
¿Prohibir o educar? La controversia sobre los narcocorridos en México
Por: Agustín Corral y Jessica Treviño
El pasado martes, 15 de julio, Morelos se sumó a otros 10 Estados del país que han prohibido los conciertos o presentaciones públicas de artistas que interpretan narcocorridos, argumentando que promueven la violencia y la cultura del crimen, al considerarlos como una apología del delito.
El Congreso de esa entidad aprobó multas económicas y penas de cárcel para quienes interpreten corridos tumbados en eventos públicos y también para quienes los contraten, al igual que previamente lo habían hecho Aguascalientes, Michoacán, Baja California, Chihuahua, Guanajuato, Quintana Roo, Nayarit, Jalisco, Querétaro y el Estado de México.
“Es importante restringir que se haga apología, (impulsar) que no se hable de cosas negativas, que no se incite a la violencia, que no se enaltezcan situaciones o acciones que no son correctas, que no benefician o no construyen la paz de nuestro Estado”, dijo la diputada morenista Jazmín Solano López, impulsora de la iniciativa.
El debate sobre prohibir o no los narcocorridos en México, país en donde nació este género musical, no es nuevo, pero resurgió luego de que, el 29 de marzo pasado, el grupo mexicano Los Alegres del Barranco, originario de Sinaloa, cantara en un concierto en Jalisco canciones que enaltecían a Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como «El Mencho», líder del Cartel de Jalisco Nueva Generación, una de las más grandes organizaciones criminales del país. Presentación que el grupo musical acompañó con una proyección de imágenes en pantalla gigante del narcotraficante.
La presentación desató el enojo de una parte de la población que continuaba recibiendo noticias sobre el descubrimiento a principios de ese mismo mes del Rancho Izaguirre, un campo de exterminio que el crimen organizado tenía en Teuchitlán, Jalisco.
Estados Unidos les retiró la visa a los integrantes de este grupo musical, algunos Estados establecieron la prohibición de los narcocorridos y la sociedad comenzó a debatir si se trataba de una censura hacia lo que afirman que son “manifestaciones culturales” y, por lo tanto, una intromisión en la libertad de expresión o si su falta de regulación y la libertad con la que se difunden contribuyen a que esos contenidos se conviertan en una incitación al delito.
El 11 de abril, el cantante del género Luis R. Conríquez y su grupo recibieron insultos del público y fueron agredidos, luego de que el artista se negara a cantar narcocorridos en el Palenque de Texcoco, en el Estado de México, durante la Feria Internacional del Caballo, cumpliendo con las disposiciones de esa entidad federativa que prohibió la interpretación de esos temas que realizan apología del delito. A Conríquez le siguieron Grupo Firme y la Banda El Recodo, grupos que han dicho que los corridos tumbados ya no formarán parte de sus repertorios en sus presentaciones.

La presidenta del país, Claudia Sheinbaum, lanzó el 7 de abril la campaña “México canta y encanta” con el objetivo de promover la música mexicana sin contenidos que hagan apología de la violencia o de las drogas, para impulsar el talento entre los jóvenes y con ello ayudar en la construcción de la paz. Y el 16 de abril, Michoacán y Aguascalientes prohibieron la interpretación de narcocorridos en palenques y conciertos.
La importancia del mensaje
Beatriz Elena Inzunza, doctora en Estudios Humanísticos, dijo que más allá de censurar, lo que se debe hacer es educar a las audiencias mandándoles un mensaje claro de que las actividades relacionadas con el crimen o las drogas nunca terminan bien.
“En México, y también en Colombia, el tema de la narcocultura es una narrativa que se encuentra en la cultura popular y se ha extendido a través de la música, las narcoseries y las redes sociales. Sin embargo, con la música no ocurre lo mismo que con las narcoseries, en las cuales sí hay un final que muestra que vivir en la ilegalidad trae consecuencias”, explicó Inzunza, quien es profesora del Departamento de Cine y Comunicación, en la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad de Monterrey.
“Las letras de los narcocorridos no transmiten un castigo o una penalización para quien se encuentra por fuera de la ley. Son canciones de alabanza a algún capo, a algún líder del crimen organizado, lo cual contribuye a validar y a promocionar actividades ilegales, transmitiéndole a la población la idea de que el crimen paga o de que es el camino a una vida de lujos y poder. Entonces, hay un problema con los mensajes que se les transmite a las audiencias y, en consecuencia, vemos que una parte de éstas los protege, romantiza, justifica e inclusive los victimiza”, agregó la especialista, para quien ningún escenario social puede justificar actos o actividades violentas o delictivas.
Estos mensajes se pueden ver desde tres perspectivas, afirmó. Desde el efecto cognitivo, según el cual la persona que escucha la canción solamente aprende los datos que contienen esas letras; desde lo afectivo, que explica cómo se siente la persona al escuchar el mensaje, cómo le afecta o qué efecto tienen esas letras en ella, si empatiza, lo justifica o lo rechaza; y desde lo conductual, cuando las personas normalizan lo que escuchan y a veces hasta quieren replicarlo. En algunos casos, sostuvo, las personas dejan que esas situaciones existan o se muestran indiferentes ante ellas.
Por esto, Inzunza dijo que parte de la solución debe pasar por exigir mayor responsabilidad con la publicación o difusión de las letras de los narcocorridos, de tal manera que estos mensajes contengan una conclusión moral que muestre que el crimen no paga o que quien se involucre en el mundo de la ilegalidad siempre terminará mal.
“En la televisión, por ejemplo, las narcoseries como El Señor de los Cielos terminan con una sanción o castigo para el personaje principal. En los narcocorridos, eso no pasa. Se les alaba, se les justifica o incluso se les victimiza”, afirmó.
Aunque no se puede afirmar que escuchar narcocorridos convierte a alguien en delincuente, sí se ha documentado un fenómeno preocupante: la normalización de la violencia, aseguró Inzunza.
“Pueda que los jóvenes no quieran ser como esos capos, pero sí dejan de ver mal lo que hacen”, aclaró la catedrática, quien advirtió además del peligro de que en las redes sociales no existan regulaciones para los mensajes que transmiten, lo cual contribuye a viralizar esa clase de contenidos.
“No se trata de prohibir, sino de regular y educar”, dijo Inzunza, quien no está de acuerdo con prohibir los narcocorridos, debido a que se corre el riesgo de que esta música pase a la clandestinidad y esto se vuelva aún más peligroso.
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