8M: el monumento se repara; una vida, no

En los últimos años, las protestas feministas en la Ciudad de México han dejado imágenes que generan revuelo en las audiencias: monumentos cubiertos de pintas, nombres escritos sobre mármol, consignas en pedestales que durante décadas parecieron intocables. El caso más emblemático fue el del Ángel de la Independencia, que fue intervenido con frases en las que se denunciaban los feminicidios, así como la impunidad y la violencia en torno a ellos. Las fotografías circularon rápidamente en redes sociales y medios de comunicación, acompañadas de comentarios que lamentaban el “daño” al patrimonio. Sin embargo, detrás de esa indignación surgió una pregunta polémica: ¿por qué parece preocupar más una estatua pintada que la pérdida de vidas que impulsó esa protesta?
Los monumentos son símbolos construidos para preservar el pasado, para recordar aquello que una sociedad considera importante. Su valor no es solo material, sino también histórico y cultural. Por eso, cuando son intervenidos, la reacción es inmediata. Se habla de vandalismo, de pérdida, de falta de respeto. Sin embargo, esa misma urgencia no siempre aparece cuando se habla de feminicidios, desapariciones o violencia sistemática contra las mujeres.
Una escultura cubierta de pintura genera titulares, debates televisivos y condenas públicas. Pero las cifras de violencia, que representan pérdidas irreparables, pocas veces provocan reacciones con semejante intensidad emocional. Esto no significa que el patrimonio carezca de valor. Lo tiene. Sin embargo, el contraste es inevitable. Un monumento puede limpiarse, restaurarse, devolverse a su estado original. No sucede lo mismo con una vida perdida.
El arte como voz de los oprimidos
Una de las características más importantes del arte es que constituye un medio de expresión. A través de su obra, un artista comunica ideales y principios de diversa índole; para ello, dota a la obra de un significado que supera la literalidad, lo explícito o el sentido único.
Hay personas que consideran que la intervención de monumentos y obras de arte como forma de protesta es una falta de respeto hacia la historia que representan. No obstante, cabe repensar este asunto: se trata de obras históricas que cuentan las adversidades y dificultades superadas a lo largo de los años. ¿Por qué no integrar estas intervenciones como parte de la historia de manera objetiva, en lugar de calificarlas únicamente como vandalismo, si hablan de un problema tan grave como la violencia contra las mujeres en la actualidad?
A final de cuentas, las intervenciones realizadas durante estas protestas también son una forma de expresión cuyo propósito es evidenciar una injusticia.
Efectividad de las protestas
Es más fácil condenar una pinta que confrontar una injusticia. La pintura es visible, inmediata, tangible. La violencia estructural, en cambio, es compleja, incómoda y persistente. Aun así, estas intervenciones generan visibilidad mediática y resignifican símbolos públicos, aunque su efectividad es debatida: en ocasiones eclipsan las demandas debido al enfoque en los daños patrimoniales, provocan criminalización, el retiro rápido de las pintas y críticas por no lograr cambios políticos concretos, al menos no de forma inmediata.
El movimiento feminista en general sí ha transformado la cultura y las leyes. Pese a las controversias por la destrucción patrimonial, estas intervenciones están logrando su cometido: las mujeres, sus historias y sus familias están siendo escuchadas. Muchas personas se preguntan: ¿por qué, en los últimos años, el término “feminista” se ha visibilizado más? ¿Por qué se observan más protestas y mujeres marchando en las calles cada 8 de marzo?
Durante décadas ha habido protestas pacíficas, sin intervenciones ni “vandalismo” por parte de las manifestantes, ni violencia por parte del gobierno. Un ejemplo fue la protesta feminista pacífica de los años ochenta en México: la Marcha del 8 de marzo de 1988 en la Ciudad de México, organizada por grupos feministas como Mujeres en Acción Solidaria, recorrió calles del Centro Histórico con cientos de mujeres que exigían igualdad salarial, derechos reproductivos y el fin de la violencia doméstica, utilizando pancartas y consignas, sin incidentes.
Y como esa protesta, han existido muchas otras a lo largo de la historia. Las feministas han intentado alzar la voz de distintas maneras para ser escuchadas; sin embargo, sabemos que las protestas que más se recuerdan son aquellas que, en algún punto, generan suficiente tensión para convertirse en tema de conversación pública, ya sea de manera negativa o positiva.
Gracias a ese tipo de protestas feministas en México se han logrado leyes clave como la «Ley Olimpia» (contra la violencia digital), la «Ley Ingrid» (contra las filtraciones de datos de víctimas), la «Ley Malena» (contra los ataques con ácido como tentativa de feminicidio) y la «Ley 3 de 3» (que impide las candidaturas de violentadores). Además, se ha avanzado en la despenalización del aborto en varios estados y en la promoción de la paridad de género en cargos públicos. Culturalmente, también han contribuido a visibilizar los feminicidios, impulsar la sororidad y cuestionar el machismo en medios y espacios públicos.
Estos avances demuestran que la protesta sí transforma realidades. No obstante, cada derecho conquistado también evidencia la profundidad de las violencias que aún persisten. A las feministas se les suele presentar como mujeres violentas o exageradas, y a menudo se les ridiculiza en redes sociales por exigir no solo justicia, sino también la posibilidad de seguir con vida.
Las protestas de siglos pasados hablaban de mejores salarios, oportunidades para ejercer el voto o acceso a la educación, entre otros conflictos. Hoy, al menos en México, la lucha feminista busca evitar desapariciones o asesinatos por el simple hecho de ser mujer. Por eso considero que es comprensible que la intensidad de estas protestas aumente, ya que la consecuencia de aquello que se denuncia es irreparable.
Una pintura puede borrarse. Un monumento puede restaurarse. Pero una injusticia ignorada deja una marca mucho más profunda que cualquier intervención. Tal vez el verdadero problema nunca fue la pintura sobre el mármol, sino aquello que obligó a escribirla.
Con el objetivo de motivar la participación ciudadana y para garantizar un tratamiento informativo adecuado frente a los contenidos presentados, los invitamos a escribir a agencia2@udem.edu en caso de dudas, aclaraciones, rectificaciones o comentarios.
