
Hay que volver a narrativas que busquen las causas profundas: Vicente Alfonso
Por: Jacobo Molina
Entre las expresiones del género narrativo, la novela histórica se encuentra entre las de mayor trascendencia. En México, este tipo de narrativa posee una tradición sólida: desde la Conquista hasta eventos recientes, son pocos los sucesos importantes que no han sido abordados a través de la novela histórica. Actualmente, es común encontrar obras ambientadas en la segunda mitad del siglo XX entre las novedades editoriales, pero no todos los autores poseen el oficio y la sensibilidad suficientes para lograr que sus lectores proyecten el presente en el pasado. La noche de las reinas (2025), del escritor y periodista Vicente Alfonso, es una novela que lo consigue: trae al presente el reflejo de los años setenta y, con ello, evidencia paralelismos históricos que hace unos años creíamos enterrados.
En esta obra, la más reciente del autor reconocido con el Primer Lugar en el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz (categoría de novela) en 2014 y el Premio Bellas Artes de Crónica Literaria Carlos Montemayor en 2018, por mencionar solo sus galardones más importantes, todo parece dicho desde el inicio. Al comienzo de la narración —muy al estilo de novelas como Crónica de una muerte anunciada— se informa cómo el 24 de julio de 1978 los ojos del mundo se dirigieron a la ciudad de Mazatlán, Sinaloa, en donde un concurso de belleza fue el escenario de un crimen. La narración posterior es una reconstrucción, a partir de voces que encarnan historias personales y, de paso, representan diversos contextos, profesiones y desigualdades en el ámbito social.
Sobre este libro, su estilo narrativo y cómo la historia ocurre detrás del relato oficial, dialogo con Vicente Alfonso en este nuevo capítulo de Doble Espacio, un proyecto de los medios académicos UDEM.
La novela presenta una narrativa coral, por ponerlo en términos simples. Pero tiene una característica adicional que, sin duda, le hará eco a mucha gente: cuenta con cierto humor negro que hace al lector tener deja vu propio de películas como Pulp Fiction.
Mi idea era generar aproximaciones muy distintas. Utilicé una técnica que aprendí de mi maestro, Federico Campbell, quien la llamaba “el perico del pirata”. Consiste en pensar que la voz narrativa es un periquito que puede volar hacia el hombro de un personaje, contagiarse de su psicología y luego ir a otro y cambiar la psicología. Con ello, por supuesto, cambia también su manera de hablar. Apliqué su técnica a esta situación.
También llamó mi atención la presencia de un ritmo in crescendo.
Lo que dices me remite a uno de mis primeros recuerdos, cuando cumplí un año de vida, en 1978. En aquel tiempo vivía en Mazatlán con mis padres. Recuerdo una tarde en la que un huracán amenazaba con llegar. La gente estaba nerviosa y se producían compras de pánico. Eso me ayudó mucho a construir la atmósfera que mencionas. La novela se acerca físicamente a la experiencia; no se trata solo de lo que sucede.
El gobernador Higareda se presenta como un personaje que guarda muchos paralelismos con el arquetipo del cacique del siglo XX y que remite a la figura de Rubén Figueroa.
Por supuesto. Lo he dicho muchas veces: todos los personajes de la novela son ficticios, pero todos están construidos con bases reales. Traté de armar al “tiburón de Escuinapa” a partir de testimonios de muchas personas que estuvieron alrededor de varios gobernadores de las décadas de los 60 y 70. Las anécdotas son inverosímiles, pero ocurrieron.
Como cuando a Higareda lo sigue el grupo de música, y que en ocasiones le sigue tocando al gobernador incluso para dormir.
Yo le puse un trío, aunque, en realidad, había gobernadores que tenían orquestas completas. Me encontré con testimonios de gente que afirmaba que el gobernador se iba a dormir mientras 24 músicos tocaban en la alcoba. Me resulta inconcebible; a mí me resultaría imposible dormir con 24 personas tocando en mi habitación.
En ocasiones, el acto de perversión consiste en mostrarnos la impunidad con la que actúa sobre nosotros. Creo que en eso se origina uno de los elementos más fascinantes de este personaje: desde el inicio sabemos qué le sucederá al gobernador; pero, incluso si no lo anunciara la primera página de la novela, el destino que sufrirá lo lleva inscrito en la frente. Es un gobernador que posee la influencia mediática para instalar su narrativa, para ejercer su poder y, sin embargo, es violento por gusto, por mero sadismo. Va más allá del arquetipo común del cacique. Es un tipo que violenta… por violentar: porque puede y tiene ganas de hacerlo. Prefiere ejercer su poder a través de la tiranía, antes que por control.
