
Diosas mexicas: después de 500 años de estar enterradas, emergen del subsuelo para revelar secretos de lo que fue Tenochtitlan
Por: Erika Polino Guajardo y Renata Correa Aburto
Junto a las ruinas del Templo Mayor, en el corazón de lo que fue la gran Tenochtitlan, la capital del Imperio Azteca, los arqueólogos encontraron con 28 años de diferencia y a escasos metros de distancia, los monolitos de Coyolxauhqui y Tlaltecuhtli, dos de las más importantes diosas de la mitología mexica. Con ellas, ofrendas, restos humanos y animales, y pequeñas construcciones han sido descubiertos. Estos hallazgos desataron la búsqueda de más vestigios y de tumbas de reyes que aún continúa.
El monolito de Coyolxauhqui, la diosa de la Luna, fue hallado el 21 de febrero de 1978, y el de Tlaltecuhtli, la diosa de la Tierra, el 2 de octubre de 2006. Los dos fueron encontrados accidentalmente, dijo el arqueólogo Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo Mayor y responsable de las excavaciones arqueológicas que se han realizado en esta zona durante las últimas tres décadas.
“Encontrar las representaciones de estas dos diosas tan cerca y, sobre todo, deducir, basados en las fuentes históricas, que muy próximo a Tlaltecuhtli estarían las cenizas o restos de Ahuízotl, el octavo rey del Imperio Mexica, nos llevó a intensificar la búsqueda de su tumba, algo que hasta el momento no hemos logrado”, afirmó López Luján durante la conferencia Diosas de piedra: Coyolxauhqui, Tlaltecuhtli y el Templo Mayor de Tenochtitlan, que impartió en la Universidad de Monterrey.
Coyolxauhqui, la diosa de la Luna
La zona del Centro Histórico de la Ciudad de México es un área muy rica desde el punto de vista arqueológico. “En la Ciudad de México, toneladas de asfalto y de concreto cubren a otras grandes capitales de la antigüedad. Cuando uno profundiza en las excavaciones encuentra allí tres ciudades que están superpuestas, pero en realidad son muchas más”, señaló López Luján.
“En la parte de arriba está la capital del país, la Ciudad de México, la cual existe desde 1821 a la actualidad. Debajo de ella se encuentra la capital de la Nueva España, que existió de 1521 a 1821; y en la parte inferior está Tenochtitlan, la capital de la Triple Alianza, la cual fue fundada en 1325. Y en excavaciones muy profundas se han encontrado aldeas toltecas y teotihuacanas, y estoy seguro que había asentamientos previos de cazadores-recolectores. Es decir, una larguísima historia”, señaló el arqueólogo.
Y es en ese escenario en el que, el 21 de febrero de 1978, un grupo de trabajadores de la compañía Luz y Fuerza del Centro encontró un monolito de forma circular, de más de tres metros de diámetro, cuando instalaban, en la intersección de las calles Guatemala y Argentina, una subestación eléctrica. Luego de descubrirse totalmente la piedra, el arqueólogo Felipe Solís, quien fue director del Museo Nacional de Antropología, dijo que se trataba de Coyolxauhqui.
“La identificó porque el relieve tenía dos cascabeles en el rostro y estaba decapitada. En futuras excavaciones encontramos objetos de oro, como las orejeras de esta diosa”, explicó López Luján, quien contó que, al enterarse del hallazgo, el presidente en turno, José López Portillo, avisó que visitaría el monolito, por lo que los trabajadores, actuando de buena fe, lo lavaron con agua y jabón, lo que ocasionó que la escultura, originalmente policromada, perdiera el color.
En la mitología mexica, Coyolxauhqui y sus hermanos los Centzon Huitznahuac (dioses de las estrellas) intentan matar a su madre, la diosa madre Coatlicue, por considerar que los deshonró al quedar embarazada de Huitzilopochtli, pero cuando llegan al Cerro de las Serpientes (Coatépec), Huitzilopochtli, que nació en forma adulta, defiende a su madre, decapita a su hermana Coyolxauhqui y la deja caer del cerro, y a sus hermanos los ahuyenta a la bóveda celeste. Para los antropólogos, este mito representa el dominio del sol (Huitzilopochtli) sobre la luna (Coyolxauhqui) y las estrellas (Centzon Huitznahuac).
