Crecimos para ser vitrinas

Estoy acostada en mi cama, en ese espacio raro que queda debajo de las almohadas, como si me hubiera escurrido hacia el borde para sentir menos el peso de mis propios pensamientos. Es mediodía y entra una luz dorada por la ventana que está justo frente a mí. El día es tan soleado que hasta el polvo suspendido en el aire parece brillar. Pero en mi cuarto, donde solo se escucha el aire acondicionado y un silencio espeso, el ambiente se siente más frío de lo que debería.
Ese frío no es real. Es interno. Es como si toda la sangre de mi cuerpo se hubiera ido a refugiar a mis pies. Los brazos se me duermen y un escalofrío me recorre de arriba abajo. Es como un aviso. Como si mi cuerpo me dijera: “Prepárate, ahí viene”.
Tengo el celular en la mano. La pantalla iluminada golpea mi rostro, mezclándose con la luz cálida de la lámpara del buró. El olor de la crema que me puse después de bañarme me envuelve: un aroma fresco que normalmente me da paz, pero hoy apenas noto. Afuera escucho el viento golpear contra la ventana y algunos carros pasar, como si el mundo siguiera con sus cosas mientras yo estoy aquí, paralizada por algo que ni siquiera existe todavía.
Pero el ruido más fuerte no viene de afuera. Viene de adentro. Es ese sonido insistente en mi cabeza, esa voz crítica que me golpea más duro que cualquier comentario real que alguien pudiera dejarme en redes sociales. Sobrepienso cada cosa. Cada píxel. Cada detalle que la gente podría notar y opinar. Cada posible interpretación.
Solo quiero subir una foto. Eso es todo. Una foto. Una historia de menos de cinco segundos.
Y, sin embargo, mi dedo flota sobre el botón de “publicar” como si fuera a lanzar un misil nuclear. Me sudan las manos. Me tiemblan. Siento el teléfono resbalar entre los dedos.
Entonces empieza mi monólogo interno, ese que ya me sé de memoria:
“¿Cómo luzco en esta foto?”
“¿Doy la impresión de ser alguien que está perdida?”
“¿Doy roña? ¿Cringe?”
“¿Me veré muy presumida por compartir esto?”
“¿Qué van a pensar?”
“¿Será demasiado?”
“¿Y si lo subo y lo borro?”
“¿Cuántas veces lo compartirán?»
Cada pregunta es una nueva piedrita que siento posarse sobre mi pecho: comienzo a percibir cómo mis pulmones se inflan con respiraciones cada vez más rápidas y cortas. Siento cómo mi pecho se aprieta y el oxígeno en mis pulmones agota su reserva con cada segundo que transcurre. Una tensión surge de golpe y se apodera de mi espalda por completo: desde la base de mi cuello hasta la cadera. Pero, en realidad, es una sensación que se ha vuelto familiar: aparece cuando mis pensamientos se aceleran demasiado.
La migraña empieza detrás de mis ojos, como si alguien los empujara desde adentro. Y luego aparece un sentimiento extraño: una suerte de mezcla entre frustración y tristeza. Es entonces que aparece un impulso desesperado por romper en llanto. Una parte de mí piensa que seguramente exagero… Pero otra parte, la que experimenta el torbellino emocional, sabe que no es así.
En ocasiones, creo que me angustio más por una extraña sensación de culpa o vergüenza por vivir en un estado de ansiedad difusa… ¡Que por la angustia ligada a la ansiedad misma! Y es justo en ese momento, tras adquirir consciencia sobre esta ironía mientras mi dedo sigue quieto sobre la pantalla que me formula una pregunta: ¿cuándo y cómo inició todo esto?
Si me pidieran ubicar la fecha en un calendario, simplemente no sería posible: no hubo un evento en particular que marcara la diferencia. Ocurrió bajo el amparo del silencio y avanzó progresivamente. Llegó con la presión de “verse bien” o “mostrar la mejor versión”; también por evitar, con anticipación, que alguien más valiente, oculto detrás de una pantalla, escribiera un comentario hiriente. Empezó cuando entendí que vivimos en una vitrina, donde cada uno elabora opiniones de vidas ajenas, como si hablaran de personajes de un programa televisivo, mientras se ignora, o bien se evita cualquier reflexión en torno al daño causado o posible.
Mis padres han sido siempre una red de apoyo importante para mí. No obstante, hay algo en este miedo que no terminan de comprender: simplemente no crecieron en un mundo que orilla a construir en línea una parte de la identidad. No vivieron una adolescencia eterna donde la validación no se apoya solo en la evaluación del círculo cercano, sino que depende también de universos enteros que observan, juzgan y comparan. Por más que me consuelen y repitan “a nadie le importa tanto como tú crees”, lo cierto es que permanece un vacío generacional insondable. Mis temores son hijos de otro tiempo: son originados por presiones distintas a las suyas.
Nuestra generación vive expuesta. Demasiado expuesta. No hay privacidad verdadera, ¡y el problema es que nostros mismos aprobamos su desaparición!
“Somos vitrinas con piernas”, pensé un día mientras borraba una historia por pena y miedo al qué dirán. Vitrinas donde mostramos lo mejor, lo más bonito, y aun así tenemos miedo. Miedo de no ser suficientes para un público que, en realidad, ni siquiera está tan pendiente como creemos.
