«The Singers» (2025), un cortometraje que brilla en la oscuridad

Esta es la primera ocasión en la que escribo una columna y, por tal motivo, antes de abordar el cortometraje que anuncia su título, he sentido la necesidad de darle crédito a quien me animó y sirvió como mi ejemplo ante dicha tarea. Hablo del escritor, director de cine y buen amigo, a quien respeto y admiro a sobremanera, Rodrigo Arnaz. Es posible que algunos lectores lo reconozcan por haber dirigido filmes como La vida en el silencio (2022), y a quienes no tengan el gusto, me tomo la libertad de recomendar ampliamente sus proyectos cinematográficos. Hasta aquí el paréntesis.
Pues bien, sucede que, en medio de un periodo del cine marcado por un debate entre las producciones llenas de pirotecnia y aquellas que se caracterizan por abruptos movimientos de cámara, ha sido lanzado un cortometraje decidido a navegar a contracorriente: The Singers (Los cantantes, 2025). Se trata de una magistral adaptación para el séptimo arte, al mando del cinefotógrafo y editor Sam A. Davis, de un cuento decimonónico del escritor ruso Iván Turguénev, que en la mayoría de sus traducciones al español se puede encontrar como “Los cantores rusos”.
Los cantantes da cuenta de un matrimonio indiscutible entre belleza y elegancia, pero sugiero dirigir la atención a la forma en la que el corto nos presenta su estética. Davis optó por construir y organizar el desarrollo de la misma en torno a la sencillez: toda la trama acontece en la misma locación −el interior de un bar remoto que refleja un ambiente muy al estilo de la “América profunda”− donde se percibe la soledad del invierno, la nieve y cierta necesidad de estar o pertenecer a un grupo multicultural. Toda esa atmósfera es alimentada en el filme por canciones que son más bien auténticos himnos: desde “Take me to the River” de Al Green, hasta el magnífico cierre de créditos con “Closing Time” de su santidad Leonard Cohen, pasando por nada menos que Wagner, nos hace reflexionar sobre la importancia de tener ese acercamiento humano. En el bar no hay acceso a redes sociales ni celulares: solo un grupo de “notables y de regulares” reunidos en medio de una nevada.
En fin, no deseo que mi análisis se desvíe hacia asuntos que no me competen. Esta columna guarda un enfoque dirigido a la cinefotografía, por lo que me remito a la mención de sus componentes, usos y herramientas en Los cantantes: se filmó en película de 35 mm, con aspecto académico de 1:37:1 −y lo mantiene con una discreción ejemplar−, causando que los personajes caigan en un increíble juego entre luz y sombra, como la vida misma. Gracias al diseño de producción y a la dirección de foto con las que cuenta este corto, observamos una locación −el bar− que funge como un personaje más. Vemos… o, más bien, no vemos: solo destacan las sombras, cuya silueta se pierde entre la madera podrida, los taburetes o los billetes del techo, pero sobre todo entre la psicología y la soledad de cada personaje.
Cabe señalar el vínculo existente entre la soledad del bar y la que viven los personajes, quienes prácticamente forman parte de su mobiliario. Pronto nos percatamos de que son “hombres rudos”: tienen un perfil típico de quienes no cuentan sus problemas, pero además acuden a una especie de terapia milenaria que consiste en ir a un garito de costumbre a beber unas cuantas cervezas y así aliviar un poco las frustraciones presentes o pasadas. Y de paso, liberar un poco la ansiedad del día siguiente. Pues bien, cuando vemos esa presencia del grano en la imagen, de las situaciones atemporales y dirigimos nuestra atención hacia las interpretaciones de canciones, magistralmente llevadas a la pantalla, podemos comprender que en medio de todo aquello hay algo maravilloso: la emulsión otorga su cualidad imperecedera al cortometraje, permitiéndole a este adoptar, asimismo, el carácter imperecedero de la vida.
Por ejemplo, en cuanto abre la escena del interior, podemos ver y disfrutar la presencia y ausencia de la luz. Al mismo tiempo, ese instante abre la puerta a gozar de las luces practicals como fuente de iluminación, que llevan la narrativa lumínica, logrando, como efecto, la sobreexposición del impacto de los personajes, pero sin perder el diseño de producción sumergido en las sombras.
En un mundo que nos mantiene atados a las redes sociales, con disertaciones sobre la inteligencia artificial, irrumpe en la escena cinematográfica esta maravilla análoga. La emulsión que produce su película de 35 mm acerca al espectador al olor a humedad de la madera, a respirar el humo de los cigarros o, en su defecto, saborear unas cervezas. Todo esto en el curso de espera que lo llevará a descubrir cuál de los personajes presentes en aquel bar remoto canta mejor una canción.
Trama hermosa, sencilla y, sobre todo, ¡filmada! Un instante de la “América profunda” al cual somos llevados de la mano por la excelencia del director, cinefotógrafo y editor Sam A. Davis.
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