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Horacio Guajardo: visión ética frente a nuestra realidad actual


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Por: Elda Molina

Soy hija del norte, forjada en el caliente desierto de Sonora y, desde muy joven, en las trincheras de los medios de comunicación de México. Las batallas por la verdad, por la justicia profesional y por ganarme un lugar y respeto en la industria han sido mi pan de cada día durante tres décadas. Inicié mi andar en la televisión cuando aún cursaba la universidad. Tomé la vida muy en serio, con altas responsabilidades desde el inicio. Cuando apenas se escuchaban las voces femeninas en las salas de redacción. Cuando había poco cuadro para nosotras en  los noticieros y la presencia de mujeres en esas mesas donde se tomaban las grandes decisiones era escasa.

Yo hablaba directo, siempre. Pero también callé en gran cantidad de ocasiones. Así aprendí a ser paciente, prudente, pero nunca me permití claudicar. Pasé cada uno de los filtros, escalé cada uno de los peldaños, aprendí a ser uno de “ellos” sin dejar de ser “ella”. Me desenvolví muchas veces con valentía, otras con miedo, a veces incluso con furia, pero siempre con la verdad en mi mano y con una firmeza que me daba alivio, mas no me dejaba exenta de problemas. Nunca fui la chica linda recomendada, tampoco la de apellido influyente. Aprendí a caminar entre fuego, a nadar entre tiburones y, en ocasiones, a sentarme sobre el banquillo de los acusados. Por otra parte, tuve la fortuna de aprender de personas extraordinarias que  me impulsaron a vivir, sobrevivir y a amar profundamente mi profesión; pero, sin duda, las bases para esta fidelidad a mí misma las adquirí en las aulas de la Universidad de Monterrey, donde pasé algunos de los años más felices de toda mi vida.

Veo hacia atrás, y sé lo duro que he trabajado. No sé cómo lo hice, pero me dividí en mil piezas para cumplir, para ser, para aprender, para llegar. Eduqué sola a dos hermosos corazones que crecieron entre cámaras, salas de edición y llenaban de besos la pantalla de televisión de casa mientras esperaban a mamá. Mi alma se llena con algunas distinciones que me han otorgado, pero ningún reconocimiento me ha tocado tan profundamente como la Medalla Horacio Guajardo. En realidad lo escribo con nudos en la garganta, cuando fui madre descubrí mi  gran propósito pero, cuando recibí esta medalla, me di cuenta que también les he dado ejemplo.

Y es que el maestro Horacio Guajardo, además de ser inspiración para muchas generaciones, guía académico o fundador de nuestra carrera profesional, fue, es y seguirá siendo una brújula ética para todos los LCIC que hemos recorrido las aulas de la UDEM. Quienes fuimos tocados por su enseñanza, sabemos que su legado no está en sus títulos ni en sus medallas, está en su manera de ver el mundo.  Tan sólo escuchar su nombre causa respeto, profundidad y compromiso, estarán de acuerdo conmigo que es una gran alegría tener su mirada hoy entre todos nosotros, a un siglo de su nacimiento.

En un mundo lleno de falsos influencers, likes vacíos y pseudomedios inventados, el  maestro nos sigue enseñando, con su sencillez, que el verdadero éxito no es figurar: el éxito consiste en permanecer. No se trata de llegar, sino de quedarse en la memoria de otros, sin forzar la permanencia. Algunos llaman a esto trascender, pero en palabras más simples, es seguir viviendo en las decisiones de quienes alguna vez te escucharon con atención. Es seguir estando en ese pensamiento de los que te siguieron, para salvarlos en el momento exacto. 

En lo personal, creo que hablar del futuro de los medios en México y omitir su crisis de legitimidad sería evadir un asunto urgente. Lo que está en juego no es el formato, es la confianza. Durante décadas los medios jugaron a ser voceros del poder y dueños de las audiencias. Hoy, la factura la paga toda una generación que ya no cree en nada ni en nadie. Y tienen razón. La sociedad ya no espera que se le diga qué pensar o hacer; ahora exige saber qué se encuentra detrás de cada narrativa. Hoy, cualquier persona con conexión a Internet puede generar contenido, pero esto no significa que esté comunicando asertivamente. Todos estamos contribuyendo a generar una confusión social de la que pronto podríamos arrepentirnos. Es necesario iniciar una nueva ola de comunicación responsable. 

Lo he vivido en carne propia: dirigir medios en este país ha sido muy enriquecedor, pero confieso que también ha sido caminar entre fuego cruzado. Siempre he creído que tener en tus manos el poder de despertar conciencias o mantenerlas dormidas para siempre no debería ser tomado como juego por nadie, en ninguna parte del mundo. A diario y poco a poco, he intentado palpar el nuevo reto a enfrentar por parte de quienes nos dedicamos a rama y, sin duda, ya no se trata de informar primero. El reto es entender mejor, explicar mejor, tener la capacidad de incubar conciencias y personas pensantes en un mundo difícil que prioriza la superficie. Da la impresión de que pensar nos causa pereza, que hemos llegado al punto de no saber qué hacer con tanta data o inteligencia artificial que, si bien contribuye a gozar de una vida más amable en muchos asuntos, aún está en duda si la mente pierde.

Creo con firmeza que el futuro de los medios no lo marcará la tecnología. Lo marcará la capacidad de reconstruir credibilidad desde adentro: cuando la comunicación política deje de manipular, cuando la comunicación social deje de adornar y cuando el periodismo recupere su lugar como contrapeso legítimo y herramienta valiosa para tener mejor calidad de vida. Siempre pensaré que no hay narrativa poderosa sin verdad incómoda. 

No hay evolución sin renuncia y no hay medios del futuro sin periodistas y directivos que realmente se atrevan a trabajar responsablemente, que dejen atrás intereses personales y que realmente contribuyan a tener una sociedad mejor. ¿Sueño mucho? Sí, me encanta hacerlo. Seguiré soñando mucho.

Así pues, y desde el fondo se los digo: la UDEM me dio una beca, un título, pero además, me dio lenguaje, conciencia y visión. Me enseñó a pensar con el corazón encendido y el criterio afilado. Me regaló la certeza de que siempre se puede cambiar el rumbo y el mundo desde la ética,  la creatividad y el compromiso. 

A quienes estudian en la UDEM: no midan su éxito por aplausos ni por seguidores. Los premios, reconocimientos y las distinciones son muy importantes, pero bien podrías o no llenarte con ellos. Quizá, te llenes de ellos o nunca los obtengas, mas no bases tu capacidad em . Midan su impacto por cuántas veces sus palabras generaron un cambio, incomodaron a los injustos o sanar una herida colectiva. Ustedes tienen la voz, úsenla. No se cambien, no se vendan, ni se traicionen por nada ni por nadie.

Gracias UDEM 

por enseñarnos a mirar los retos con profundidad y a actuar con integridad.

Feliz aniversario LCIC.

Feliz vida maestro, mi respeto y cariño.

Sobre la autora:

Ex LCIC. Ganadora de la Medalla Horacio Guajardo a la Trayectoria Profesional en el año 2021

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