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Popurrí (2025) es el segundo poemario de Julio Mejía III, quien previamente publicó su ópera prima: Balón de oro (2019).

El arte no siempre tiene que ser solemne; no nos vinculamos con el mundo de esa manera: Julio Mejía III


Por: Ailani Martínez

Durante un tiempo de ocio en el que sostenía una conversación, de pronto se me ocurrió introducir la poesía como tema. No porque el momento se prestara para ello, ni porque mi amigo disfrutara leerla. Sin embargo, al compartir sobre nuestro día, hablé acerca de mis lecturas de la semana y recordé lo mucho que me había causado gracia cierto poema de Popurrí (2025), la obra más reciente de Julio Mejía III, poeta, exalumno de la Universidad de Monterrey (UDEM) y antiguo docente de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad.

Pensé que el poemario sería interesante para mi amigo, dado que disfruta las películas de superhéroes y suele mostrarme videos graciosos, temáticas presentes en Popurrí. Decidí leerle aquel que me había parecido gracioso. A medida que leía el poema en voz alta, se tornó inevitable pensar en lo cómico que resultaba encontrar la mención de la caída de Constantinopla, la de Juan Gabriel en concierto y el viral video de la caída de Edgar en un mismo lugar. Una risa ligera se me escapaba entre los versos que iba declamando. ¿Y cómo no hacerlo? Varios eventos presentes en los poemas eran más que familiares tanto para mí como para mi acompañante, quien me dirigía breves miradas, cargadas de curiosidad, confirmándolo. Aquello era extraño: mostrarle un poema a alguien que no está ni remotamente interesado en el género lírico y, sin embargo, sentirnos tan cercanos a una misma experiencia poética.

Si me pidieran resumir Popurrí, diría que es un juego ingenioso de imágenes dispuestas para que el lector las encuentre en su cotidianidad, las explore sin miedo y las digiera sin perder ni el humor ni la crítica. Esta anécdota es similar a algunas que nos comparte Julio Mejía III en una entrevista en la que además conversamos sobre la jerarquización de la cultura y la inmersión que esta posee tanto en la vida como en el arte.

¿Cómo surgió la idea de Popurrí?

Este libro se publicó el año pasado. Fue beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) de Coahuila, pero su historia se remonta a hace diez años, cuando empezaron algunas de mis primeras exploraciones serias en la poesía.

Una de las cosas que me preocupaba –y que aún me preocupa– es el tema de la cultura y las clasificaciones abstractas y arbitrarias que a veces hacemos: considerar algo como expresión de “alta cultura”, “baja cultura” o “cultura mediática”, cuando en realidad la cultura es algo que experimentamos de manera holística. A raíz del reconocimiento de esta situación, me propuse escribir poemas donde esas relaciones jerárquicas se difuminan.

Respecto a las temáticas de Popurrí –la presencia de elementos de la cultura popular, el uso de ironía y el humor–, ¿por qué piensas que es importante que la poesía haga uso de dichos elementos?

Soy de la idea romántica de que el arte es una de las maneras que tenemos de establecer una relación con el mundo. Por eso mismo, creo que el arte no tendría que ser todo solemne, todo cerebral, porque no nos vinculamos con el mundo únicamente de esa manera. Sí tenemos una dimensión cerebral y momentos de solemnidad, pero también creo que puede haber momentos de ligereza. Una de mis invitaciones es relacionarnos o vincularnos con el mundo a través de la alegría, la risa y la diversión

¿Crees que es un estilo común en la poesía contemporánea? Y de no serlo, ¿qué opinas al respecto?

Es algo que ha estado presente desde siempre. Si revisamos los poemas desde la antigüedad –los epigramas griegos, los de Catulo, los poetas del Siglo de Oro–, siempre ha habido esa dimensión humorística. Siempre se ha reconocido e incorporado, pero tenía un lugar más bien periférico. Recientemente, en la historia de la cultura, se empezó a tomar en serio el humorismo, no como excepción, sino como posibilidad. No obstante, no toda la producción literaria o artística actual está escrita con alegría y humor; hay de todo. Estamos en una época donde coexisten una pluralidad de propuestas, lo que permite que obras que en otro momento se hubieran considerado menores o meras ocurrencias puedan abordarse también con seriedad.

