
“El olvido es lo que se le ofrece a otro, un regalo que se le hace desde el duelo”: Alberto Villarreal
Por: Daniela Regil
Entender el amor es una de las tareas más complejas y simples a la vez. Mientras que unos permiten que el significado de la palabra fluya con la naturaleza de los sentimientos, otros deciden observar y cuestionar con mayor detalle, queriendo entender y descifrar cada matiz.
Usualmente el amor se asocia con lo bello, lo intenso y lo puro, pero también es doloroso y quizá puede ser violento. En “Te daré el olvido” —publicado en septiembre de 2025— encontramos el consuelo de aquellos que no temen amar en voz alta aunque eso implique salir lastimados, porque aquello que hoy nos provoca dolor en algún momento fue motivo de dicha y alegría. No olvidamos lo que sucedió, ni tampoco a las personas que nos marcaron, pero sí podemos atravesar un duelo, un regalo que le hacemos al otro. Y en ese proceso se puede nombrar y transformar todo ese mar de pensamientos y emociones en algo más, como un poemario.
Pero entender cómo amamos es complejo y puede estar ligado a una búsqueda de identidad. “Te daré el olvido” nos muestra también una perspectiva que nos invita a explorar y reflexionar cómo es que aman los hombres y si realmente está ligado a lo violento solo por una cuestión de masculinidad.
Alberto Villarreal, escritor originario de Monterrey y autor de este libro, nos cuenta sobre su proceso interno al plasmar sus ideas y dudas dentro de cada palabra que conforma este poemario. Un proceso que implicó toparse con emociones incómodas y dolorosas, y lo hizo tomar su papel de poeta para observar los diferentes colores que puede llegar a tener el amor, siendo además consciente de que observar algo no es garantía de poder entenderlo y de que siempre se puede seguir aprendiendo.
En “Te daré el olvido” hablas de mirarte al espejo y seguir sintiéndote como un niño, aunque sabes que ya eres un hombre. ¿Cómo ha cambiado tu relación con lo sentimental desde esa niñez hasta ahora?
Un montón. Escribir es lo que me permite tener registro de todos estos cambios. Por ejemplo, si leo mi primer libro puedo ver que era otro Alberto, no solo en el ámbito de la escritura, sino también en lo personal. En mi libro anterior hablo de mi proceso y acercamiento al psicoanálisis y eso me ayudó mucho a conocerme y entender cómo amo, pero sigo sin comprender muchas cosas. Al inicio de este libro hablo sobre el dilema de si los hombres tienen que amar desde lo violento porque la violencia siempre está ligada a lo masculino. Hacer este tipo de preguntas me ayuda a entender quién soy en lo amoroso. A decir verdad, no tengo claro qué cosas específicamente han cambiado. A veces podemos observar y señalar algo, pero no siempre podemos explicarlo y entenderlo por completo. Sin embargo, sí me siento en un mejor lugar, ya que he aprendido a gestionar mejor algunas emociones y la forma en la que me relaciono con los demás.
En varios poemas se siente una lucha entre lo que significa ser hombre y lo que implica sentir. ¿Qué te ha enseñado este libro sobre la masculinidad y las emociones?
Yo siempre he sido una persona bastante exhibicionista de emociones. No soy un hombre al que le enseñaron a ocultar lo que siente. Lo he hablado mucho en el psicoanálisis últimamente porque sentía que tenía que categorizar lo que es masculino y lo que es femenino. Sobre todo porque las personas a mi alrededor están formando familias, veo a mis amigos que ya están siendo padres o que se están casando y yo, que no sé si es un camino que deseo seguir, los veo y cuestiono el papel del hombre desde el exterior. Hablando de este tema, les preguntaba: ¿Qué hombre quieren que sea para ellos? Algunos me decían que no buscaban a un hombre, sino a un amigo o a una persona en la que se pudieran apoyar. La búsqueda de lo masculino, para mí, era una búsqueda de identidad. Era muy fácil saberme hombre y, desde ahí, intentar entender cómo amar desde lo masculino, pero con el tiempo esas creencias se han ido cayendo. No siento que lo masculino tenga una relación en mi forma de amar, simplemente no interfiere. Soy Alberto, más allá de ser hombre.
