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El periodista Juan Miguel Álvarez (sentado a la izquierda, de camiseta blanca) platica con caficultores colombianos, quienes le cuentan sus historias de resistencia contra los grupos armados al margen de la ley. Foto: Federico Ríos Escobar

La crónica se revela contra la tiranía de la estadística y prioriza la condición humana: Juan Miguel Álvarez


Por: Rocío Soto Díaz y María Errejón Peña

La crónica es mucho más que un dato informativo, coyuntural, inmediato y muchas veces efímero, cambiante. La crónica es un testimonio sobre la condición humana que responde preguntas morales, no informativas, sobre la vida de una persona o de una comunidad, afirmó el periodista colombiano Juan Miguel Álvarez, reconocido por sus crónicas, las cuales retratan y cuentan las historias de varias víctimas del conflicto armado en Colombia.

«La crónica pone en relevancia a la gente que no tiene una valía política o económica inmediata, sino que su valía es esencialmente ser una persona con una historia específica. Y esto hace que la crónica, en ese aspecto, se parezca mucho a las investigaciones más de carácter social que informativo», dijo el escritor durante una plática sobre El rol de la crónica en Latinoamérica y sus desafíos que sostuvo con estudiantes de Comunicación de la Universidad de Monterrey y que fue organizada por la Asociación de Periodismo de la casa de estudios.

Escribir crónica no es fácil y en Latinoamérica hay muy pocas personas que se dedican de lleno a hacerlo. Estos escritores están contados en cada país y su obra, aunque diversa temáticamente, es fácilmente reconocible por su enfoque social. Las historias centrales y protagónicas de estas narrativas son de personas normales que suelen pasar desapercibidas para la sociedad.

En Colombia, Juan Miguel Álvarez es uno de los pocos escritores de estas historias. Muchas de sus crónicas —premiadas en varias ocasiones— narran las vidas, o algunos de sus episodios, de personas que han sido víctimas de la violencia en su país.

Mientras que el periodismo informativo tiene un carácter más inmediato y está muy atado a las cuestiones de la coyuntura y a las personas que, por lo general, ocupan los cargos de poder o están en las oficinas públicas, la crónica es todo lo contrario, afirmó Álvarez.

La crónica no depende tanto de lo que está sucediendo ni de las personas más importantes en ese momento para una sociedad. «La crónica pone en alto relieve a las personas que probablemente no son trascendentales para una sociedad en términos inmediatos, gente que no tenga nada de poder, que no tenga nada de injerencia económica o política sobre la coyuntura de una sociedad o de un país», añadió.

Los cronistas, dijo, ponen la mirada sobre aspectos que para los otros modos de enfrentar el periodismo son invisibles o, probablemente, no tengan importancia. “La crónica piensa en el ser humano como material de observación, no como preguntas de información periodística”.

Así mismo, la crónica le da un poco más de relevancia a lo estético que a lo informativo. «Aquí en Colombia hay un dicho espantoso que dice: ‘Dato mata relato’, es decir que ante un número no hay nada más que contar y la crónica se revela contra la tiranía de la estadística, contra la tiranía de los datos, y puede prescindir de algunos de ellos si es necesario mantener la tonalidad, el ritmo y la elaboración estética de la escritura».

Para Álvarez, la relevancia social, las historias de las personas que no son protagonistas del momento y la importancia del componente narrativo son los principales aportes de la crónica latinoamericana al periodismo convencional.

De la influencia de su padre a Kapuściński

Juan Miguel Álvarez está familiarizado con la crónica (antes llamado periodismo literario) desde los 11 años. Su padre, el escritor y periodista Miguel Álvarez de los Ríos, lo introdujo al género desde niño, poniéndolo a leer a Gabriel García Márquez y a los grandes autores estadounidenses.

«Mi papá se sentía muy orgulloso de que hubiera periodistas que tuvieran una gran capacidad novelística o narrativa para elaborar grandes historias investigadas, desarrollarlas como si fueran ficción, como si fueran una novela. Él sentía mucho orgullo de eso y lo practicaba».

Miguel Álvarez de los Ríos, quien falleció el 7 de enero de 2022, fue una de las pocas personas que en Colombia practicaron el género de la crónica con algún nivel de maestría. Él era abogado de formación, tenía conocimientos muy profundos en sociología y fue un intelectual y un sabio en términos de filosofía y de alta literatura. Era experto en la poesía romántica francesa y en la colombiana del siglo XX. Él mismo fue un gran poeta, en palabras del escritor y periodista colombiano Jorge Emilio Sierra Montoya, obra que quedó plasmada en “Cantos de Maldoror”, publicado en el año 2014.

