
Fundidora: 40 años del cierre de la empresa que ayudó a escribir la historia industrial y obrera de Monterrey
Por: Gloria Inés Pérez Galvis
“Recuerdo muy bien ese viernes 9 de mayo de 1986 cuando se apagó el horno. La gente no lo podía creer. Ese día nos impidieron entrar a las instalaciones y a los trabajadores de la acerera nos invadió una enorme tristeza, no sólo porque acabábamos de perder nuestro trabajo, que era el sustento de nuestras familias, sino porque nos culparon de la quiebra de la empresa”, cuenta Ponciano Gámez Martínez, extrabajador de la Fundidora de Monterrey, siderúrgica que cumple 40 años de haber sido cerrada.
Como él, unas 7 mil 500 personas se quedaron desempleadas con el cierre de la empresa, aunque este dato varía. Según una reseña hecha por el cronista Leopoldo Espinosa Benavides sobre el aniversario 37 del cierre de la Fundidora, el número de desempleados directos que dejó la siderúrgica ascendió a 8 mil 800, pero la cifra se eleva al sumar el impacto en 36 empresas filiales, 500 proveedores y 150 talleres que dependían de la siderúrgica para su operación.
Tan sólo un día antes el gobierno federal había declarado en quiebra a la Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, que se había convertido en símbolo de orgullo e identidad regiomontana, por haberle dado a Monterrey un perfil siderúrgico de ciudad productora de acero y por formar parte importante de su proceso de industrialización, una etapa que había comenzado en 1890.
Creada el 5 de mayo de 1900 por un grupo de empresarios, entre ellos el italiano Vicente Ferrara que conocía la operación de las empresas siderúrgicas de Estados Unidos, el neoyorquino Eugenio Kelly, el francés León Signoret y el español Antonio Basagoiti Arteta, la Fundidora había vivido varias etapas de expansión y de desarrollo, tanto para los empleados como para la operación de la empresa, por lo que su quiebra tomó por sorpresa a muchos, principalmente a los trabajadores.
La instalación de la Fundidora de Monterrey fue posible gracias al apoyo del presidente Porfirio Díaz, que buscaba impulsar la producción de acero nacional para el autoabastecimiento, y del Gobernador de Nuevo León Bernardo Reyes, que le ofreció a la empresa importantes estímulos fiscales para su asentamiento en el Estado. La compañía se constituyó con un capital de 10 millones de pesos y se instaló en un terreno de 226 hectáreas.
Edna Ovalle Rodríguez, investigadora experta en el estudio de la clase obrera industrial y los procesos de organización laboral en Monterrey en el siglo XX, describe, durante una conferencia que ofreció, el entorno en el que se instaló la empresa.
“En medio de una ciudad en la que todavía se cultivaba, se instaló, en los comienzos del siglo, la que sería la primera siderúrgica de América Latina. La Fundidora comenzó, en 1900, produciendo hierro y tres años después empezó a producir acero”, narra Ovalle.
Cuando Fundidora comenzó a operar, cuenta la investigadora, se podían advertir grandes contrastes, no sólo en la ciudad, sino también en la operación de la naciente empresa.
“El Monterrey de finales del siglo XIX y principios del XX estaba viviendo un proceso de transformación. Aún presentaba zonas agrícolas y otras despobladas, en contraste con otras en donde comenzaba la era de la industrialización. Además, a partir de 1890 la ciudad comenzó a recibir cada vez más personas, tanto del interior del Estado, como de entidades aledañas, como San Luis Potosí, Coahuila, Zacatecas y Tamaulipas, que llegaban atraídas por las posibilidades y ofertas de trabajo”, describe la historiadora.
Dentro de los nuevos habitantes, dice Ovalle, destacaban en número los procedentes de San Luis Potosí. “Este Estado se había convertido en un gran expulsor de población por la crisis minera de Real de Catorce. Y aquí hay otro contraste: los recién llegados, las personas que van a ser la fuerza de trabajo de las grandes empresas que se estaban creando, vestían algunos con su calzón blanco, su sombrero, las mujeres con su rebozo y los niños pidiendo limosna, esto, en medio de una ciudad en crecimiento y modernización, que también estaba recibiendo muchos extranjeros que venían a invertir atraídos por la mano de obra barata y las facilidades que estaba dando el gobierno para instalar nuevas empresas”.