Cuando estaba leyendo el poemario, me dio la impresión de que las referencias de la cultura popular y las alusiones a grandes pensadores se volvían mucho más cercanas. Por ejemplo, en el poema “Batman”, que describe una escena rutinaria, o en “Edgar se cae”, donde aparecen una serie de eventos históricos sobre caídas. ¿Qué papel tiene la cotidianidad en Popurrí para llegar al lector y cómo juegas con ella?

La cultura es un hecho cotidiano, no una dimensión separada de nuestra vida. No es como si lleváramos una vida cotidiana y luego accediéramos a la cultura en ciertos momentos; estamos inmersos en ella todo el tiempo. Cultura es todo: tanto la historia que conocemos y estudiamos como la cultura del arte. Pero también las historietas de Batman lo son, así como los memes y las cosas que ocurren en Internet.

Lees el poema “Edgar se cae” y reconoces el video. De hecho, él conoce este poema. Es algo que me enorgullece: Batman no va a poder leer mi poema, pero Edgar sí.

En algunos poemas, como “Superman”, te apropias de las imágenes y recursos de otros autores para introducir tus propias ideas (pastiche). ¿Cuál es la intención de establecer este diálogo con otros autores de la manera que se presenta en Popurrí?

Vuelvo a lo mismo: la cultura es algo en lo que estamos sumergidos. Olvídate de las expresiones o manifestaciones específicas; la cultura está siempre en diálogo constante consigo misma, siempre se está reconstruyendo. Por ejemplo, decimos que el punto de partida de la literatura occidental es Homero y sus epopeyas: La Ilíada y La Odisea. Desde allí se empiezan a elaborar ciertas formas o formatos de invocación a los dioses para pedir algo a cambio o contar una historia. Ese formato fue más adelante retomado por Safo de Lesbos para escribir poesía erótica. Ese ejercicio del pastiche fue un formato preestablecido. Reorientarlo a otros fines, con otros temas, es una estrategia textual que forma parte de la tradición literaria occidental. Este ejercicio de pastiche, parodia y apropiación lo hacía Sor Juana Inés de la Cruz, que tomaba versos de Luis de Góngora y se apropiaba de ellos o de algunas de sus formas para producir algo nuevo. En el caso del poema “Superman”, sí está el molde de Walking Around de Pablo Neruda y el referente de Superman, pero la combinación de ambos es algo nuevo e inédito.

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El poeta Julio Mejía III leyendo un ensayo de su autoría sobre el sitio que ocupan los poetas en la actualidad, en el marco de un encuentro literario.

Ahora que mencionas el “robo” en la cultura, ¿qué opinas de la tendencia a no querer apropiarse de la obra de otro autor? Incluso hablas al respecto en uno de tus poemas, que menciona referencias en formato APA.

Hay un poema del libro titulado tal cual: “Plagio”. Es un poema de Gustavo Adolfo Bécquer. El tema del plagio y de la autoridad intelectual no es estrictamente de la cultura del arte; más bien es jerga de carácter legal. Muchas grandes obras de la literatura occidental, que es la que conozco con mayor amplitud, no son historias originales. Edipo Rey de Sófocles no lo inventó él, y Sófocles no fue el único dramaturgo que escribió una versión; es la que ganó y se quedó. La historia de Romeo y Julieta de William Shakespeare es exactamente la misma que Píramo y Tisbe. La originalidad no está en la historia misma, sino en el contenido, ni únicamente en la forma, sino en la fusión específica de forma y fondo. Para avanzar en el ámbito de la cultura, creo que debemos replantearnos nuestra obsesión con decir: “yo soy dueño de tales formas o temas”. Deberíamos adoptar una actitud más amplia. Yo puedo hacer el plagio del poema de Bécquer porque prácticamente cualquier persona que lea poesía sabe que ese poema no es mío y el título lo indica. Cosa muy distinta sería si tomara un libro o un poema de Julián Herbert sin  atribución; eso es completamente descarado. Que haya referencia es necesario en la cultura actual y en el arte.

