Redes sociales: su impacto en la salud mental de los jóvenes


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Por: Paulina Morales

Hoy en día, un adolescente promedio de quince años pasa alrededor de cuatro horas al día en sus redes sociales, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Entre memes, videos virales y fotografías de sus compañeros, editadas con lujo de detalle, ese periodo de tiempo parece inocuo. No obstante, detrás de cada like e historia se oculta un impacto significativo para la salud mental de millones de jóvenes.

El caso de Molly Russell, una joven británica de 14 años diagnosticada con depresión, es un buen ejemplo de lo anterior. De acuerdo con sus padres y profesores, no mostraba signos visibles de enfrentar una crisis emocional cuando atentó contra su vida. Sin embargo, unas cuantas semanas bastaron para que su estado mental sufriera un deterioro significativo: la exposición constante a contenido perturbador en redes sociales sobre el suicidio y mensajes depresivos contribuyó a su rápido deterioro. Lamentablemente, el intento de Molly por quitarse la vida tuvo un desenlace fatal. Más allá de su vulnerabilidad emocional, el contenido visto en Internet probablemente actuó como catalizador de esta tragedia.

Las redes sociales han democratizado la información, han conectado a individuos ubicados en diversos puntos del planeta y han permitido aparecer en escena a aquellas personas que se sentían invisibles. Sin embargo, problemas psicológicos cada vez más notorios acompañan estas contribuciones. En la época digital, una sensación constante de comparación, depresión, ansiedad y baja autoestima ha pasado a formar parte del panorama diario. Es hora de cuestionarnos qué tan sostenible es este ritmo para la salud mental de toda una generación.

No se puede negar que las redes sociales han venido para transformar todo. Hoy en día, uno puede aprender sobre cualquier asunto, conectarse con comunidades que comparten intereses similares o mantenerse en contacto con amigos y familiares sin importar la distancia. The Lancet ha indicado en numerosas investigaciones que estas plataformas pueden generar un impacto positivo al proporcionar acceso a información útil, sobre todo en áreas como educación y salud, así como mediante la creación de redes de apoyo. No obstante, eso es solo una cara de la moneda. La otra es mucho más oscura. La Asociación Americana de Psicología (APA) establece que el incremento en los síntomas de depresión y ansiedad en adolescentes está relacionado directamente con el uso excesivo de las redes sociales. No solo es alarmante el tiempo invertido, sino también la calidad: los algoritmos están creados para captar y mantener nuestra atención el mayor tiempo posible. ¿Cómo lo consiguen? Sencillo: exhiben contenido muy emotivo, frecuentemente sensacionalista, y fomentan comparaciones incesantes con estándares de belleza, éxito y estilo de vida que son irreales.

El problema no es solamente el contenido dañino o falso, sino también el ciclo vicioso que se genera: los jóvenes buscan validación a través de comentarios y likes, incrementando la presión social y la autopercepción de “insuficiencia” por no satisfacer ciertos estándares. La OMS ha documentado este fenómeno, que se relaciona con una reducción de la autoestima y un aumento en la frecuencia de problemas de salud mental. No obstante, ¿quién tiene la responsabilidad de este impacto psicológico? Las compañías que están detrás de las redes sociales tienen algoritmos que pueden dar forma a la experiencia emocional de millones de usuarios. Por lo tanto, deberían asumir una mayor responsabilidad mediante la transparencia de sus sistemas, el control del contenido perjudicial y la implementación de herramientas que fomenten un uso más equilibrado. Así mismo, brindar educación digital en las escuelas es un asunto urgente e indispensable para atender el problema. Los jóvenes deben adquirir conocimientos no solo acerca de cómo utilizar la tecnología, sino también sobre su funcionamiento, sus riesgos y qué hacer para salvaguardar su salud emocional ante un torrente de estímulos digitales.

Algunas plataformas han comenzado a tomar medidas modestas, como ocultar el número de likes o enviar recordatorios cuando se usa demasiado. Sin embargo, mientras no exista un compromiso auténtico de los gobiernos, las instituciones educativas y, por supuesto, de las propias empresas tecnológicas, estas medidas nunca bastarán para atender la gravedad del problema real.

Es indudable que las redes sociales son una herramienta poderosa. Pero, como cualquier herramienta, su impacto radica en el uso que se hace de ella, así como en la definición de normas para proteger a los más vulnerables: nuestros jóvenes. No se trata de desconectarnos del mundo digital, sino de reducir su agresividad hacia nuestra mente.

No podemos sacrificar la salud mental de una generación por un futuro digital. Es hora de tomar acción: educar, regular y, principalmente, reflexionar sobre cómo deseamos interactuar con la tecnología, que ya es un componente inseparable de nuestras vidas.

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