La tragedia de Trump: el precio a pagar por el conflicto en Irán


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Por: Enrique García Quiñones

En la tragedia de Agamenón se dramatiza un episodio oscuro e intrigante de la guerra de Troya: el líder griego sacrifica Ifigenia –su hija– para ganar el favor de los dioses en su incursión contra los troyanos. La victoria en Troya se consumó con un sacrificio de la casa de Agamenón. Caso contrario parece ser el de la guerra emprendida por los estadounidenses —en colaboración con Israel— contra Irán: no hay victoria a la vista, pero ya hay sacrificio en Estados Unidos.

El 28 de febrero del año en curso, Donald Trump ordenó el lanzamiento de una de las operaciones militares más intrépidas en la historia reciente de Estados Unidos. Sin la debida aprobación del Congreso, la tempestiva lluvia de cohetes tenía el presumido propósito de fulminar el régimen teocrático iraní. Sin embargo, la narrativa oficial se ha ido difuminando en dimes y diretes que terminan por socavar todo intento de racionalizar la decisión del presidente.

Mientras la mayor cuenca petrolera del mundo arde sin cesar, el fuego comienza a provocar estragos en los estadounidenses, quienes se preguntan si esta guerra realmente representa el America First que Trump repetía en su campaña. Ha transcurrido más de un mes desde el inicio de la guerra contra Irán, y la Oficina Oval aún no ha sido capaz de responder a las grandes preguntas del público: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿cómo y cuándo terminará? En los primeros momentos tras el inicio del conflicto armado, la mejor respuesta oficial apuntaba a una “sensación de que Irán atacaría primero”.

Así como Agamenón sacrificó a su hija para asegurar la victoria de su ejército en Troya, Trump ha sacrificado la economía doméstica de su país a cambio de una operación militar sin objetivos claros ni causas convincentes.

Semanas atrás, tan pronto como empezó la guerra, la Guardia Revolucionaria Islámica bloqueó con minas el estrecho de Ormuz, imposibilitando el paso de navíos por uno de los corredores petroleros más importantes del mundo. Posteriormente, mientras una quinta parte del comercio mundial de petróleo se encontraba atascada en la región, Irán apuntó sus cohetes a las instalaciones petroleras de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Catar.

Como consecuencia de los ataques a industrias petroleras de países ubicados en el Golfo Pérsico, se ha desatado una catástrofe energética. Su principal efecto se relaciona directamente con el encarecimiento súbito del crudo: solo en marzo del presente año, su crecimiento porcentual superó el 60%. Es un incremento descomunal: el precio del barril pasó de 72.8 dólares —su precio en febrero— a 103.7 dólares al cierre de marzo.

La crisis no tardó en impactar los precios de la gasolina en el interior de EE. UU., donde sufrió un incremento porcentual superior al 25% en un mes. Es el aumento más repentino en la historia reciente del país, según información de la Administración de Información Energética (EIA). La presión sobre el consumidor estadounidense ha llevado a expertos como James Knightley, economista jefe internacional de ING Group, a advertir sobre una inflación del 4%. Asimismo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD) pronostica un índice inflacionario del 4.2%, un incremento respecto al 2.7% registrado el año pasado.

La tragedia de Agamenón se teje sobre la ambivalencia de una guerra que, ante los ojos de los aqueos, tenía sentido. El drama de Trump es acaso más trágico porque la guerra que declaró contra Irán carece de sentido alguno para los estadounidenses. El sacrificio realizado por Agamenón, si bien es considerado abominable e indeseable, se percibe como una especie de mal necesario y justificado para alcanzar la victoria en una guerra a la que su ejército atribuye causa y fin. Trump no corre con la misma suerte: sacrifica la economía de su país sin definir objetivos, declarar causas ni establecer un plan que convenza a la comunidad estadounidense de que este conflicto es por America First.

Para Agamenón, la muerte de su hija devino en la venganza de su esposa. Clitemnestra decidió que para ella la victoria no valía tanto como la vida de Ifigenia, y su dolor de madre la condujo a asesinar a su esposo.

Las elecciones de medio término se aproximan y, lentamente, la plataforma sobre la que Trump construyó su triunfo político se ve sacudida por la inconsistencia de sus respuestas —por no decir la ausencia de ellas— y por una inminente crisis económica. De hecho, el conflicto con Irán erosiona poco a poco una de las bases de apoyo que más simpatizaron con la retórica de Trump: la comunidad militar, que mientras intenta asimilar la conmoción causada por la abrupta decisión de ir a la guerra, no recuerda haber visto el intervencionismo en la lista de propuestas del Plan MAGA.

La primera fisura la encarnó Joe Kent, ahora exdirector del Centro Nacional de Contraterrorismo (National Counterterrorism Center o NCTC, por sus siglas en inglés), quien renunció a su puesto a mediados de marzo como protesta hacia la guerra contra Irán. En su carta de renuncia, afirmó que no estaba dispuesto a apoyar una guerra que no sirve a los intereses de los estadounidenses, lo cual desató una serie de reacciones adversas hacia su persona.

Mientras Trump celebró la partida de Kent, la excongresista republicana Marjorie Taylor Greene salió en defensa de Kent ante los medios y destacó su heroísmo. Desde 2025, Marjorie encabeza la lista de republicanos disidentes del trumpismo y representa la manifestación de una grieta en lo que parecía ser un movimiento político hermético, hegemónico y consistente.

La segunda fisura vino de la mano de Pete Hegseth, Secretario de Defensa de Estados Unidos, al despedir a los generales Randy George, David M. Hodne, William Green Jr. y James J. Mingus, todos líderes veteranos de las guerras de Irak y Afganistán.

Estas dimisiones han revelado una fractura al interior del movimiento MAGA. La pregunta es si la Clitemnestra de esta historia cobrará venganza en las cada vez más cercanas elecciones de medio término.

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