El cambio de siglo y las condiciones del Monterrey de la época fueron fundamentales para el arranque de la Fundidora, menciona Ovalle. “Era entonces un Monterrey minero, en donde operaban alrededor de unas 400 empresas de este giro, y entre 1890 y 1908 se explotaron en el Estado 109 fondos de plomo, hierro, cobre y zinc. La misma empresa era dueña de minas de hierro y carbón ubicadas en Nuevo León, Coahuila y Durango, que la proveían de materias primas”.
“Fundidora fue una gran inversión, una de las más grandes que se hicieron en el México de aquella época, pero también presentaba contrastes: era una empresa que tenía procesos muy modernos en sus principales departamentos, pero en otros no”, dice la investigadora.
El analista político Abraham Nuncio recuerda que la acerera pasó por varias etapas de expansión (en 1941, 1965 y 1974, principalmente), en las cuales amplió su infraestructura productiva y la mejoró desde el punto de vista tecnológico.
Y si bien la empresa se vio afectada por varias crisis, como la de 1907 en la que estuvo a punto de quebrar y para salvarla el entonces presidente Porfirio Díaz le otorgó la elaboración de los rieles y las ruedas del ferrocarril, o la que trajo consigo la Revolución mexicana que provocó escasez de materia prima, la operación de la siderúrgica registró picos importantes de producción, especialmente después de que se le inyectaban grandes cantidades de capital para modernizar o ampliar su infraestructura productiva.
Así, por ejemplo, de producir en 1903, cuando se instaló el primer Alto Horno, 350 toneladas diarias de arrabio o hierro fundido, que es la materia prima para crear el acero, pasó, en 1909, a producir casi 60 mil toneladas de acero y en 1970 alcanzó una producción de un millón de toneladas de acero al año.
El avance de la clase trabajadora
El auge de la Fundidora también trajo consigo una revolución en materia laboral que significó el logro de mejores condiciones para los trabajadores. Durante los 86 años que estuvo en operación, sus empleados obtuvieron una serie de derechos y beneficios que después permearon a otras ramas de la industria.
Por ejemplo, beneficios como vivienda, educación, salud, mejores salarios y derecho a unirse formando colectivos son algunos de los logros que se dieron en esos años.
«Para alojar a los técnicos traídos del extranjero que venían a capacitar a la mano de obra hasta convertirla en obreros calificados, la Fundidora construyó un hotel frente a sus instalaciones, el Hotel Acero. En 1903 construyó la Colonia Acero, en donde vivían los directivos, sus familias, y los técnicos que auxiliaban en cualquier momento las necesidades de la producción. También, en 1911 construyó en sus terrenos la Escuela Acero para impartir instrucción primaria a los hijos de los trabajadores, en 1925 puso un jardín de niños y en 1945 inauguró la Maternidad María Josefa para las esposas de sus trabajadores», detalla Edna Ovalle.
La empresa, dice la historiadora, generó una serie de estrategias para retener a los trabajadores que eran formados como técnicos por los extranjeros. Por esto, invirtió en escuelas y en vivienda, estableció premios, creó una serie de prestaciones y mejoró los salarios.
“Al principio, la empresa pagó salarios muy altos, pero luego, poco a poco, se fueron nivelando porque se dio cuenta que los salarios de Fundidora eran los referentes para todas las empresas, no solamente las mineras, sino en general. Entonces, frente a la presión de otras industrias, Fundidora tuvo que bajarlos para que no se pagaran salarios altos en otros lados”, explica Ovalle.
Sin embargo, otras estrategias implementadas por la Fundidora, como vivienda, escuelas y premios fueron replicadas por empresas de otros sectores.
Durante la etapa de formación en la Fundidora, los trabajadores aprendían un oficio y se organizaban en Uniones. Existían uniones de mecánicos, carpinteros, albañiles, etc., incluso desde antes de entrar a la Fundidora, aclara la investigadora. “Las Uniones fueron organizaciones que agrupaban a miembros de un mismo oficio, independientemente de la empresa en donde trabajaban, tomaban determinaciones y definían acciones a través de una asamblea, en donde nombraban de forma directa a sus representantes. No tenían una estructura jerárquica, ni burocracia sindical”.
En la Fundidora, agrega, las primeras Uniones estuvieron en los departamentos de laminación, maquinaria, y de tornillos y remaches, pero en 1923 ya existían las Uniones de fundidores y similares, de maquinaria, de mecánicos, de forjadores, remachadores, albañiles y carpinteros.
