
Tuve que sobrevivir para poder contar mi historia: Amandititita
Por: Jimena Cuevas
Hace muchos años, Amanda Lalena Escalante, conocida artísticamente como Amandititita, se prometió contar su historia. Una historia que abordara su infancia a partir de la tragedia del terremoto de 1985 en la Ciudad de México, el alcoholismo de su madre y la necesidad de sobrevivir en una ciudad que colapsaba no sólo en lo sísmico, sino también en lo familiar y emocional.
Esa promesa está referenciada en el título de su nuevo libro: Un día contaré esta historia, el cual presenta un relato que nos lleva a conocer su infancia, marcada por la pérdida de su padre, el cantante Rockdrigo González, su adolescencia y su adultez, enmarcadas por esfuerzos de sobrevivencia.
Más allá de la historia que presenta en su libro, en esta entrega de la serie Doble Espacio, un proyecto de los Medios Académicos UDEM, dialogo con la autora sobre la memoria y las implicaciones que siempre conlleva la construcción de un relato personal.
¿Qué ha representado para ti contar esta historia?
Creo que la literatura se forma de querer compartir nuestros sueños, nuestras fantasías y nuestras experiencias reales. Y este es un libro sin ficción donde hablo de muchos periodos oscuros de mi vida. La idea de poder contar esta historia un día, de compartirla, me dio luz en ciertos momentos. Y a pesar de ser doloroso, ha sido un viaje fantástico. Pero creo que mi idea es que la gente conozca todo lo que no se imaginó, porque siento que detrás de todos los seres humanos hay muchas historias que no conocemos. A veces nos dejamos llevar por la apariencia física o por lo que nos han dicho, pero hay toda una historia detrás de cada uno que involucra violencias, luchas, sobrevivencias, duelos, espiritualidad. Todo el engranaje que forma a un ser humano.
Hay una investigadora de la memoria llamada Elizabeth Loftus que dice que cada vez que recordamos algo, en realidad recordamos la última vez que recordamos el suceso. Entonces nuestras memorias van cambiando y se van modificando. ¿Cómo fue para ti el proceso de recordar y escribir tus memorias sabiendo que tal vez ya no eran exactamente las mismas que antes?
Es bien interesante el tema de la memoria. Hay varios científicos que han comprobado que si vas muchas veces a un lugar, es como si lo estuvieras reviviendo. También pasa con el futuro: cuando te haces una idea catastrófica de algo que va a pasar, lo empiezas a vivir y sientes ansiedad física. Entonces recordarlo fue, de alguna manera, volver a vivir ese miedo. Pero lo interesante es que cuando estás experimentando, por ejemplo un temblor, estás sobreviviendo y, por lo tanto, lo más difícil es recordarlo, no tanto vivirlo. Cuando estaba escribiendo el libro pensaba “guau, pasó todo esto”. Pero en el momento no la estaba pasando tan mal porque estaba resolviéndolo. La memoria se construye y cuando logras perdonar y ver la vida de otra manera, el mismo recuerdo cobra otro significado: “aquí estaba Dios cuidándome” o “aquí estaba lo que iba a narrar esta historia”.
También la memoria personal muchas veces está vinculada con la memoria colectiva, como en fechas significativas. ¿Qué representa el 19 de septiembre para ti?
Es una fecha donde realmente inicia esta historia, porque mi padre muere en 1985, el 19 de septiembre, y en 2017 ocurre otro temblor. Siento que mi vida oscura ocurre entre esos dos diecinueves. El último 19 de septiembre me tocó estar ahí y revivir un poco ese dolor en esta ciudad colapsada. Pero ahora es una fecha muy importante a la que le tengo mucha gratitud. Las heridas se van curando y transformando, pero siempre quedan ahí.
Además de la pérdida de tu padre, relatas que desde muy pequeña te tocó hacer labores de cuidado con tu mamá, en un contexto en el que ninguna niña debería desarrollarse. ¿De qué forma esto te moldeó?
