«Hoopers» y sus similitudes con la situación actual de Nuevo León


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Por: Andrés Delgadillo

No es ninguna noticia que el cine animado ha mejorado significativamente en los últimos años, y no me refiero solamente a la calidad y a las innovaciones en la manera de animar, sino también a los guiones que se escriben para este tipo de cintas. Cada vez vemos películas más profundas, con propuestas y mensajes mucho más maduros, sin dejar de atraer la atención de los más chicos.

Desde luego, esta evolución ha tenido una presencia notable en aquellas películas desarrolladas por grandes estudios. La lista es enorme, pero vale la pena destacar algunos ejemplos: Sony, con Spider-Man: A través del Spider-Verso (2023); Netflix, que ha mostrado propuestas más arriesgadas, entre ellas Pinocchio (2022) y Las guerreras K-pop (2025); o DreamWorks, con Un robot salvaje (2024). Sin embargo, como era de esperarse, el estudio que ha evidenciado el mayor desarrollo en la calidad de sus películas animadas es Disney-Pixar: Soul (2020), Intensamente 2 (2024) y Red (2022) son apenas una muestra de las mejores producciones lanzadas por dicha compañía en años recientes.

Llama poderosamente mi atención el caso de Disney-Pixar por un motivo adicional. Sucede que, desde su creación en 1986 y durante la mayor parte de su existencia, el estudio se caracterizaba por su tendencia “conservadora”. No obstante, en los últimos años ha dado un giro de 180 grados al ajustar el tipo de mensajes que desea transmitir con sus cintas animadas. Algunas personas llaman a esta tendencia woke, acompañando su atribución de un tono peyorativo; otros van más allá y señalan la aparición de lo que consideran “inclusión forzada”. Pero si algo podemos destacar de sus proyectos recientes es que, en definitiva, se observan intentos por generar una reflexión profunda en torno a problemas y situaciones actuales. Para ejemplificar lo anterior, ofrezco a continuación un análisis de Hoppers (2026), uno de sus últimos estrenos.

La historia de Hoppers sigue a Mabel, una joven amante y activista social de los animales y del medio ambiente, quien descubre una tecnología revolucionaria que permite a los humanos transferir su consciencia hacia animales robóticos. Mabel usa esta tecnología con la intención de salvar un cuerpo de agua, antiguo hogar de muchos animales, que corre el peligro de desaparecer. El gobierno del alcalde Jerry pretende reemplazarlo con una obra de construcción.

Con toda seguridad, para muchos habitantes de Nuevo León –incluyéndome–, esta trama posee una resonancia poderosa, dado que tiene algunas similitudes con una problemática real y actual de nuestra entidad: la lucha por el cuidado del río Santa Catarina. Solo que, a diferencia de los acontecimientos en la cinta animada, los problemas que enfrenta nuestro propio cuerpo de agua no son para nada recientes.

Nuestro río ha sufrido numerosas afectaciones causadas por la intervención humana desde mediados del siglo pasado. En la década de los 40, la presencia de graves inundaciones condujo a encauzar su corriente en línea recta. Hasta aquel momento, la intervención del río Santa Catarina no parecía un problema importante. Sin embargo, esta decisión acabó por generar la imagen de un río seco y sin vida en el imaginario colectivo neolonés. Esta falsa noción ha traído consigo más de un problema.

La idea de que el Santa Catarina es un río seco impulsó al pueblo regiomontano y al interés empresarial a ocupar su espacio para desarrollar toda clase de actividades comerciales, como canchas de fútbol, pistas de go-karts, mercados, estacionamientos y hasta una carpa de circo. La instalación de estos establecimientos partía de un principio erróneo: dado que aquel era un espacio muerto, más valía aprovecharlo con fines de lucro y entretenimiento. El mismo espacio que la ciudadanía reconoce como un río peligroso debido a las numerosas inundaciones ocasionadas por el paso de huracanes.

Gracias a este trío de ideas preconcebidas, la ciudadanía ha perdido el interés por cuidar este espacio natural, ignorando –y en algunos casos apoyando– el daño al ecosistema causado por obras realizadas en el interior del río. Sí, leíste bien: hay un ecosistema en el río Santa Catarina. Y en él habitan alrededor de 600 especies entre flora y fauna. De hecho, en 2018 comenzó a registrarse la presencia del castor americano en el río, una especie que se creía extinta en Nuevo León y que, por cierto, aparece como el animal principal en Hoppers.