Luego de que en 1917 la Constitución consagrara en su artículo 123 el derecho a la huelga y a la libre asociación, para mejorar las condiciones laborales, los trabajadores de todo el país realizaron tres grandes huelgas: en 1918, 1920 y 1923, resultado de lo cual se hicieron los primeros convenios bilaterales entre los trabajadores y los patronos, lo cual les permitía acordar y pactar sus condiciones de trabajo.
A partir de la década del 20, la contratación de mujeres en empresas como Fundidora, la creación de la Junta de Conciliación y Arbitraje, los avances en cuanto a negociaciones colectivas que le permitían a una Unión de trabajadores definir sus condiciones de trabajo de manera grupal frente a los patrones, y la posterior manera de que cada empresa negociara directamente con sus trabajadores, el fortalecimiento de los sindicatos y el surgimiento en Monterrey de los sindicatos blancos, los cuales pactaban con la empresa la casi totalidad de los asuntos relacionados con la planta laboral, fueron algunos de los hechos más representativos de las condiciones de los trabajadores en el Estado.
Sin embargo, Ovalle aclara que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, también se presentaron retrocesos en materia laboral, entre ellos la aparición del charrismo sindical, que dio lugar a muchas protestas. “Algunos dirigentes sindicales traicionaron los intereses de la base trabajadora porque, en lugar de defender sus derechos, la mantenían bajo control a cambio de lograr beneficios políticos personales y de perpetuarse en esos liderazgos. Hubo corrupción y muchos trabajadores fueron silenciados por los mismos sindicatos”.
Quiebra, desempleo y búsqueda de culpables
El abrupto cierre de la Fundidora dejó muchas preguntas sin respuesta. Una de ellas, las verdaderas causas del declive de la empresa.
La investigadora Edna Ovalle dice que fue la sumatoria de varios factores: “principalmente, una gran deuda que venía arrastrando la empresa desde antes de que pasara a manos del Estado y una caída internacional del precio del acero”.
Por su parte, Abraham Nuncio enumera: problemas para que la materia prima (mineral de hierro extraído de la mina El Cerro del Mercado, en Durango) abasteciera a la siderúrgica en Monterrey, la caída mundial del precio del acero, una creciente deuda que dañó sus finanzas y la negligencia del Estado para sacar adelante a la empresa, luego de haberla adquirido.
Para financiar sus planes de modernización y expansión, la empresa adquirió a finales de la década del 60 un endeudamiento por casi 900 millones de pesos, que no pudo cubrir porque su operación se vio afectada por un bloqueo a la mina del Cerro del Mercado en 1970 que impidió abastecer de materia prima a la siderúrgica durante 131 días. Para salvar a la empresa y los empleos que generaba, el Gobierno federal compró en 1972 el 25% de sus acciones. En 1974, la empresa volvió a adquirir otro préstamo, pero la crisis económica y la devaluación volvieron impagable la deuda.
En 1977, el Gobierno adquirió el control total de la Fundidora de Monterrey y la integró al conglomerado paraestatal Sidermex (Siderúrgica Mexicana), junto con Altos Hornos de México (AHMSA), ubicada en Coahuila, y Siderúrgica Lázaro Cárdenas Las Truchas (Sicartsa), en Michoacán. Frente a la crisis internacional del acero, el objetivo del Gobierno al controlar las más grandes siderúrgicas del país era garantizar el abasto de acero en el país, pero la crisis económica de mediados de los años 80, sumado a la caída en los precios internacionales del acero, la elevada deuda y el control de precios interno provocaron la quiebra de Sidermex.
El 8 de mayo de 1986 el Gobierno anunció la quiebra de la Fundidora y el 9 de mayo se produjo el cierre definitivo de la empresa, en una decisión sorpresiva para miles de trabajadores que perdieron sus empleos.
Edna Ovalle cree que el carácter sorpresivo del cierre obedeció a una decisión deliberada del Gobierno para tratar de evitar la reacción de los trabajadores. “El Gobierno sabía que los trabajadores no iban a permitir una liquidación muy grande de personal. Por eso lo hicieron en secreto”.
En realidad, dicen los investigadores y trabajadores, el gobierno habría comenzado a planear el cierre de la empresa varios años atrás.
Evaristo Hernández, hoy de 78 años, salió despedido de Fundidora en 1982, luego de haber trabajado 15 años en ella, la mayoría del tiempo en el Departamento de Maquinaria, es decir, él salió de la empresa cuatro años antes del cierre definitivo en un reajuste que se hizo porque el Departamento en el que trabajaba fue cerrado cuando la siderúrgica ya estaba en manos del gobierno.