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Juan Miguel Álvarez, acompañado por su padre, el periodista Miguel Álvarez de los Ríos, quien lo inició en el mundo de la crónica, recibe el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Foto: Instagram / @vidacronica

«Recuerdo que el primer libro que leí en mi vida fue Relato de un náufrago, una crónica de Gabriel García Márquez, pero no sabía que eso era crónica o que era periodismo literario. A mis 11 años, mi papá no me lo explicaba así tampoco. Él me decía: ‘Vea mijo, esto es una historia que fue verdad. Está escrita como si fuera una invención, pero fue verdad'».

Durante su adolescencia, continúo leyendo más autores, todos sugeridos por su padre, y empezó a sentir un gran gusto por los escritores del movimiento New Journalism, de Estados Unidos, en el que destacaron nombres como Truman Capote, Norman Mailer, David Halberstam, Joan Didion y Joyce Carol Oates.

Cuando Álvarez cumplió los 18 años ya sentía un afecto particular por el periodismo literario. «En aquella época no se hablaba de crónica en los términos en que se habla hoy. Sí se hablaba de crónica, pero como un subgénero pequeño, un texto corto, más bien opinado, medio narrativo, pero sobre todo con una ambición muy limitada».

Después de leer a los grandes autores estadounidenses, Álvarez comenzó a imaginarse haciendo un libro así. No una novela, no un cuento, sino una historia que él pudiera ver, investigar y atestiguar, para luego contarla con toda la destreza literaria.

Ese sueño se haría realidad hasta el año 2013 cuando publicó su primer libro Balas por encargo, una investigación sobre el sicariato en Colombia que refleja la descomposición social del país y la incapacidad del Estado para frenar esa violencia.

Pero para llegar ahí, el proceso fue largo. Terminando su carrera conoció al editor de la revista El Malpensante, Mario Jursich Durán, quien lo introdujo al nuevo periodismo europeo y al latinoamericano. “Yo no conocía a los cronistas argentinos ni a los mexicanos, que después vinieron a ser fundamentales para mí. Él es quien me los empieza a mostrar y me introduce con Kapuścińsk, quien me influenció de manera determinante”.

De la obra del periodista y escritor polaco Ryszard Kapuściński, Álvarez leyó todo lo que estaba traducido al español y un colega suyo, que era polaco, le traducía algunos textos. “Yo tenía como un enamoramiento por Kapuściński, que obviamente mantengo”.

Durante la plática con los estudiantes, Álvarez les mostró uno de sus mayores orgullos de su adolescencia como escritor: la primera carta —que tiene enmarcada en su estudio— que le envió Kapuściński después de que sostuvieran unas conversaciones en Bogotá, luego de lo cual hubo un intercambio de comunicaciones entre los dos.

A partir de esa experiencia, empezó a descubrir a muchos otros autores. Conoció a la escritora mexicana Alma Guillermoprieto, a quien, dijo, cita casi siempre porque “hay cosas de ella que siempre me obligan a pensar y a girar en función de lo que ella ha establecido como principios políticos latinoamericanos para ejercer el periodismo narrativo”.

Su relación con El Malpensante también fue clave: primero lo acercó a esos autores y luego lo llevó a trabajar ahí como asistente editorial, donde terminó de aprender muchísimo.

La ruta de los latinoamericanos, libros y premios

Los primeros escritos de Juan Miguel Álvarez buscaban seguir la ruta de importantes escritores latinoamericanos, como el mexicano Juan Villoro. Durante la conferencia contó que, embebido por Villoro y su crónica sobre Tijuana en Safari accidental, tomó unos ahorros y se fue a Rumichaca, el principal paso fronterizo entre Ecuador y Colombia, e intentó encontrar o “saber ver” lo que Villoro era capaz de ver en la frontera de Tijuana con Estados Unidos.

“La capacidad que tiene Villoro de encontrar cosas donde no hay absolutamente nada es increíble. Yo tenía 26 años y me di cuenta que mi texto, el cual realicé con  más ganas que con técnica, aunque no salió mal del todo, necesitaba trabajarlo mucho más”.