Siento que tenía este destino de sobrevivir a estas cosas y contar esta historia. Desde los doce años supe que iba a escribirla. Parte de mi labor es hablar de la salud mental y del alcoholismo. Como hija de una mujer alcohólica y víctima de muchas violencias psicológicas, son temas difíciles de hablar, pero que mucha gente vive en silencio. De eso se trata la literatura, de hacer contacto. Tiene que haber un lugar donde seamos honestos. Yo tuve que transitar por eso para poder hablarlo. No son temas fáciles.
Siento que hay mucho más que abordar en el tema de derechos infantiles. Cuando buscas derechos infantiles en YouTube, te salen videos para niños, pero a los adultos todavía no nos explican mucho qué son los derechos infantiles. Para mí era muy importante hablar de eso, y este libro abrió esa conversación.
La mayor parte del libro está escrita en prosa, pero hay fragmentos en verso. ¿Qué cosas diferentes brinda el verso a tus memorias?
Como escribo canciones y soy hip-hopera, para mí era importante que el libro tuviera musicalidad y ritmo. De repente decía: “venimos de una historia bien larga y bien oscura, tengo que cortarle, hay que ponerle una poesía”. Así armaba la musicalidad. Me gusta que mis libros sean como las canciones: entra el coro. La poesía es eso, lo que rompe la realidad con algo abstracto.
En el libro mencionas que el miedo o el amor casi siempre son llevados por el otro. ¿Para ti, qué da más miedo, recordar o dejar ir?
Dejar ir. Porque tenemos la fantasía de que las cosas que tenemos ahorita nos protegen. A veces estamos felices y pensamos: “¿qué tal si esto no dura?”. Pero he aprendido que en esta vida lo único que brinda una protección real es la espiritualidad. Lo que no se ve es lo único que te puede abrazar, porque todo lo demás es pasajero. Dejar ir ha sido dejar de controlar incluso el futuro inmediato. Sé que no debo ni pensar en lo que va a pasar dentro de tres horas. Ha sido muy difícil, porque quienes pasamos por tanta inseguridad infantil queremos controlarlo todo, y no se puede.
También está el olvido. ¿Qué rol juega el olvido en la construcción de tu memoria?
Me encanta la pregunta, porque no me acuerdo qué está escrito en el libro. Lo acabo de escribir hace poco y cuando me dicen “qué padre esto”, pienso “¿eso lo escribí?”. Escribes y borras. El olvido es el perdón. Eso de “perdono pero no olvido” no es cierto. El verdadero perdón es saber qué pasó, pero que ya no esté dentro de tu presente. Si todos los días recordara esto, no podría estar viva. En los últimos años he aprendido a vivir sin recordar tanto el pasado y a confiar en la vida.
Ahora que compartes tu historia más íntima en este libro, ¿de qué forma impacta en tu trabajo y exposición al público?
Di un concierto en León hace tres meses. Me senté un segundo en el escenario y me hicieron pedazos. Volví a ser funada. No lo podía creer. Pensé que hablaba de algo de hace seis años, y esto sigue pasando. En programas de televisión se dedicaron a hablar de mi cuerpo, que por qué me había sentado, que si ya no podía caminar.
Entendí que no sé si van a cambiar, no sé si va a cambiar la tele, pero nosotros sí podemos cambiar. Podemos transformar esa narrativa tan violenta. Incluso una mujer bella también sufre violencia. Somos más que un cuerpo. Somos mente y espíritu.
Cuando alguien muere, nadie dice “qué buen cuerpo tenía”, sino que se habla del amor y la energía que dejó. Hay mucho que cambiar, sobre todo para las infancias. Estamos en una época en la que los índices de suicidio son grandísimos por las inseguridades que creamos en las niñas y niños. Por eso tengo que seguir hablando de esto.
Las televisoras no van a cambiar, pero se están quedando sin audiencia. Lo importante es que la gente apoye medios que te nutran, que no generen violencia. La manera de frenarla es no dándole “like” a publicaciones ni viendo programas donde se denigra a la mujer o al ser humano. Ese cambio sí está en nosotros.
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