Uno de tus poemas dice: “Has vivido la pérdida, ya no puedes ser hombre, tienes que ser poeta”. ¿Qué significa para ti esa transformación?
La búsqueda de identidad. ¿Quién soy? Soy Alberto y escribo, entonces soy poeta. Soy Alberto y soy hombre, entonces tengo que amar desde lo masculino. Mucho de mi proceso con el psicoanálisis también es saber cuál es el papel del poeta en mi vida. Mi psicoanalista me dice que veo el amor como un poeta y eso me puede traer algunos problemas, por ejemplo querer este amor idealizado, este amor que se viviría en una novela o en un poema, entonces también quería desmenuzar un poco cuál era esa parte de Alberto, del yo lírico. Sí creo que a veces la tarea del poeta y del escritor tiende a ser más de observar. Observarse queda en un papel pasivo, estás desde atrás y dejas que el mundo fluya sin tomar acción. Quiero encontrar ese equilibrio entre poder desapegarme del Alberto poeta y ser una persona más completa, sin tener que estar eligiendo qué Alberto quiere salir en ese momento, sino que estén siempre integrados.

Mencionas a Dios varias veces como alguien que te ayuda, pero también como alguien que te condena. ¿Cómo influye tu relación con lo espiritual en la forma en la que escribes y sientes?
Nunca he sido una persona muy creyente. Entonces, el dios que elegí para ser el acompañante del yo lírico es este dios de la poesía, pero también es el dios del sol. Al ser de Monterrey, el sol siempre ha estado presente y me viene a la mente este poema de Alfonso Reyes que dice: “En mi infancia nunca hubo sombra, sino resolana”. Incluso, en los momentos de sombra hay algo de sol. Entonces, para mí, el sol siempre ha sido un elemento presente en mi literatura y en mi vida. Solemos buscar en el otro el consuelo y el abrazo porque nos sentimos desprotegidos. Cuando nacemos lo buscamos en nuestra madre, pero luego, cuando crecemos, nos damos cuenta de que nuestros papás son humanos.
A veces podemos sentirnos no tan protegidos porque entendemos que no pueden protegernos de todo, por lo que buscamos más allá y lo que encontramos es ese dios o esa fuerza espiritual que se puede representar de muchas maneras. En este caso, yo elijo al dios Apolo. Quería explorar cuál es el papel del otro yo —Dios, la naturaleza, el universo— en la forma en la que amamos y nos relacionamos con los otros, al igual que en la manera como repetimos estas acciones, que quizá nos lastiman también. Podemos caer en seguir patrones y el dios del libro también se muestra humano de alguna manera.
Es así como descubro que para mí realmente no existe algo superior y que todos estamos un poco a la deriva navegando en el mundo y eso me da mucha paz, entender que nada es tan grande como puede parecerlo y que estamos aquí existiendo. Ese es el papel del dios en este libro: enfrentarnos con la grandeza, pero entendiendo que hay humanidad en todo eso.
El libro está dividido en tres secciones: el sueño, el despertar y la muerte. ¿Cómo fue que decidiste dividirlo de esta manera?
Uno de los temas es el olvido e inicia con la pérdida del amor y creo que cuando sucede esto la sensación es un poco de estar viviendo en un sueño, no crees lo que está ocurriendo. Dejas de reconocer quién eres porque la vida cambia muchísimo, ya no compartes los espacios, la rutina, nada. Entonces, estás en el sueño, despiertas, y después te encuentras con la segunda parte del poemario, donde tenemos un nuevo amor. Una persona diferente que te muestra lo que puede ser el amor y te hace despertar a esas nuevas emociones, además de entender quién eres, de qué forma amas, y si has olvidado o si el recuerdo te va a seguir acompañando toda la vida. Y la muerte, es la muerte de las expectativas y de las ilusiones. Al final del poemario el personaje queda sumergido en un ojo, donde todo lo está observando y se da cuenta que no ha comprendido nada sobre el amor y que probablemente será difícil entenderlo por completo. Así, solo le queda observar como un poeta, como una maldición. Por eso lo dividí así, quería que se manifestaran esas partes del conocimiento amoroso y de la ruptura.