Me llama la atención que involucras al lector en poemas como “Death Note” o en “Fausto”. ¿Hasta qué punto se puede jugar con las formas en la poesía? ¿Es relevante hoy día preguntarnos por ello?

Absolutamente debemos seguir trabajando y replanteándonos la forma. Hay un poeta y crítico literario, Eduardo Milán, que dijo que la novedad en la poesía es de carácter formal. No habrá nada nuevo en lo temático porque los temas son limitados. Lo que sí podemos inventar son nuevas formas y combinaciones. Escribo un poema, “Fausto”, que usa lenguaje jurídico, haciendo referencia a la gran obra de Marlowe y Goethe. La historia pertenece a la humanidad. Entonces vamos un poco sobre lo mismo: lo que hay que buscar son nuevos formatos para seguir hablando de lo mismo.

¿Piensas que la tradición oral de los poemas se ha transformado al jugar con la forma?

Es un hecho consumado. Primeramente, la poesía es anterior a la literatura; ya había poesía antes de la escritura. La gente cantaba antes de escribir. Cuando se empieza a escribir, la poesía se hacía medida y rimada porque la publicación de textos era complicada: era un recurso para facilitar la memorización. Con la llegada de la imprenta, empezaron nuevas exploraciones. En el siglo XIX, Stéphane Mallarmé publicó Una tirada de dados jamás abolirá el azar, con disposiciones tipográficas que nunca antes se habían usado. Hoy, con la poesía digital, hipervínculos y generación aleatoria de palabras, estas exploraciones se amplían.

Tras leer el poema “IA”, me pregunté si la razón por la cual las inteligencias artificiales hacen poemas más convencionales es que aún pensamos la poesía de manera convencional: estética, con lenguaje figurativo en exceso. ¿Qué opinas de esto? ¿Piensas que la poesía de Popurrí nos acerca al género?

Completamente. La Inteligencia Artificial está hecha a nuestra imagen y semejanza: nosotros la alimentamos. Terminará replicando muchos de nuestros prejuicios. Ese poema fue escrito tal cual. Le pedí a ChatGPT: “Escribe este poema… luego pásalo a otro modelo para tallerearlo”. Y así varias vueltas. El texto original estaba muy feo; el producto final también me parece chafa. No emito un juicio de valor, pero creo que la IA tiende a lugares comunes y clichés. La poesía es creación, y los modelos de lenguaje imitan, no crean. Se requiere voluntad para crear algo.

Si pensamos en personas que no leen poesía, ¿consideras que la propuesta de Popurrí las acerca?

No creo que muchos poetas o artistas aspiren a alejar a la gente de su trabajo. Yo sí aspiro a crear puentes. Me interesa por mi propia experiencia: yo no era un niño que decía: “A los siete años ya leía a Homero”. No: veía caricaturas, jugaba videojuegos y me introduje a la literatura más grande. Siempre sentí esa distancia. Por mucho tiempo estudié Letras y me sentía dividido entre mis intereses intelectuales y los de mi cotidianidad. Por un lado, la universidad, los filósofos y la cultura occidental; por otro, videojuegos, caricaturas y películas de acción. ¿Por qué sentirme separado? ¿Por qué pensar que para acceder al mundo de la literatura y el arte se requieren estas categorías? No me gustaba. Trato de crear estos apuntes. Te comparto un par de experiencias: sobre mi primer libro, Balón de oro (2019), muchas personas que nunca habían leído poesía lo leyeron con gusto porque entendieron las referencias y las ideas. Con Popurrí me pasó algo parecido durante su presentación en la Feria Internacional del Libro de Monterrey: la gente se detenía al escuchar poemas sobre “Batman”, la caída de Edgar o el jazz, aunque normalmente no leyeran poesía. Hasta ahora he escuchado buenos comentarios al respecto.

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