Escasez de empatía en México: ¿reflejo de un gobierno deficiente?

En una encuesta realizada por la Universidad del Valle de México (UVM) en 2022, el 86 % de los participantes declaró que las autoridades son deficientes para atender las denuncias. Además, el 72 % de los encuestados respondió que si un familiar suyo estuviera desaparecido preferiría buscarlo por cuenta propia; solo el 28 % dejaría que las autoridades hicieran su trabajo de búsqueda. Durante los primeros meses del año, la Comisión Nacional de Búsqueda (CNB) ha reportado la localización de 173 personas con vida y el hallazgo forense de 134 cuerpos. No obstante, en agosto de este año se registraron 1,393 casos de personas desaparecidas en México, de acuerdo con cifras oficiales del Gobierno Federal, convirtiéndose en el mes con más desapariciones en la historia del país.
En primera instancia, hay que preguntarnos de qué modo contribuye la minimización, el silencio y la omisión del gobierno, así como de algunos medios de comunicación, en el hecho de que una tragedia de semejante magnitud no termine de insertarse con seriedad en la conversación pública. Se menciona, se conoce de algún modo, pero, entre la población de entidades menos afectadas es irracionalmente común que se le siga concibiendo a esta tragedia como si se mantuviera lejana a nosotros, como un problema que acontece en Guerrero, Michoacán, Sinaloa o Guanajuato y no alrededor nuestro. Ciertamente, cuando no se ha vivido la desaparición de un ser querido en carne propia, la percepción sobre este peligro suele verse disminuida y, si bien es hasta cierto punto comprensible que lo sea, también es verdad que evadir este dolor en los demás o continuar pensando en él como un asunto lejano y muy ajeno puede conducir fácilmente al desinterés y a la desensibilización. Y es así que el problema acaba minimizado por nada más y nada menos que por la propia ciudadanía.
No obstante, para ignorar con tanta facilidad un problema de estas dimensiones es obvio que debe existir cierta negligencia o desinterés por parte de aquellos poderes con mayor influencia en la sociedad. A mi juicio, esta responsabilidad social sin atender inicia en la falla, desinterés o negligencia de los medios de comunicación: frente al tema de las desapariciones forzadas éstos buscan dar la impresión de un abordaje habitual, pero lo cierto es que apenas lo sostienen; no dan a éste asunto el seguimiento y la hondura que requiere. Su mención, con mayor frecuencia, se concentra en picos informativos. Esta forma de tratar la información acaba por normalizar un asunto que bajo ninguna circunstancia debe serlo.
No es sorpresa para nadie que el país atraviesa momentos de inseguridad desde hace mucho tiempo; lo preocupante es la ligereza con la que el pueblo y las autoridades responsables han tomado este caso, causando que este tipo de desgracias ya no duelan tanto o apenas provoquen la indignación que deberían causar. Cada día, las familias pierden a un ser querido y, para la mayoría, es otra noticia más, algo común, pero no debería ser normal. Según la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), por cada 100 personas de 0 a 17 años localizadas, una fue hallada sin vida desde que se tiene registro. En total, 1,143 niñas, niños y adolescentes reportados como desaparecidos o no localizados han sido encontrados sin vida hasta el 5 de septiembre de 2025.
No pretendo que esta columna se convierta en una lección moralista, pero este tema merece nuestra atención. ¿Por qué en México tantos parecen insensibles respecto al tema? Basta un poco de curiosidad y analizar las tendencias digitales de otras naciones con herramientas que están al alcance de todos: VPNs, Google Trends, navegar en grupos y páginas extranjeras, o incluso ir a otro país, para darse cuenta de que lo que sucede en México no sucede en otras sociedades, o por lo menos no con la misma intensidad y frecuencia. Juan Ramón de la Fuente, en su libro Salud mental y violencia colectiva: una herida abierta en la sociedad (2022), sostiene que se trata de un trauma colectivo que ha normalizado la violencia y los discursos que la alimentan, como la música, el humor y algunos programas, entre otras expresiones. Esto, a su vez, causa fenómenos como violencia de género, trata de personas, impunidad, pobreza, debilidad institucional, fractura de familias y crueldad digital.
Conocer el origen del desgarro de nuestro tejido social es complicado, pues no se sabe si esto puede venir desde los tiempos en que los mexicas oprimían a otros pueblos, la conquista y posterior implantación del Virreinato, los tiempos violentos de la Revolución, el sufrimiento impuesto en la época neoliberal del PRI o la guerra contra el crimen organizado. Quizá sea una mezcla de todo esto. Asimismo, el gobierno mexicano ha mostrado desinterés por el valor de sus ciudadanos, remarcando ese reflejo antipático que vivimos como sociedad, evadiendo sus responsabilidades y evitando hablar de los temas de mayor importancia. Un claro ejemplo fue el caso del Rancho Izaguirre, donde madres de familia descubrieron fosas clandestinas sin el apoyo del gobierno. Claudia Sheinbaum, actual presidenta del país, en vez de actuar de inmediato y mostrar empatía, dejó el caso de lado, ignorando el sufrimiento y la urgencia de justicia de las familias afectadas, y afirmó lo siguiente: “Ahora resulta que están dolidos por la situación de desaparición cuando en realidad son parte de una campaña en contra del gobierno. Entonces es otra cosa. Hay que tocarlo en su justo término y también decir quiénes son, cómo lo están haciendo y cuáles son sus razones.”
Finalmente, entre el escándalo nacional del momento en Michoacán, Uruapan, tras el lamentable asesinato de Carlos Manzo el pasado 1 de noviembre, se mostraron una vez más las escalas altas de violencia e inseguridad en el país. La presidenta, Claudia Sheinbaum, se expresó de la siguiente manera, ignorando las necesidades del pueblo: “¿Realmente les importa Uruapan?, ¿realmente les importa Michoacán?, ¿realmente les importa la familia?”
Claro que nos importa. Cada vida importa por igual, sin importar el caso. Aunque el gobierno se divida en diferentes áreas, cuando el secuestro, la trata de personas y la violencia son el pan de cada día, es obligación de quien gobierna actuar inmediatamente. No pueden seguir ignorando al pueblo solo porque no es una prioridad o un caso grande; cada caso importa, cada familia merece justicia y cada joven merece protección. No hay que dejar que el dolor ajeno nos sea indiferente; si ves una noticia, un documental o escuchas de una tragedia, no dudes en compartirlo y en apoyar a quienes lo necesiten.
Hoy, levantar la voz no es un acto de rebeldía, sino de supervivencia. Necesitamos una sociedad en donde pesen más los sueños que el miedo. No hay revolución sin revolucionarios.
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