Otro de tus poemas dice: “solo puedo amar lo que está herido” y hablas de que no hay amor sin dolor y de cómo el amor se representa muchas veces desde la violencia. ¿Me puedes compartir un poco de la reflexión detrás de ese poema?
Este poemario nace después de “Nada nunca termina”, mi último ensayo, y todo el mundo me decía que era un libro de terror, por lo que me empecé a preguntar por qué nos aterra el amor. A mí no me aterra, a veces sí, pero en general no. Sí siento que el amor puede ser violento, no necesariamente desde lo físico, sino porque te presenta cambios y estos pueden ser violentos. Te puede cambiar tu percepción propia o la que tienes de lo que te rodea.
En los epígrafes del libro hay frases que comparto de otras autoras, que también van con esa visión violenta del amor. A veces amamos lo que nos lastima, a veces amamos lo que no conocemos, aspectos que no serían lo ideal. Aunque yo no vivo el amor desde ese lugar, quería explorarlo desde esa perspectiva: ¿qué sucede si el amor sí es una historia de terror?, ¿qué sucede si el amor sí nos lastima?, ¿qué sucede si el recuerdo no nos suelta y no permite avanzar?, ¿qué sucede si, como hombres, no podemos despegarnos de esta masculinidad?
Yo no soy esa persona que ama desde la violencia. Solo quería explorarlo desde fuera de mí, desde lo que los lectores me estaban diciendo que encontraban en el libro, ese terror. Una persona me comentó, respecto al título del libro, que el olvido es la única venganza y el único perdón, y creo que me quedo con esa frase para definir lo que es el libro. Entender también que el olvido es lo que se le ofrece a otro, que es un regalo que se le hace desde el duelo, desde este proceso de superar los dolores.
Al inicio mencionas que el 8 es un número que te ha acompañado y que es significativo para ti. ¿De qué manera está presente en este libro?
Se presenta como un guiño en algunas partes. Hay un poema que dice que la playa más cercana está a 388 kilómetros. Y el libro lo terminé de escribir el 8 de mayo. Obviamente, me esperé. El 5 de mayo pensé: “espérate tantito para poner punto final”. Hice un poco de trampa. El 8 es mi número favorito. Yo nací el 8 del octavo mes, que es agosto. Para mí es importante crear narrativas o historias a las cuales aferrarme y que le den un poco de sentido a mi vida. Por eso agarré el 8 y ya no lo solté. Me ubica en un lugar, me ubica en un calendario, me da un poco de tierra y me aferro a esas cosas. Como las naranjas, que también son un elemento que está presente en mi literatura. He escrito de ellas en el pasado porque en la casa de mis abuelos hay un naranjo en el patio y ahí me la pasaba todo el tiempo. Me ubica en lo familiar, pero también en lo personal. Me ayuda a entender quién soy porque me recuerda quién era en el pasado. Hay elementos a los que me aferro porque me dan un poco de centro y el 8 es uno de ellos.
Por último, si el dolor fue el punto de partida para escribir “Te daré el olvido”, ¿qué fue lo que encontraste al final del capítulo?
Dolor. Creo que el dolor sigue, solo que se va transformando. A mí me funciona siempre escribir sobre esas cosas que me duelen o no entiendo porque me ayuda a comprenderlas y a aligerar los dolores. Creo que el dolor no se va realmente, así como el recuerdo no se va para siempre y nada nunca termina, pero hay que decir adiós. Para mí, el dolor permanece. Esas cosas que nos duelen, nos siguen doliendo aunque no sea un dolor tan fresco. Siguen existiendo marcas de esos dolores y, para mí, eso se convierte en literatura. Sin embargo, cada persona puede encontrar en qué transformar su dolor. Como este libro, que es la manifestación del dolor, una manifestación física. A todos nos toca buscar la manera de sacar el dolor de nosotros, pero a su vez seguir viéndolo porque nos recuerda quiénes somos. Las cosas que nos duelen marcan mucho quiénes somos y no hay que olvidar quiénes somos.
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