Aquí es donde empiezan a resaltar las similitudes entre la película y la situación del río Santa Catarina: un cuerpo de agua que alberga vida y que es un ecosistema dentro de una metrópoli se ve afectado y en peligro de desaparecer por obras hechas por el gobierno y promovidas por el gobernante más popular de la ciudad. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Pero aguarda: los paralelismos entre la película animada y nuestra realidad no han terminado. Sucede que en la vida real contamos con nuestra propia Mabel. O quizá sea más adecuado hablar de “mabeles”. Al igual que en la cinta, existen personas que se preocupan y luchan por el cuidado del río y de todo lo que conlleva. El movimiento Un río en el río se conforma por organizaciones, colectivas y personas que buscan proteger el río Santa Catarina, pero, a diferencia de Mabel, estas personas no pueden transferir su consciencia al cuerpo de un castor para infiltrarse en el hábitat y habitar entre la fauna.

Por supuesto, en Monterrey la tecnología mostrada en Hoppers –inexistente– no es utilizada por las colectivas que forman parte del movimiento. No obstante, hacen uso de las redes sociales, el arte, los amparos legales y la observación biológica como sus propias «armas de guerra». Gracias a todas estas acciones, muchos avances han tenido lugar. Este antecedente deja claro que la documentación de la vida que habita en el río Santa Catarina no es un mero hobbie, sino un acto de resistencia política, cuyo propósito es derribar una narrativa oficial que prefiere ver el río como un canal de concreto estéril.

El alcalde Jerry de la película es el arquetipo perfecto del político moderno: carismático, obsesionado con su imagen y experto en disfrazar la destrucción con palabras como “progreso” y “embellecimiento”. ¿Les suena familiar? En Nuevo León, el discurso del «primer mundo» choca diariamente con nuestra crisis de aire y agua. Se nos vende la idea de que una ciudad moderna implica llenar cada espacio de concreto, a pesar de que las ciudades más modernas de la actualidad hacen todo lo contrario: devuelven espacios a la naturaleza con el fin de reducir el calor en la urbe.

Los desmontes del río Santa Catarina son el equivalente regio a las excavadoras de la película. Se actúa en silencio y, algunas veces, hasta de manera ilegal. La magia de Hoppers como comedia es que usa lo absurdo de la historia para mostrar de manera digerible la soberbia del poder; nos hace reír, pero la risa se va cuando te das cuenta de que lo verdaderamente absurdo es tener que convencer a un gobierno de que no destruya el ecosistema que nos mantiene vivos.

Al final del día, el cine masivo como el de Pixar cumple mejor su función cuando sirve de espejo de la realidad. Quizá para un espectador en alguna ciudad lejana, Hoppers sea simplemente una divertida aventura con chistes buenos y una animación increíble. Pero para nosotros, los que vivimos respirando el polvo de las pedreras y soportando veranos de 45 °C, la película se siente casi como si hubieran hecho un reportaje local. Pixar entendió que, para movilizar a la gente, a veces necesitas una buena historia que te devuelva la empatía. Al humanizar a los castores, la película nos obliga a mirar a los ojos al «otro» que comparte la ciudad con nosotros.

Hoppers nos deja una lección que nos pega directo aquí en Monterrey: la conservación no es un freno al progreso, es la base para no quedarnos sin ciudad. Al final, la historia de Mabel y el caso del río Santa Catarina de la mano del movimiento Un río en el río convergen en un mismo punto: no podemos seguir ignorando la vida que existe debajo del concreto solo porque no encaja en un plan de urbanización “progresista”.

En la película, la gente ignoraba lo que pasaba en el bosque y en el agua hasta que Mabel les abrió los ojos, y aquí en Nuevo León nos pasa lo mismo: preferimos ignorar que hay más de 600 especies viviendo en medio de las avenidas más rápidas del estado. Hoppers nos invita a dejar de ser como el alcalde Jerry, obsesionados con el “progreso”, y empezar a ver el río como lo que es: un ecosistema vivo, no un terreno baldío esperando a ser explotado. Al final, defender el río es defendernos a nosotros mismos: si el castor sobrevive, nosotros también tenemos una oportunidad de seguir llamando hogar a esta ciudad.

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