Amor al teatro: ¿pasión o precariedad normalizada? 


Karla Pea
Por: Karla Sofía Peña

Cuando se le pregunta a un colaborador de artes escénicas por qué le gusta formar parte del teatro, su respuesta se reduce a tres simples motivos: por amor al arte, para formar parte de algo y por pasión. Al teatro se le conoce como un espacio de expresión pura, casi heroica. Sin embargo, detrás de esa imagen existe una pregunta que últimamente resuena en la opinión pública: ¿por qué parece que el teatro dejará de existir?, ¿acaso la pasión está justificando la precariedad?

Por un lado, el teatro se sostiene por la entrega absoluta de quienes lo hacen posible. Por otro lado, esa misma entrega ha servido como excusa para normalizar condiciones laborales inestables y, en muchos casos, invisibles.

Desde esta perspectiva, el problema no radica únicamente en la falta de oportunidades, sino en la forma en que está construido el sistema cultural. La ausencia de contratos estables, los malos salarios, la falta de seguridad social y las condiciones indignas responden a una lógica más amplia: históricamente, el trabajo artístico suele encontrarse desvalorizado. La precariedad no es accidental, sino parte del funcionamiento del propio campo teatral.

Durante los últimos años, distintos testimonios han evidenciado el abandono institucional hacia el sector teatral, puesto que muchos de sus artistas se quedaron sin ingresos ni apoyos suficientes para sostener su trabajo. Al menos esto fue lo que aseguró Carlos Paul en una de sus columnas del año 2020, publicada en La Jornada, cuyo título es: “La precarización del sector teatral en México es estructural, no llegó con el Covid-19”. En su texto, el periodista cultural aclara que la pandemia funcionó como un reflector que iluminó una precariedad que llevaba años normalizada, más que como un factor determinante en la caída del teatro.

Si la pandemia detonó en verdad, ante el ojo público, una percepción de decadencia en la actividad teatral, ¿por qué seis años después siguen montándose obras?, ¿por qué aún hay actores peleando por papeles protagónicos? Y, ante todo, ¿por qué aún hay gente que compra boletos para acudir a funciones de teatro? Tal vez el verdadero problema no gira alrededor de la crisis que el teatro ha atravesado últimamente, sino de la inestabilidad de su sistema.

Frente a este panorama surge una narrativa peligrosa: la frase “hago esto por amor al arte” es muy real. El teatro, para muchos, constituye un espacio seguro, una manera de encontrar un escape ante una vida de adversidad, un sitio en donde muchos han hallado gente que se convirtió en su familia. Les ayuda a sentir que forman parte de algo, tras meses de esfuerzo, ensayos y mejoras que se resumen en unas cuantas horas de presentación y en una infinidad de aplausos y felicitaciones mientras hacen una reverencia frente a los espectadores. El problema radica en que se espera que esa experiencia genere conformidad y satisfacción en quienes hacen teatro, como si bastaran los aplausos del público para tolerar las condiciones insuficientes con las que se enfrentan o, peor aún, para que las acepten como un asunto inherente a su oficio o profesión. Hacerlo implica que su pasión es transfigurada en un mecanismo para explotarlos y, a decir verdad, es falso que quienes se dedican al teatro “caigan en la precariedad”: son orillados a soportar un sistema que espera verlos trabajar de ese modo.

A modo de evidencia, sugiero un análisis sobre profesionalización publicado en el sitio web TeseoPress: “Profesionalización y precarización laboral en el teatro dramático de la ciudad de Buenos Aires”. El estudio menciona que quienes se insertan en el campo no solo aceptan las condiciones precarias, sino que, en cierto sentido, deben adaptarse a ellas si desean permanecer.

La inestabilidad deja entonces de percibirse como un problema a resolver y se transforma en una competencia más del trabajador teatral: saber moverse entre empleos intermitentes, gestionar la incertidumbre y sostener su carrera sin garantías. Bajo este contexto, la precariedad no es una consecuencia indeseada, sino la condición estructural que configura el significado de ser un profesional del teatro en la actualidad.

A mi juicio, es falsa la idea de que el teatro se está perdiendo. Sin embargo, el arte dramático apenas permite la subsistencia de sus miembros. “Lo hago por pasión” es una frase escuchada con frecuencia, pero que endulza la realidad: permite que evitemos preguntarnos si el teatro debe sobrevivir a cualquier costo, incluso si su práctica acaba convirtiéndose en un gasto para sus propios creadores. ¿Ya nos hemos resignado a creer que solo bajo estas condiciones el teatro puede seguir vivo?

Este asunto permanecerá en los mismos términos mientras la base que sostiene el teatro —un modelo que no garantiza dignidad para quienes lo hacen posible— siga sin ser cuestionada.

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