Pero tres hermanos de Evaristo continuaron trabajando en la Fundidora y los tres perdieron su trabajo cuando la empresa fue declarada en quiebra.
Después del cierre de la Fundidora, varios sectores responsabilizaron a los trabajadores sindicalizados de la quiebra de la empresa, a quienes acusaron de conflictivos, un rumor que se extendió y afectó de varias maneras a los exempleados, que difícilmente pudieron lograr ser contratados por otras empresas temerosas de que sus prácticas e ideología sindicalista afectara la operación de sus compañías.
Ponciano Gámez Martínez había entrado a la Fundidora de Monterrey el 10 de mayo de 1976, diez años antes del cierre. Los primeros cinco años fue trabajador eventual y los últimos cinco estuvo en la planta peletizadora que convertía el mineral de hierro en materia prima para producir acero.

Al hablar de la Fundidora, Gámez se siente orgulloso de haber trabajado en ella. “Fue una empresa pionera de la industria en Monterrey, que generó muchos empleos y riqueza para la ciudad”, pero también lamenta su cierre y los argumentos que se dieron para ello.
“Nos echaron la culpa a los trabajadores de la quiebra de la empresa y nos estigmatizaron, pero cómo íbamos a querer dañar a la empresa si era nuestra fuente de empleo y estábamos comprometidos al 100 por ciento con ella. En su momento, rompimos el récord de producción con más de un millón de toneladas de acero al año. No provocas la quiebra de una empresa en la que te esfuerzas porque produzca más y le vaya cada vez mejor”, afirma, en entrevista, el extrabajador sindicalizado.
“Indudablemente, el Estado tomó una decisión política equivocada y quiso endosarnos a los trabajadores el cierre de la Fundidora”, sostiene Gámez durante la charla conmemorativa por los 40 años del cierre de la Fundidora de Monterrey que ofreció Edna Ovalle Rodríguez el 7 de mayo pasado en el Museo de Historia Mexicana, a la que asistieron extrabajadores de la empresa.

La conferencia impartida por Ovalle se centró en la vida organizativa de los trabajadores de la siderúrgica, uno de los temas que menos se ha abordado dentro de los estudios que se han hecho sobre la Fundidora de Monterrey.
El evento fue organizado por la socióloga Lylia Palacios, quien hace énfasis sobre la importancia que tiene la Fundidora para comprender la historia obrera e industrial de la ciudad.
“Es importante no olvidar que Monterrey es una ciudad que se formó por los trabajadores de las grandes y medianas fábricas, lo mismo que por quienes trabajaban en los talleres. De alguna manera, todos venimos de alguna familia obrera”, dice Palacios, quien afirma que, con el paso del tiempo, los trabajadores del país han ido perdiendo derechos por los que lucharon el siglo pasado, prueba de lo cual son los niveles de informalidad y formas de subcontratación que existen en el mercado laboral.
Después de anunciado el cierre sorpresivo de la siderúrgica, los ya extrabajadores salieron a marchar por una indemnización digna y buscando aclarar las acusaciones que se les estaban haciendo. No lograron nada.
El cierre de Fundidora, según los investigadores, no sólo implicó la pérdida de miles de fuentes de empleo que eran el sustento para los trabajadores y sus familias. “También se perdieron vidas, pues algunos trabajadores cayeron en depresión y otras fatalidades, y se ha perdido la memoria y la experiencia organizativa de sus trabajadores, quienes con sus luchas y conquistas ayudaron y beneficiaron a toda la clase trabajadora mexicana”, afirma Edna Ovalle, quien reprocha el hecho de que en la decisión de cerrar la siderúrgica no se haya tomado en cuenta la opinión de los trabajadores, quienes eran parte fundamental del proceso productivo de la Fundidora.
De la emblemática planta siderúrgica, hoy convertida en el Parque Fundidora, sobrevive el Alto Horno No. 3, que entró en operaciones en 1968 y que después del cierre de la empresa fue declarado patrimonio industrial de la ciudad. Esta estructura actualmente es un espacio cultural que alberga el Museo del Acero, un Centro Interactivo de Ciencia y Tecnología, el restaurante El Lingote y un Laboratorio de Innovación, entre otras áreas que reciben miles de turistas y visitantes cada año.
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