Activismo patologizado: la represión silenciosa


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Por: Pamela Pérez González

¿Cómo te sentirías si alguien te llamara “loca” solo por intentar hacer algo bueno? Ahora imagina que, además, fueras exhibida en televisión internacional. El activismo incomoda a los políticos, y no es raro que respondan con etiquetas que aluden a la salud mental, reduciendo así el valor de las causas y, en muchos casos, ejerciendo una forma de censura. Hablar de salud mental es un tema delicado. No debe ser objeto de ataques, y mucho menos cuando se utiliza como forma de ridiculizar el activismo político de alguien.

“La psiquiatrización funciona para neutralizar ese potencial de ruptura ideológica mediante la categorización, la institucionalización y el encarcelamiento químico, al construir el sufrimiento mental como algo pensable solo dentro del imaginario neurobiológico”, afirman Jenny Logan y Jonathan Karter en su artículo Psychiatrization of Resistance: The Co-option of Consumer, Survivor, and Ex-patient Movements in the Global South (2022). Es decir, el sistema político utiliza la psiquiatrización como un método para neutralizar la resistencia de los activistas, presentándola como un problema médico en lugar de una reacción ante la injusticia social.

Greta Thunberg, la joven activista sueca de 22 años, ha dedicado su vida a la defensa del medio ambiente. Recientemente fue deportada de Israel mientras participaba en una flotilla de ayuda humanitaria con destino a Gaza. A lo largo de su trayectoria, ha sido objeto de ataques personales por parte de figuras como Donald Trump, quien llegó a calificarla como “una joven que necesita controlar su ira”.

Si analizamos las palabras del expresidente estadounidense, recuerdan a quienes tachan a las mujeres de “alborotadas” o “emocionales”. Es una forma de invalidar su discurso. A las mujeres se les castiga por sentir; a los hombres, se les justifica por lo mismo. A unas se les resta, a otros se les suma.

Esta práctica no solo tiene lugar en nuestro hemisferio. No hay que olvidar casos como el de Malala Yousafzai, quien ha sido criticada por defender el derecho a la educación de las niñas. Han minimizado su discurso calificándola de “rebelde” o “conflictiva”, buscando reducir su mensaje a algo personal y borrando así la causa que originó su activismo.

Así es como nos damos cuenta de que esta práctica se lleva a cabo globalmente.

“¿Y qué más da? ¿Cuál es el peligro?”, quizá se pregunten algunos. En primer lugar, invalidar opiniones y resistencias es una forma de oprimir a quienes no se atreven o carecen de la posibilidad inmediata de hacerlo. En segundo, según el artículo de Jenny Logan y Jonathan Karter mencionado previamente, se crea y deposita una patología en los activistas, lo que ocasiona la reducción del valor que la sociedad les atribuye. Un fenómeno más o menos análogo ocurre cuando escuchamos que algunas personas atribuyen locura o rebeldía a quienes “solo destruyen, gritan y hacen el ridículo”. Por supuesto, el propósito de la causa es llamar la atención, pero atribuir ese deseo a una supuesta falta de control mental sería un error. Hacerlo solo limita la capacidad de sentir empatía y dificulta todavía más que la causa —muchas veces enfrentada a la represión y al deseo de erradicarla— logre cambios significativos.

La “patología del activismo” es una estrategia de poder: deslegitimar a quienes se rebelan contra la injusticia. Reconocer a figuras como Greta y Malala no debería implicar romantizarlas, sino entender que su resistencia es un acto de salud colectiva, no un síntoma de enfermedad.

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