Antes de comenzar a ser reconocido, Álvarez escribió crónicas cortas que hablaban sobre Pereira, la ciudad a la que se fue a vivir luego de terminar sus estudios universitarios en Bogotá, las cuales eran publicadas por La Tarde, el periódico local en ese momento, en su suplemento de fin de semana. Estas crónicas, que le permitieron desarrollar una habilidad como observador de la vida cotidiana, reflejaban la vida cultural de la pequeña ciudad cafetera, en la que músicos, pintores y gente de la calle mostraban la cultura popular de los barrios pereiranos.

Después comenzó a escribir crónicas más largas y a competir con ellas en las convocatorias que hacía la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (hoy, Fundación Gabo), con las cuales obtuvo varios reconocimientos y comenzó a relacionarse con los escritores más importantes de América Latina, como Juan Villoro, Alma Guillermoprieto y Martín Caparrós, entre otros.

Con su primera crónica larga, El Remanso de Beltrán, Álvarez ganó, en el año 2009, el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, un galardón que reconoce la excelencia periodística en Colombia, lo cual le abrió muchas puertas, pues comenzó a publicar sus crónicas en El Espectador, un periódico de tiraje nacional, el mismo en el que alguna vez publicó sus trabajos Gabriel García Márquez.

Finalmente, en el 2013, llegó su primer libro Balas por encargo, con el cual cumplía el sueño de escribir un libro que fuera una crónica. Cinco años después, en el 2018, publicó Verde tierra calcinada, reconocido como uno de los tres mejores libros de la narrativa colombiana en ese año. En el 2021, vio la luz Lugar de tránsito, un libro que reúne varias de las crónicas que Álvarez publicó en el periódico La Tarde sobre la violencia en Pereira; y en el 2022, La guerra que perdimos, ganador del Premio Anagrama de Crónica Sergio González Rodríguez y que contiene 11 historias sobre las víctimas del conflicto armado en Colombia, una de ellas Paulina busca a su hija, con la que ganó en 2017, por segunda vez, el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.

Ahora Juan Miguel Álvarez, quien también ha sido incluido dos veces en la sección final del Premio Gabo en los años 2015 y 2017, trabaja en sus próximos libros y dijo que en el futuro, cuando él ya no esté, le gustaría que sus publicaciones sirvan de fuente fidedigna y confiable cuando las personas quieran consultar sobre cómo era Colombia en la época actual.

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El escritor colombiano Juan Miguel Álvarez durante una charla con estudiantes de Comunicación de la Universidad de Monterrey, el 7 de noviembre de 2025.

Leer, observar y empezar a escribir: los desafíos

Con excepción de algunos pocos nombres, en Latinoamérica no abundan los cronistas. Sobresalen Martín Caparrós, Leila Guerriero, Federico Bianchini y Josefina Licitra, en Argentina. Santiago Wills, Juan Miguel Álvarez y Alberto Salcedo Ramos, en Colombia. Julio Villanueva Chang y Gabriela Wiener, en Perú. Juan Villoro, Alma Guillermoprieto, Elena Poniatowska, Cristina Pacheco, Humberto Musacchio y Marcela Turati, en México. Juan Pablo Meneses, en Chile. Y Carlos Manuel Álvarez, en Cuba, por citar algunos.

Álvarez dijo que, precisamente, este es uno de los grandes retos para la crónica en Latinoamérica: que haya más cronistas, pero para poder desarrollar el género se tiene que trabajar en varios aspectos.

Para escribir crónica, la gente tiene que ser una gran lectora. Esto es lo primero, porque es la única manera de que una persona en el fondo de su ambición profesional sienta la necesidad de escribir una historia con la suficiente elaboración literaria. Quien no lee, difícilmente va a desarrollar un afecto por la escritura, porque el afecto por la escritura es un afecto por el lenguaje”.

Después, dijo, la persona tiene que aprender a cultivar la mirada, la forma de ver las cosas, que es lo que permite encontrar el hecho narrativo donde otros solamente ven un hecho noticioso.

Quien quiera ser cronista también “tiene que aprender a preguntar y empezar a encontrarle sentidos literarios a las cosas cotidianas, que aparentemente son normales, y a partir de eso tiene que relacionarse con las personas para captar testimonios, saber observar detalles y empezar a juntar todo eso en un material narrativo”.

Álvarez le sugirió a los universitarios comenzar a desarrollar un afecto particular por la escritura como mecanismo personal de expresión, investigar, entrevistar, desarrollar textos… intentarlo.

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