrínseco en cada escena: a veces un respiro prolongado para la contemplación, otras un salto brusco entre imágenes superpuestas bajo la llama de la enfermedad que amenaza con consumir su memoria.
A través de su perspectiva única, Hertzfeldt cuenta una historia profundamente humana que se siente y se experimenta al mismo tiempo, todo para capturar la irónica espera de la muerte a lo largo de la vida y el descubrimiento tardío de que solo empezamos a vivir cuando los momentos finales se acercan. Una historia universal que profundiza en el error humano de creer que siempre tendremos más tiempo del que en realidad poseemos.
El filme es una celebración de la vida tanto como una meditación sobre la muerte, porque ninguna puede existir sin la otra sin vaciar de sentido a la existencia misma. Saber que las cosas terminarán algún día no debería transformarnos en criaturas temerosas, sino en seres radiantes de vitalidad: capaces de compartir lo que sienten, de encontrar y perder el amor, de herir y ser heridos, de contemplar el mismo cielo estrellado que la humanidad ha mirado durante miles de años con asombro. Lo haremos una y otra vez, en un hermoso e infinito ciclo de experiencias vividas, hasta que la tierra se consuma y el sol se convierta en un recuerdo lejano. Existiremos únicamente para experimentar y aprender, para hacer justicia a nuestra propia existencia. En ese proceso, la simplicidad y la monotonía se revelarán como expresiones de una misma grandeza: la vida misma, contenida en los pequeños gestos; y, quizás entonces, al cruzar cada día la puerta, seamos capaces de nombrarlo —con toda la sinceridad posible— como hermoso.
Esta publicación forma parte de un proyecto de la materia Apreciación Cinematográfica, impartida por el doctor Manuel Pérez Tejada.
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