El precio de ser un imperio: EE.UU. y sus guerras

Es común atribuir la fortuna de los imperios a la guerra, pero esta idea solo es parcialmente verdadera. Por lo general, la guerra corresponde tanto con su auge económico como con su caída. El problema con las guerras es que son extremadamente costosas en términos económicos y, por supuesto, en términos de vidas humanas. Incluso cuando una potencia militar lanza un ataque contra un rival que se encuentra en clara inferioridad de condiciones, el resultado, como sucede con cualquier invasión, siempre será de pronóstico reservado. Si el asunto entre Estados Unidos y Venezuela sigue escalando y da pie a un conflicto armado,
no será la excepción.
La dificultad para elaborar pronósticos definitivos se debe a la influencia de factores diversos, desde aquellos que son inherentes a la guerra en cuestión –como la geografía del país a invadir, su número de militares disponibles o la calidad y cantidad de tecnología militar a su disposición–, pasando por la estrategia, la opinión pública –siempre permeada por los medios de comunicación– o el apoyo que reciban las partes involucradas de sus aliados, en especial de aquellos que se consideran potencias militares. Estos son solo algunos ejemplos de las variables normalmente habría que tomar en cuenta, pero su importancia particular varía y cambia en relación a las circunstancias que se manifiesten durante un hipotético conflicto. Es innegable que si Estados Unidos pone en marcha y a todo galope su maquinaria de guerra, es altamente probable que barra al Ejército Bolivariano. El asunto central, a mi juicio, no debería de concentrarse en quién ganará, sino lo que puede perder y ganar la superpotencia.
En palabras de Napoléon Bonaparte, “Para ganar la guerra se necesitan tres cosas: dinero, dinero y dinero”. Sin embargo, desde hace varias décadas la cuestión verdadera ya no consiste tanto en el dinero necesario para hacer la guerra, sino en que la inversión, cuando menos, consiga retornar algo al Estado que ejecuta una invasión. La armada estadounidense (U.S. Navy) y el Cuerpo de Infantería de Marina (U.S. Marine Corps), que ahora mismo llevan semanas en el Caribe con el fin de amenazar al régimen de Nicolás Maduro, se distinguen por ser el pilar del poderío militar estadounidense en todo el mundo. Es innegable que rigen sobre sus mares y océanos, aunque cabe aclarar que los buques y portaaviones son, a menudo, el equipo militar de mayor costo para cualquier ejército, y la cantidad con la que cuentan la U.S. Navy y U.S. Marine Cops supera con creces a la de sus pares en Rusia y China, un hecho que no necesariamente es positivo: mientras que sus principales rivales geopolíticos se empeñan en asegurar sus fronteras, Estados Unidos mantiene un sinfín de compromisos de defensa con otras naciones.
Es difícil comparar la cifra que las tres potencias destinan específicamente a sus armadas navales, puesto que China y Rusia solo publican el presupuesto total que destinan anualmente a su defensa. De cualquier modo, comparar los totales permite hacerse una idea de lo extremadamente caro que resulta para EE.UU. mantener su hegemonía naval –recordemos que suele ser el equipo militar de mayor costo–: según datos del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), el gasto militar de los norteamericanos en 2025 suma 895 mil millones de dólares, mientras que el China y Rusia, segundo y tercer lugar de la lista, se quedan muy por detrás con 266 mil 850 millones de dólares y 126 mil millones de dólares, respectivamente.
A pesar de su amplia ventaja, la guerra siempre implica pérdidas. En tanto que la única forma de invadir Venezuela implica llevar a cabo un desembarco anfibio, buques y portaaviones corren el peligro de sufrir daños significativos. Ni siquiera hace falta hundirlos: el simple hecho de dañarlos genera costos altísimos, y recordemos que Venezuela cuenta con misiles antibuque de fabricación iraní, así como defensas antiaéreas de origen ruso. Y aunque se ha cuestionado en los medios de comunicación si el personal del Ejército Bolivariano cuenta con el entrenamiento necesario para operar estos equipos militares, hay que considerar que en las últimas semanas se ha registrado la presencia de elementos del Grupo Wagner, la organización paramilitar privada al servicio del Kremlin. Todavía se desconoce si están entrenando a los militares venezolanos o si serán ellos mismos quienes, en caso de que el conflicto se desate, operen el equipo militar. No cabe duda de que su intervención directa complicaría mucho las cosas a la U.S. Army, puesto que el daño a sus buques y/o a su portaaviones generaría costos altos que volverían la guerra impopular, incluso antes de cualquier desembarco.
Por otro lado, incluso si el desembarco anfibio fuera ejecutado de manera rápida y eficiente, el ejército estadounidense tendría que atravesar zonas de selva densa; un terreno que favorecería una estrategia guerrillera por parte del Ejército Bolivariano. Es verdad que ni siquiera esto garantizaría, ni por asomo, su triunfo. Para ser sincero, no se me ocurre ningún arma, táctica o circunstancia que permita pensar su situación con optimismo auténtico. No obstante, para efectos de este análisis, resulta irrelevante estimar las probabilidades reales de victoria para la nación sudamericana; lo importante es considerar que un escenario hipotético en el cual sus tropas consigan alargar el conflicto más allá de lo previsto por la Casa Blanca modificaría, de forma considerable, el presupuesto contemplado al inicio. Por supuesto, el gasto extra incluiría un cargo directo para los contribuyentes estadounidenses, además de las posibles bajas entre las tropas de su país. Si este escenario hipotético se materializara, la opinión pública en contra del gobierno de Donald Trump –agravada por la ausencia de garantías y de resultados a corto plazo– complicaría aún más el desarrollo del conflicto para las fuerzas estadounidenses.
Para poner todo lo anterior en contexto, me remito a datos duros sobre la guerra de Irak, cuyo supuesto éxito ha sido, por demás, muy relativo: en términos de nuestro sistema numérico tradicional, el costo de la guerra y el posterior mantenimiento de bases militares en el país del Medio Oriente ha tenido un costo total de 2.2 billones de dólares, de acuerdo con datos del Watson Institute, de la Brown University (Costs of War Project). Sin embargo, entre todas las empresas privadas que se han beneficiado de esta guerra no superan las ganancias de 600 mil millones de dólares. Y, reitero, hablamos solo de ganancias privadas, de las cuales no más del 30% habría acabado en las arcas del Estado. Básicamente, los contribuyentes comunes – sobre todo la clase media– dota a la U.S. Army de toneladas de billetes, pero el ejército solo sirve a los intereses de la oligarquía estadounidense.
Algunos analistas hablan de cómo la Guerra en Irak sirvió para mantener el poderío del dólar. Tomando en cuenta la caída en este año de dicha moneda –más del 11%, su mayor descenso desde los años 70– esta podría ser la causa que impulsó a Donald Trump a realizar una posible invasión a Venezuela. Para que funcionara tendría que acabar en pocas semanas con la guerra y rehabilitar el equipo de extracción de petróleo venezolano. Pero una mala jugada, un golpe de suerte para el Ejército Bolivariano, de la mano con el apoyo de sus aliados Rusia e Irán, podría echar todo el plan estadounidense a la basura. Trump se la está jugando, y se la está jugando en serio.
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