El hallazgo de Coyolxauhqui hizo que en marzo de ese mismo año de 1978 iniciaran las excavaciones del Proyecto Templo Mayor, el cual fue fundado y dirigido por el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma hasta 1991, año en que asumió la dirección Leonardo López Luján. Matos Moctezuma lideró las primeras tres temporadas de excavaciones (1978 – 1982, 1987 y 1989) y López Luján la cuarta (1991-1992), quinta (1994-1997), sexta (2004-2006), séptima (2007-2014), octava (2014-2018), novena (2018-2024) y décima (2024-2030). Como consecuencia de este trabajo investigativo, en el 2015, el Foro Arqueológico Mundial de Shanghái distinguió al Proyecto Templo Mayor como uno de los diez mejores programas de investigación arqueológica en el mundo.
“Cuando comenzaron las excavaciones, se tomó la decisión de demoler 13 edificios por orden presidencial. Se buscaba no sólo exhumar completamente el área de Coyolxauhqui, sino todo el Templo Mayor de los mexicas, una pirámide que medía 45 metros de alto y que era el centro religioso y político más importante de Tenochtitlan. Poco a poco se fue liberando espacio y hoy día es de poco más de una hectárea: 13 mil 500 metros cuadrados de superficie”, detalló López Luján.

Desde 1978 en esa zona se han encontrado monolitos, esculturas de cerámica, pinturas murales y ofrendas. Solamente en la primera temporada se recuperaron más de 7 mil objetos y los vestigios del Templo Mayor de Tenochtitlan, por lo que se decidió construir el Museo del Templo Mayor, el cual abrió sus puertas el 12 de octubre de 1987. Hoy, en la parte central del segundo nivel del Museo se encuentra el monolito circular que representa a Coyolxauhqui.
«El monolito de Coyolxauhqui originalmente estaba pintado con sólo cinco pigmentos, que eran los que usaban los mexicas en pinturas y esculturas: blanco, negro, rojo, ocre y azul maya (mezcla del mineral arcilloso paligorskita con el elemento orgánico añil), cuya simbología tiene que ver con el centro del universo y los cuatro extremos cardinales, que son los cinco colores del maíz», señaló el arqueólogo.
Tlaltecuhtli, la diosa de la Tierra
El descubrimiento del monolito de Tlaltecuhtli tuvo lugar el 2 de octubre de 2006 junto a las ruinas del Templo Mayor, cuando se hacían excavaciones en una parte del predio de la Casa de las Ajaracas, en el cruce de las calles de Guatemala y Argentina. A corta distancia de ahí, hacia el sureste, había sido encontrada la escultura de la diosa Coyolxauhqui.
El monolito mide 4.17 metros de largo por 3.62 metros de ancho, tiene 38 centímetros de espesor y un peso de 12 toneladas. Esta escultura mexica, que es la más grande que se ha encontrado hasta ahora, fue esculpida en andesita de lamprobolita (mismo material que el monolito de Coyolxauhqui), una piedra volcánica rosácea con yacimientos cercanos a Tenochtitlan.
La escultura fue hallada rota, dividida en cuatro fragmentos, y nunca se encontró la pieza central. Las investigaciones, dijo López Luján, mostraron que el monolito no fue destruido por los conquistadores, como sucedió con otras esculturas a las que ellos identificaban como representaciones del demonio, sino que se rompió en época prehispánica. El relieve de Tlaltecuhtli se encuentra desde el año 2010 ocupando el lugar principal del vestíbulo del Museo del Templo Mayor.
Después de un estudio cromático, los expertos determinaron que los pigmentos que contenía eran rojo de hematita, ocre de goethita, blanco de calcita, negro de carbón y azul maya. Y por primera vez encontraron el color del cabello de un rojo vino burgundy.
Tlaltecutli es la diosa de la tierra, madre de todas las criaturas. Cuando sus hijos mueren, ella abre su boca de par en par y los devora. “Por eso en el México prehispánico, a muchos individuos cuando fallecían los sepultaban en la tierra y los colocaban en posición fetal simbolizando que se vuelve al inicio”, explicó López Luján.
“Tlaltecuhtli es una diosa tan venerada como temida. Lo mismo que Tonantzin y Coatlicue. Todas las diosas madre son diosas a las que se aprecia, pero también a las que se les tiene pavor”, agregó.
Usualmente, Tlaltecuhtli se representa como un ser mitad mujer, mitad monstruo. Con garras, una falda de caracoles marinos y “un cabello rizado que es propio de los seres terribles, de los seres del inframundo”.