Me da risa, irónicamente, claro, que siempre se hable de lo valiente que es publicar sin miedo, sin preocuparse por las opiniones. Pero nadie dice lo valiente que es aceptar que sí te da miedo. Que sí afecta. Que sí te paraliza. Porque la crítica, hoy en día, se ha vuelto un deporte olímpico en internet: rápido, libre y sin consecuencias. Detrás de una pantalla, todos son valientes. Todos son expertos. Todos son jueces.
Yo no pienso tanto en likes. Pienso en quién vio. Quién no. Quiénes podrían compartirla para hacer un comentario negativo. Para qué. A quién se lo mandaron. Qué dijeron. De qué se rieron. El problema no es la foto en sí. El problema es la historia que construyo en mi mente sobre lo que podría pasar.
Mientras sigo congelada con el celular en la mano, intento tranquilizarme. Me digo:
“Respira. No puedes darle tanto valor al qué dirán. No puedes sufrir así por redes sociales. Son tus redes sociales, es para ti. No puede ser tan importante”.
Pero es importante. Al menos para mí. No porque quiera ser validada, sino porque sé que cada vez que comparto algo abro la puerta para que todos entren. Y, sinceramente, a veces no tengo ganas de dejar pasar a nadie.
Me gustaría decir que en ese momento cierro los ojos, respiro profundo y decido no subir nada. Pero no sería verdad. Aprendí a “retar” esa parte de mí.
Lo subo. Siempre lo subo. Pero con miedo. Mucho miedo. El tipo de miedo que obliga a revisar la app cada dos minutos. A revisar si tuvo shares y saber quiénes lo vieron. A analizar todo, como si se tratara de un examen de vida o muerte. Y es en este punto donde se origina una fuente nueva de ansiedad, acaso más silenciosa pero igual de incómoda que las anteriores: esperar la reacción de otros para «darme permiso» de reaccionar yo misma. Como si mi tranquilidad dependiera de un usuario que ni siquiera define un solo asunto real.
Con el tiempo, y tras numerosos episodios como este, aprendí a aceptar que carezco de una solución definitiva. No he vencido este miedo por completo, ni he dejado de sentir el impulso de borrar historias o fotos, por motivos diversos, minutos después de subirlas. No he dejado de prestar atención y atribuir una importancia desproporcionada a todo lo que no debería de importarme.
A pesar de todo, reconozco mis avances en torno a un logro que, a la fecha, es apenas perceptible: poco a poco, mi consciencia crece.
Comienzo a notar cuando mi corazón late más rápido de lo habitual, detecto los momentos en los que mi espalda se endurece y mis manos dan cuenta de los primeros temblores y aprendí a observar cuando mi mente corre a toda velocidad.
He aprendido a detenerme un segundo. A respirar. A preguntarme: “¿Lo hago por mí o por miedo a lo que otros piensen?”.
Y muchas veces, aunque la respuesta no sea perfecta, cuenta al menos con la garantía de ser honesta.
Las redes sociales no son malas. La sociedad… Bueno, la sociedad quizá deba replantearse cómo critica, presiona y exige perfección. Necesita repensar o tomar consciencia de los daños potenciales que puede haber tras un comentario insensible o una burla. Y también entender que detrás de cada foto hay una persona completa, con historia, emociones, inseguridades y miedos.
A veces quisiera que dejáramos de ver todo como un espectáculo. Que dejáramos de reaccionar como si todo fuera un concurso. Que dejáramos de normalizar el hacer sentir menos al otro solo porque “ni se va a enterar”. Me gustaría nevegar en un Internet menos cruel. Una sociedad menos sarcástica. Un mundo donde compartir algo no se sienta como exponerse a un juicio público.
Aunque todavía me tiembla el dedo cada vez que voy a publicar algo, tengo muy clara una cosa: sigo intentando. Mejoro día con día. No dejo de enfrentar ese miedo, aunque a veces me gane. Sigo compartiendo, aunque sea con el corazón apretado.
Al final, el miedo que enfrento no proviene de subir una foto. Lo que me intimida, en realidad, es la enorme facilidad con la que cuentan las opiniones ajenas para volverse más fuerte que mi propia voz. No necesito ser el centro de nada para sentirlo; a veces basta con un comentario suelto, una burla ligera, para que algo dentro de mí se encoja.
No le temo a compartir, sino a lo que puede despertar. A esa crítica rápida, ligera, que no piensa en el peso que deja. A esa sensación de querer pertenecer sin perderme, de mostrarme sin abrir de más las puertas a juicios que no pedí.
Y, aun así, lo intento. Respiro, subo, borro, vuelvo a subir. No para demostrar nada, sino para recordar que el miedo no decide por mí.
Y en ese esfuerzo continuo voy aprendiendo a existir aquí, en este mundo tan ruidoso, sin dejar que las voces ajenas suenen más fuerte que la mía. Aunque a veces me tiemble el dedo, sigo. Y lo hago porque tengo derecho a compartir mi vida sin miedo a la boca de los demás.
Con el objetivo de motivar la participación ciudadana y para garantizar un tratamiento informativo adecuado frente a los contenidos presentados, los invitamos a escribir a agencia2@udem.edu en caso de dudas, aclaraciones, rectificaciones o comentarios.