Y mira, a mí me interesaba retratarlo justo cuando se celebraba en el puerto la final del Certámen de Belleza. Usualmente es el mandamás, pero en esa fecha que cree que será el mejor día de su vida, se percata de lo bajo que se encuentra en la escala. Hay una serie de personajes en el puerto que le pueden dar órdenes sin problema alguno, a quienes ni siquiera llega a verles el rostro. Eso lo sumerge en una crisis profunda porque está acostumbrado a ser el rey y, en el mejor día de su reinado, carece de control.
Hay un primer derrocamiento dentro de sí mismo, al chocar con la realidad, como bien lo mencionas. Pero, además, es interesante que la transgresión inicial la comete Irene, una personaje que es oprimida entre los oprimidos: su padre fue asesinado durante la Guerra Sucia, tiene un hijo guerrillero y su esposo abusa de ella. ¿Quién más iba a cometer el asesinato contra el símbolo de la impunida, sino alguien que no tenía nada más que perder? Es así que decide llevarse al infierno, con ella, al gobernador.
Exactamente. La novela, como bien sabes, transcurre en 24 horas. Se va a celebrar la final del Certámen de Belleza, un evento que atrae a un montón de gente. Para dar algo de contexto, un dato sorprendente es que las finales de certámenes de belleza alcanzaban una audiencia aproximada de 900 millones de personas alrededor de todo el mundo, en tiempos en que el número de habitantes del planeta apenas superaba los cuatro mil millones. Es decir, una de cada cuatro personas en el mundo veía el certamen. Me pareció que este evento era la oportunidad perfecta para convocar a una serie de personajes atraíados no solo por la fiesta, sino también por la oportunidad de manifestarse. Entre ellos están los desposeídos: aquellos que, como tú señalas, no tenían nada que perder. Es el caso de Irene, quien comprende que probablemente no saldrá viva de ahí, pero no le importa porque ve en su acción la oportunidad, quizá la única, de ser escuchada.
La noche de las reinas trajo a mi memoria reflexiones sobre cómo la transgresión es una vía hacia lo sagrado. Describe cómo, cuando en un pueblo o reino caía al rey, era el momento de la transgresión absoluta: un llamado a que todos transgredan; es la noche para desatarse. Y al día siguiente volverá a instalarse lo sagrado; volverá lo tabú. Pero, por el momento, es la noche para deschongarse. Creo que, en parte, en esto se halla la premisa de tu novela. Al ritmo in crescendo lo acompaña toda esa vorágine.
Justo por lo que mencionas: este tipo de episodios ocurren cuando hay muchísima presión acumulada. Décadas de presión acumulada. Por ejemplo, el surrealismo francés –y esto lo platicaba hace unos días con Martín Solares que es un especialista en el tema– no surgió de la nada. Nació del horror de la guerra. Son este tipo de manifestaciones las que dicen “No hay mañana, o si lo hay, quién sabe si nosotros vamos a caber ahí”. Por eso, los personajes juegan a todo por el todo.
Es un poco lo que ocurre, y me voy a salir un poco del tema, en revoluciones como la rusa. Si ya tiene hambre el ejército mismo, se generaliza la misma idea: “No queda mucho por lo cual luchar, vamos todos a derrocar al zar”.
Ese es el asunto. Me interesaba mucho retratar esto porque –lo menciono una vez más–, si bien es una novela con personajes ficticios, gran parte de las acciones y reacciones de los personajes tienen una base totalmente real. A veces me sorprendían las reacciones de algunos personajes porque hablaban precisamente de lo que mencionas: una desesperación que los lleva a decir “Este es el momento, no puedo esperar”.
Hay varios periodistas en tu novela. Además de la presencia de Vicente Leñero, hay uno, al que quiero referirme, que parece ser una referencia a Ricardo Garibay. Un personaje que, en principio, da la impresión de ser un poco ingenuo, puesto que cree en el don de la palabra. Pareciera no caer en cuenta de que la palabra es engaño puro: la capacidad de crear ficción. Es más, yo creo que si la palabra llegase a desvelar la verdad no lo haría a través de lo que dice, sino de lo que oculta. Y es justamente lo que ocurre en la novela: en este desfile de máscaras, que es el desfile de belleza, es donde se destapa la única verdad que existe alrededor del pueblo, la que se hallaba bajo sus pies y tapaba la coladera.
Esto que señalas lo asocio con un ensayo que me gusta bastante, escrito por Juan José Saer, un estupendo novelista, teórico y analista literario. Dice que solemos asumir la ficción como lo contrario a la realidad, cuando lo cierto es que la ficción es el complemento de la realidad. Ejercicios como la historia o el periodismo nos limitan a lo fáctico, a lo comprobable. Sin embargo, los novelistas tenemos el privilegio de trabajar con realidades mucho más amplias, sin la obligación de demostrar.