El descubrimiento de ricas ofrendas y el significado que encierran
Encontrar a Tlaltecuhtli hizo que se intensificaran las excavaciones en el área, no sólo porque se propusieron explorar y encontrar las ofrendas dedicatorias, es decir, con las cuales la diosa fue consagrada, sino también los restos de algunos reyes mexicas.
“Las fuentes históricas nos dicen que al pie de la pirámide (Templo Mayor) existía un pequeño edificio circular que se llamaba el Cuauhxicalco. Ya lo encontramos. En ese edificio fueron enterrados tres hermanos que se sucedieron en el trono: Axayácatl (que gobernó de 1469 a 1481), Tízoc (1481-1486) y Ahuízotl (1486-1502)”, señaló López Luján.
Por el lugar en donde se encontró a Tlaltecuhtli y teniendo en cuenta que ella se engullía a sus hijos, los arqueólogos Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján piensan que el monolito estaría cubriendo la tumba real de Ahuízotl. Además, porque en la escultura se encontró labrado el glifo Diez Conejo en la garra derecha de la diosa, simbolizando el año 1502, cuando murió el gobernante.
Animados por estas hipótesis y con la ayuda de la tecnología, los arqueólogos encontraron debajo de Tlaltecuhtli algunos objetos de oro, una tapadera y una caja, pero ahí no estaban las cenizas de Ahuízotl. En cambio, encontraron tres niveles de tributos. En la capa superior estaba la Ofrenda 126, la ofrenda mexica más rica del Proyecto Templo Mayor. Contenía casi 13 mil objetos, entre ellos muchos relacionados con el mar, como conchas, corales, erizos y pepinos de mar, pez pajarito, pez murciélago y pez globo. También había águilas, jaguares, pumas, halcones y búhos. “Es una ofrenda única, yo nunca había visto una ofrenda tan rica. Una de esas cajas nos llevó más de dos años excavarla, registrarla, documentarla”, dijo López Luján.
En la segunda capa encontraron dos águilas reales. Al analizar el contenido del primer estómago encontraron huesos de codornices. Es decir, “venían del zoológico de Moctezuma y estaban siendo alimentadas con codornices”.
Y en la tercera capa encontraron la ofrenda más antigua: el esqueleto de un lobo mexicano hembra (Canis lupus baileyi). Esta loba estaba ornamentada con “orejeras de turquesa, collar de jade, cinturón de caracoles y, en las patas, ajorcas de cascabeles de oro”. Todos elementos representativos de Tlaltecuhtli.
“Hay de todo en las cajas de ofrenda, pero descubrimos que tienen un orden. Los sacerdotes ponían estos tesoros de manera que obedecía a una liturgia muy estética, que muchas veces tenía que ver con las concepciones del cosmos. Por ejemplo, en las ofrendas más ricas del Templo Mayor, los sacerdotes ponían en el fondo arena marina y luego organismos marinos (erizos, corales), simbolizando la capa femenina del universo, la de la fertilidad. Después construían la capa terrestre poniendo animales como jaguares y pumas, y en la parte superior, en el último nivel, ponían águilas, colibríes, garzas, todo lo que tenía que ver con la parte celeste”, detalló el arqueólogo.
“Las ofrendas tienen un orden muy riguroso y por eso nos tardamos tanto en excavarlas. Nos interesa mucho entender cómo están organizadas, porque hay un código, hay un lenguaje, y los arqueólogos intentamos entender qué dice ese mensaje”, agregó López Luján, quien fue el curador principal de la exposición “Mexica: ofrendas y dioses del Templo Mayor”, la cual se realizó en París en 2024.

Aunque las excavaciones en busca de las cenizas de gobernantes mexicas continúan, al igual que la búsqueda de más vestigios en la zona del Templo Mayor, López Luján dijo que se encuentran con algunas limitaciones por tratarse de un área que no permite buscar con amplitud.
“Nuestro Centro Histórico, que posee la mayor concentración de monumentos históricos y artísticos del continente americano, fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1987 y por esto no podemos excavar donde queremos, sino donde podemos. Y nuestras excavaciones son precisamente eso: pequeñas, muy reducidas ventanas hacia el pasado que llamamos pozos, túneles, trincheras… que aunque sí nos ayudan a tener una visión de esas ciudades que precedían en el tiempo, ésta es muy limitada”.
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