El lado oscuro de BookTok


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Por: María Daniela Núñez

Para quienes no pasan demasiado tiempo en TikTok, BookTok puede sonar como otro rincón inocente de internet. En realidad, es algo más específico: una comunidad dentro de la plataforma donde los usuarios hablan de libros. Bajo el hashtag #BookTok, miles de creadores publican videos cortos recomendando novelas, reaccionando a finales que los dejaron sin piso o mostrando las lecturas que, según ellos, cambiaron algo dentro de sí.

El formato funciona como una cerilla. En menos de un minuto, alguien dice que un libro “los destruyó emocionalmente”, el algoritmo lo empuja y el fuego se extiende solo: lectores corren a las librerías, mesas enteras se llenan de títulos virales y una novela que nadie conocía la semana pasada aparece, de repente, en todas partes. El hashtag acumula más de 200 mil millones de visualizaciones. Para la industria editorial, ha sido como encontrar agua en el desierto, después de años en los que se habló de la muerte de la lectura.

Sin embargo, el entusiasmo tiene una grieta. La pregunta incómoda no es si BookTok hace que la gente lea más, sino qué tipo de lector está formando. El problema comienza con el propio formato. TikTok recompensa lo que arde rápido: contenido emocional, compartible, sin aristas. En ese ecosistema, la literatura profunda no tiene mucho oxígeno. La mayoría de los videos son escaparates, no conversaciones: un libro “vale la pena”, fue “la mejor lectura del mes”, te va a “romper el corazón”. Las reseñas negativas son raras; el pensamiento crítico, casi un lujo. La conversación sobre libros empieza a tener la misma textura que la recomendación de un sérum facial.

Las historias también se achatan. En BookTok, muchas recomendaciones se reducen a sus tropes: enemigos que se enamoran, romances prohibidos, relaciones peligrosas. Es una forma de etiquetar que ayuda a encontrar lo que uno busca, pero que también deja fuera todo lo que no cabe en una etiqueta. El estilo, los temas, la complejidad de los personajes: todo eso se vuelve ruido frente a una fórmula que ya demostró funcionar. Y cuando una fórmula funciona, la industria la aprende. Autores y editoriales empiezan a escribir con un ojo puesto en el algoritmo, diseñando historias con los ingredientes correctos para volverse virales. La literatura, lentamente, empieza a parecerse a su propio tráiler.

La crítica más pesada, sin embargo, apunta a otro lado. Una parte considerable del contenido de BookTok gira alrededor del dark romance, un subgénero donde el amor se construye sobre cimientos de abuso físico, verbal y psicológico, celos posesivos, coerción y dinámicas de poder profundamente desequilibradas. Personajes manipuladores, controladores o agresores se presentan como intereses románticos que solo necesitan ser comprendidos, como si el daño fuera apenas una capa de pintura sobre algo rescatable.

El caso más visible es el de Colleen Hoover. Sus novelas han dominado listas de bestsellers durante años, sostenidas en buena medida por BookTok, pero también han sido criticadas por la forma en que retratan el abuso. En It Ends With Us, el protagonista ejerce violencia contra la protagonista, y su comportamiento se enmarca con frecuencia como profundidad emocional más que como lo que es. La literatura siempre ha habitado áreas oscuras, y eso no es, en sí mismo, el problema. El problema es presentar esas áreas como destinos románticos.

Hoover no es un caso aislado. Dentro de BookTok se ha formado algo parecido a un canon no declarado: un puñado de nombres que aparecen una y otra vez como lecturas casi obligatorias. Colleen Hoover y Sarah J. Maas, por ejemplo. Un círculo pequeño que parece casi obligatorio, como si se tratara de una lectura requerida. Nuevos usuarios entran a la plataforma, encuentran siempre los mismos libros, los leen para poder participar en la conversación, y la conversación sigue girando alrededor de los mismos títulos. Es un ciclo interminable.

En el caso de Sarah J. Maas, una de las autoras de fantasía más populares de la plataforma, las críticas apuntan a algo similar a lo que rodea a Hoover: historias que construyen el romance sobre cimientos potencialmente peligrosos para audiencias jóvenes. En reseñas de sus libros en Goodreads, lectoras han señalado escenas con manipulación emocional, relaciones profundamente desiguales, situaciones sexuales que rozan el no consentimiento, todo envuelto en el papel de regalo de una fantasía romántica intensa. El problema no son las narrativas complejas en sí, sino que no se catalogan como oscuras, sino como románticas.

Esto pesa más cuando se considera quién está del otro lado de la pantalla. BookTok está conformado, en su mayoría, por jóvenes, muchas veces adolescentes. Las advertencias sobre contenido son poco descriptivas y ambiguas. Novelas con violencia extrema o sexualidad explícita se recomiendan con la misma ligereza que una comedia romántica, y lectores muy jóvenes terminan entrando en historias para las que nadie los preparó.

Nada de esto cancela lo que BookTok ha logrado. Hacer que millones de personas hablen de libros todos los días no es poca cosa. Dentro del mismo ecosistema existen creadores que intentan ensanchar la conversación, recomendar autores distintos, leer con más cuidado. Pero precisamente porque tiene tanto peso cultural, vale la pena preguntarse qué está construyendo. Si la lectura se convierte en otro producto optimizado para el algoritmo, reducido a fórmulas que se repiten hasta gastarse, entonces el problema no es cuánto leemos. El problema es que estamos aprendiendo a leer peor.

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