En lugar de observar la repetición, ese momento o escena que llega nuevamente al presente, tratamos de buscar patrones que quizá son invento nuestro. Me parece que tu novela también gira en torno a una escena o momento universal, pues aunque uno no haya leído filosofía, de alguna manera sabe qué está sucediendo.
Fíjate que sí. Siempre es un reto. Por eso estructuré la novela en 24 capítulos que describen hechos ocurridos en 24 horas. Me han preguntado, en varias ocasiones, por qué decidí contar todo en 24 horas. Bueno, hice una investigación de tres años y escribí la novela en cuatro meses. Si me hubiera dado el permiso de contar todo lo que investigué, ahora mismo estaría ocupado con el tecer tomo y al final formaría una enciclopedia. Pero me negué; había que formar la narrativa a contrarreloj.
Además, no tendría sentido respecto al eje de la trama. Tan pronto acontece el pasaje que desatará la trama, el resto de los sucesos y acciones lo suceden rápidamente. No hay lugar para mantener el caos absoluto en la sociedad; esa noche ha de vaciarse todo. Hasta cierto punto, diría que La noche de las reinas comparte su eje dramático con películas como La purga.
Y por eso tenía que imponerme el reto de escribir una narrativa a contrarreloj. Imagina por ejemplo, el asunto que mencionaste sobre los gobernadores. Me hubiera extendido tres o cuatro capítulos dando ejemplos. A mí me interesaba mucho un ejercicio como este en donde el lector supiera que, mientras su atención y la del narrador se dirigen a un personaje, los demás siguen haciendo cosas. ¡Y quién sabe qué estarán haciendo cuando vuelva a saber de ellos!
Sobre la ambientación de tu novela en los años 70: ¿qué nos dicen los 70 sobre el siglo XXI?
Hace unos días tuve una conversación sobre novelas históricas y, respecto a ellas, reflexionamos que muchas se escriben como una especie de clave para interpretar ciertos momentos del presente. Terminé la novela hace cuatro años y, en aquel entonces, no tenía la menor idea de lo convulso que iba a volverse el presente que hoy enfrentamos, caracterizado por el regreso de discursos supremacistas y nacionalismos exacerbados. Después de todo, los certámenes de belleza promueven un nacionalismo muy limitado: el discurso de que unos países son mejores que otros y, por supuesto, con un toque de racismo. Cuando era niño, la familia se congregaba alrededor del televisor para ver este tipo de eventos, y hoy en día los discursos de esta índole han retornado. Uno de los personajes de García Márquez decía que el tiempo se mueve, pero no en crículos perfectos, sino en espirales. Varias de sus novelas, empezando por Cien años de soledad, presentan el tiempo en forma de espiral. ¿Qué significa esto? Que volvemos a pasar por momentos y dilemas que atravesamos tiempo atrás. Sin embargo, cuando regresan no aparecen de forma idéntica, sino con variaciones, y son esas variaciones las que debemos hallar. Creo que mi novela, sin proponérmelo del todo, terminó en una especie de espiral.
Quiero culminar esta entrevista regresando a su arranque. Algunos pensarán que hubiera sido mejor tratar este asunto al abrir la entrevista y, sin embargo, opté por dejarlo para el cierre. Aparentemente, no sucede nada más de lo que, a grandes rasgos, se nos anunció desde la primera página, si bien se suman a ella narrativas y personajes. Pero, a mi juicio, el juego de La noche de las reinas no consiste en ocultar al lector lo que pasará, sino en mostrarle todo lo que sucedió detrás de esa página que, paradójicamente, oculta la historia.
Es la primera vez que me hacen esa observación y te la agradezco muchísimo porque, justamente, mi intención era esa. Insisto: uno de mis modelos, como narrador, ha sido el maestro Gabriel García Márquez. Y esto es lo que llevó a cabo, por ejemplo, en Crónica de una muerte anunciada. Pensemos en cómo empieza esa novela: “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana…”. Lo primero que uno piensa es que ya nos relató el final y se cuestiona por qué decidió comenzar así. Pero aquí no, el asunto no gira en torno al qué, sino al cómo…
El “¿cómo se llegó aquí?”. Y, asimismo, en qué subyace a lo que ocurrió: lo que se hallaba debajo. En tu caso, esa primera página, que quizá es lo más parecido a una nota de periódico.
Tienes toda la razón. Vivimos en momentos en los que una frase parece resumir un hecho. Pensar en esos términos conduce a prejuicios y generalizaciones. No obstante, el ritmo de nuestra vida cotidiana muchas veces nos lleva a eso. Vemos el titular de una noticia y creemos que ya conocemos la noticia. Tal vez el reto sea volver a estos ritmos narrativos en los que no basta una frase para enterarnos, sino que nos llevan a entender las causas profundas, a explicarnos por qué, cómo y quién.
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